Opinión | El mundo en la balanza: una fotografía detallada de los riesgos globales para 2025

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos, consultor internacional y analista, disecciona los riesgos globales en este 2025 donde múltiples crisis —geopolíticas, económicas, ambientales y sociales— se entrelazan en una red compleja y desafiante.

30 / 07 / 2025 05:37

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Ha transcurrido ya medio año y 2025 ha demostrado no ser un año cualquiera.

Lejos de estabilizarse, las tensiones que arrastrábamos desde la pandemia, la guerra en Ucrania o la rivalidad entre potencias se han intensificado y entrelazado con nuevas crisis. Este punto intermedio del calendario ofrece una oportunidad valiosa para detenernos y tomar perspectiva.

En un mundo que parece girar cada vez más rápido, hacer balance no es solo útil: es urgente.

Entender dónde estamos parados —tras seis meses cargados de sobresaltos geopolíticos, retrocesos económicos, avances tecnológicos ambivalentes y una naturaleza cada vez más desbocada— es clave para afrontar lo que queda del año con realismo, estrategia y, sobre todo, preparación.

PUNTO DE INFLEXIÓN

Nos encontramos en un punto de inflexión, un momento histórico en el que los cimientos del orden mundial tiemblan con una intensidad no vista desde la Guerra Fría.

El año 2025 no se perfila como uno más en el calendario, sino como un escenario de convergencia, donde múltiples crisis —geopolíticas, económicas, ambientales y sociales— se entrelazan en una red compleja y desafiante.

Desde las heladas trincheras de Ucrania hasta las volátiles aguas del Mar de China Meridional, pasando por la fragilidad de nuestras economías y la creciente presión sobre nuestro planeta, los riesgos ya no son amenazas lejanas, sino realidades presentes.

Esta no es una profecía apocalíptica, sino una fotografía nítida y ampliada de los desafíos que definen nuestra era; una invitación a comprender en profundidad para poder navegar la incertidumbre que se avecina.

GEOPOLÍTICA

El tablero geopolítico es, sin duda, el más explosivo.

El mundo vive su momento más peligroso en décadas, con dos grandes guerras regionales activas en Ucrania y Oriente Medio, y una zona de anarquía en expansión en África, particularmente en Sudán.

Existe un riesgo relevante de que el conflicto en Oriente Medio se extienda y rompa la frágil distensión en el Golfo, mientras que la guerra en Sudán amenaza con volverse más brutal y compleja, con una proliferación de milicias y conflictos étnicos.

Sobre este lienzo, la intensa rivalidad entre Estados Unidos y China sigue siendo el trazo principal, pero ahora se complica con la consolidación de un bloque de autocracias —China, Rusia, Irán y Corea del Norte— que hacen causa común, colaborando en el desarrollo de drones, el intercambio de inteligencia y la evasión de sanciones.

A esta peligrosa mezcla se añade un factor de imprevisibilidad radical: el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Su desprecio por las alianzas tradicionales, a las que parece considerar meros contratos de seguridad, y su política de «Estados Unidos Primero» amenazan con desmantelar el sistema de seguridad colectiva.

Esto acaba por debilitar a la OTAN, por más que hayan ingresado nuevos socios, y anima a otros países a buscar sus propias armas nucleares al percibir a EE. UU. como un protector poco fiable.

TERCERA ERA NUCLEAR

El enfoque Trump tendente a dar a Israel «carta blanca» en Gaza y Líbano y las nuevas y costosas guerras comerciales, especialmente contra China, son también desafíos muy relevantes a considerar.

Estamos entrando en una «tercera era nuclear», con más actores, sin límites formales a los arsenales tras la expiración del tratado New START en 2026, y con una menor reticencia a amenazar con su uso.

Esta inestabilidad política envenena directamente la economía global. Las propuestas de Trump no solo incluyen aranceles, sino también deportaciones masivas que podrían dañar seriamente el crecimiento de EE. UU. e impulsar la inflación.

La economía mundial se enfrenta a un escenario en el que la estadounidense podría ser significativamente más pequeña y la inflación acumulada, mucho más alta.

Mientras tanto, China, el otro gran motor económico, se desacelera (aunque su crecimiento se mantiene aún elevado en términos relativos), debilitada por un sector inmobiliario en crisis, una baja confianza empresarial y la imprevisibilidad regulatoria de un gobierno obsesionado con la seguridad.

En otras latitudes, los desafíos son igualmente severos. Muchos países africanos tienen hoy un PIB per cápita más bajo que hace una década, y América Latina se enfrenta a la pérdida de remesas por las deportaciones y a costosas guerras comerciales.

Incluso las economías avanzadas sufren: el Reino Unido podría confirmar un problema de crecimiento estructural profundo, Francia se vislumbra como una economía con graves problemas y Japón se enfrenta al llamado «problema de 2025», una inmensa presión sobre la sanidad y las pensiones por el rápido envejecimiento de su población.

EL AVANCE DE LA TECNOLOGÍA

En medio de este panorama, la tecnología avanza con una promesa de doble filo.

La inteligencia artificial, a pesar del frenesí inversor, aún no ha generado el esperado impulso de productividad y su adopción real en las empresas es baja. Su desarrollo choca con limitaciones físicas: cuellos de botella en la producción de chips avanzados, escasez de memorias de alto ancho de banda y, sobre todo, un consumo energético desorbitado que pone en jaque las redes eléctricas y los objetivos de descarbonización.

Pronto, podríamos incluso agotar, según algunos expertos, los datos textuales de alta calidad necesarios para entrenar a los modelos del futuro.

Paralelamente, los riesgos ambientales y de salud pública nos recuerdan nuestra vulnerabilidad fundamental.

Aunque 2025 pueda ser, paradójicamente, uno de los años más frescos que viviremos en las próximas décadas, la tendencia al calentamiento es inexorable. Esto se traducirá en más olas de calor mortales, pérdidas de cosechas, deshielo de glaciares, inundaciones extremas y un aumento de los desplazamientos humanos.

¿UNA NUEVA PANDEMIA?

A esto se suma la alarmante probabilidad de una nueva pandemia global; el virus de la gripe aviar (H5N1) es considerado el candidato más plausible, y el mundo está «lamentablemente poco preparado» para un evento de esta magnitud.

Amenazas menos mediáticas pero igualmente catastróficas acechan: una gran tormenta solar de nivel Carrington podría costar billones y dejarnos sin satélites durante meses, mientras que una erupción volcánica masiva, para la que existe una probabilidad de una entre seis de que ocurra este siglo, podría alterar el clima y la agricultura.

Finalmente, estas tensiones globales se filtran y magnifican en el interior de nuestras sociedades.

La presión migratoria crece, pero también lo hace una fuerte reacción en contra, con planes de deportación masiva en EE. UU. que son costosos y legalmente cuestionables.

Los sistemas de salud se ven desbordados por el envejecimiento de la población y la escasez de personal, justo cuando el gasto mundial en salud como porcentaje del PIB está previsto que disminuya.

El descontento político es palpable, generando expectativas de cambio que, si se frustran, podrían fácilmente derivar en disturbios y protestas.

El año 2025 no presenta un único desafío, sino una confluencia de crisis que se retroalimentan.

La inestabilidad geopolítica frena la economía, la crisis climática amenaza nuestra supervivencia y la fractura social debilita nuestra capacidad colectiva de respuesta. La fotografía del momento es clara, detallada y profundamente inquietante.

Superar esta era de riesgos interconectados requerirá una visión estratégica, una cooperación global y una resiliencia que hoy parecen más necesarias que nunca.

La pregunta que queda en el aire no es si estamos preparados para un único evento, sino si somos capaces de afrontar el peso de todos ellos a la vez, antes de que esta instantánea de riesgos se convierta en el paisaje permanente de nuestro futuro.

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