“Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno”, canta Carlos Gardel en Volver, su inmortal tango.
Con la reanudación del período judicial, retorna Sísifo a empujar la piedra montaña arriba, para verla rodar ladera abajo antes de alcanzar la cima.
Este castigo suele hacerse mucho más notorio en aquellos que han desconectado a tope durante el mes inhábil, pero no sé si en la misma intensidad en los que han optado por relajar con moderación el ritmo de trabajo cotidiano, pero algo han tenido entre manos.
Ese paréntesis completo de la actividad laboral habitual no tengo nada claro que permita reanudarla en septiembre sin algún que otro inconveniente.
En mi experiencia así ha sido siempre: cuando he debido ocuparme en verano de asuntos que no se suspenden, como los administrativos, se me ha hecho menos cuesta arriba la vuelta.
Ya sé que lo que cuento suena a chino mandarín en la actualidad, en que la tendencia estival predominante es la contraria, a buen seguro por la presión consumista que impone una pausa completa e integral en el quehacer profesional, para entregarse sin reservas a modas que dejan la cartera temblando y la sesera por los suelos.
“Los conductores debemos tener cuidado con los gemelos, los peluqueros con el antebrazo y ustedes los abogados con la cabeza y la voz”, me dijo un buen día un taxista en Barcelona.
Tenía toda la razón.
De ahí que sospeche que dedicar largas semanas a vaciar por completo el coco puede traer consecuencias no del todo beneficiosas cuando todo se reanude y exija el mismo nivel de responsabilidad, porque ni la justicia ni el justiciable se merecen otra cosa.
Me hago cargo de que escribir esto cuando el verano ha pasado puede sonar a inoportuno. Pero también es posible que permita comprobar si lo que sostengo es o no cierto, en mayor o menor medida.
Hablo, como es natural, con carácter general, porque cada uno es cada uno y tiene sus “cadaunadas”, pero de mi cosecha particular se deduce que, a más interrupción de lo que se hace durante el año, más Sísifos suelo ver cargando su roca hacia la cresta del monte cuando toque volver a vestir la toga o a sentarse a escuchar las preocupaciones de los clientes.
Supongo, en todo caso, que estas crepusculares consideraciones veraniegas en nada afectarán a los que han sabido o podido descansar como es debido, algo que se parece poco a dejar en la mesita de noche tu cerebro en un frasco de formol, como el que los «Spitting Image» ponían al lado de la cama de un célebre mandatario internacional.
Como interpreta también Carlos Gardel en su tango: “el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar”.
Pues eso.