Opinión | La hora de los refugios: Cuando el papel se encuentra con la realidad

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, analiza lo que puede ser el colapso del sistema monetario global y la migración del capital hacia refugios como el oro y Bitcoin en la era post-fiduciaria.

8 / 10 / 2025 05:44

Actualizado el 23 / 02 / 2026 16:00

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El 8 de octubre de 2025, mientras el lector lee estas líneas, algo fuera de lo normal está ocurriendo. Por primera vez en la historia moderna, 3.400 millones de seres humanos viven bajo gobiernos que gastan más dinero pagando los intereses de su deuda que atendiendo servicios como salud o educación.

No es una estadística más: es la señal de que el mayor experimento monetario de la humanidad —el dinero respaldado únicamente por promesas políticas— está experimentando una clara crisis de credibilidad.

Esta no es una predicción apocalíptica ni el grito desesperado de un pesimista profesional. Es la confirmación de algo que anticipamos hace tiempo: los grandes capitales recelan de las políticas económicas basadas en el crecimiento continuado de la deuda, y cuando la confianza se desvanece, el dinero se refugia donde siempre lo ha hecho durante cinco mil años de civilización: en activos que nadie puede imprimir, devaluar o confiscar con un decreto.

El momento Bretton Woods 2.0

Estamos viviendo un momento histórico comparable al colapso del sistema de Bretton Woods en 1971, cuando Richard Nixon cerró la ventana del oro y liberó a los gobiernos de cualquier disciplina monetaria.

Aquella decisión, tomada supuestamente de forma “temporal”, inauguró una era de expansión crediticia sin precedentes que nos ha llevado a la situación actual: 102 billones de dólares de deuda pública global, una cifra que equivale al 95,1% del PIB mundial y que crece al triple de velocidad que hace apenas dos años.

Pero hay una diferencia crucial con 1971. Entonces, los ciudadanos comunes no tenían argumentos serios frente al sistema monetario oficial que iniciaba su nueva singladura.

Hoy sí los tienen, y los están usando.

Harvard capitula: cuando el «Establishment» abraza lo “Iimpensable”

El momento simbólico llegó en agosto de 2025, cuando se reveló que el fondo de dotación de la Universidad de Harvard —una institución que durante décadas albergó a algunos de los críticos más feroces de Bitcoin— había invertido 116 millones de dólares en el ETF de Bitcoin de BlackRock.

No era una apuesta marginal: Bitcoin se convirtió en la quinta mayor tenencia de una cartera de 53.200 millones de dólares, casi nada.

Kenneth Rogoff, el economista de Harvard que había pronosticado el colapso de Bitcoin, guardó silencio. Su universidad estaba apostando por aquello que él había declarado “una burbuja especulativa”. La coherencia intelectual había cedido ante la lógica de la preservación del capital.

Pero Harvard no estaba sola. A medida que avanzaba 2025, una tras otra, las instituciones más conservadoras del mundo financiero comenzaron a incorporar oro y Bitcoin en sus carteras.

Los bancos centrales, esos mismos que gestionan el sistema fiduciario, compraron 1.045 toneladas de oro en 2024 y 244 toneladas solo en el primer trimestre de 2025. Sus acciones contradicen sus discursos: mientras defienden públicamente la estabilidad de sus monedas, acumulan desesperadamente el metal que supuestamente es una “reliquia bárbara”.

Trump: del escéptico al evangelista del “oro digital”

El cambio más espectacular, sin embargo, llegó de quien menos se esperaba. Donald Trump, que en 2019 había calificado a Bitcoin como “una estafa”, no solo aceptó donaciones en criptomonedas para su campaña, sino que prometió crear “la mayor reserva estratégica de Bitcoin del mundo”.

Su Administración formalizó oficialmente una política de Estado que considera a Bitcoin y otros activos digitales como instrumentos de “soberanía digital y liderazgo tecnológico”.

La transformación no era casualidad ni oportunismo electoral. Era el reconocimiento de una realidad geopolítica: en un mundo donde el dólar estadounidense enfrenta desafíos crecientes y donde la deuda federal supera los 37 billones de dólares, Estados Unidos necesita anclas de valor que no dependan de su propia capacidad de pago.

Trump entendió lo que muchos economistas académicos aún se niegan a aceptar: cuando tu moneda está respaldada únicamente por la confianza en tu gobierno, necesitas diversificar hacia activos que mantengan valor independientemente de esa confianza.

La gran migración del capital inteligente

Lo que estamos presenciando no es una moda pasajera ni una burbuja especulativa. Es la mayor migración de capital inteligente de la historia moderna, desde activos respaldados por promesas gubernamentales hacia activos respaldados por la escasez física (oro) o matemática (Bitcoin).

Los números hablan por sí solos:

• Los ETF de Bitcoin acumularon 35.600 millones de dólares en entradas netas durante 2024, mientras los ETF de oro registraron 55.000 millones.

• La adopción global de criptomonedas creció de 580 millones de usuarios en 2023 a proyecciones de 950 millones para finales de 2025.

• Bitcoin estableció nuevos máximos históricos frente al oro, alcanzando 32,19 onzas de oro por Bitcoin, con analistas proyectando objetivos de hasta 89 onzas.

Pero los números solo cuentan parte de la historia. Lo verdaderamente significativo es quién está comprando. No son los especuladores retail ni los cazadores de tendencias. Son las instituciones más sofisticadas del mundo: fondos soberanos, compañías de seguros, fondos de pensiones, family offices multimillonarios y, como hemos visto, universidades centenarias cuya supervivencia depende de proteger su capital a través de los siglos.

Por qué esta vez es diferente

Algunos escépticos argumentan que ya hemos visto esto antes: crisis de deuda, inflación, búsqueda de refugios seguros. ¿No es esto simplemente otro ciclo más? La respuesta es categórica: no.

Esta vez es diferente por tres razones fundamentales que no existían en crisis anteriores:

Primera: la magnitud de la deuda es absolutamente inédita. Nunca antes en la historia económica mundial hemos tenido niveles de endeudamiento que representen prácticamente el 100% del PIB global. No hay precedentes históricos que nos guíen sobre cómo resolver una crisis de esta escala sin recurrir a la inflación masiva o al impago parcial.

Segunda: por primera vez tenemos una alternativa digital al oro que combina todas sus virtudes monetarias (escasez, durabilidad, divisibilidad) con ventajas tecnológicas imposibles para el metal: transferibilidad instantánea, resistencia a la confiscación física y verificabilidad matemática perfecta. El único gran riesgo de las criptomonedas es el regulatorio, pero ese riesgo no parece tan evidente cuando precisamente aquellos que tienen la capacidad de ejercer este poder están tomando grandes posiciones en el activo.

Tercera: la velocidad de la adopción institucional no tiene precedentes. Mientras que el oro tardó milenios en establecerse como reserva de valor universal, Bitcoin está logrando esa legitimación en menos de dos décadas, acelerado por la tecnología y por la urgencia de la crisis fiscal global.

Ciertamente, todos los mercados tienen alzas y bajas, pero mientras los gobiernos permanezcan adictos a la deuda y los bancos centrales sigan monetizando déficits fiscales insostenibles, la dirección de las reservas de valor está escrita en la historia: hacia arriba, con la inevitabilidad de la gravedad económica que siempre termina por imponerse sobre las ilusiones políticas.

El veredicto de la realidad

Los gobiernos se han convertido en adictos a la deuda porque el sistema se lo permite. Pueden endeudarse infinitamente mientras sus bancos centrales moneticen esa deuda creando dinero de la nada.

Es un esquema Ponzi a escala planetaria, donde las nuevas emisiones de deuda pagan las anteriores y donde el coste real recae sobre los ahorradores que ven evaporarse el poder adquisitivo de su trabajo.

Pero los esquemas Ponzi, sin excepción, terminan cuando se acaban los nuevos compradores dispuestos a sostener el sistema. Y esos compradores cada vez muestran comportamientos más escépticos.

Los propios bancos centrales, los actores principales del sistema fiduciario, están comprando oro a ritmos récord. Las instituciones más conservadoras están incorporando Bitcoin. Los países están creando reservas estratégicas de criptomonedas.

El mensaje es inequívoco: aquellos que conocen mejor el sistema son los primeros en buscar alternativas al mismo.

La profecía autocumplida

La disyuntiva ya no radica en si este proceso de migración hacia reservas de valor continuará —los datos institucionales y las políticas gubernamentales lo confirman cada día—.

La verdadera pregunta es cómo posicionarse inteligentemente ante una realidad que los propios Estados han creado: la dilución sistemática del valor de las monedas fiduciarias a través de la expansión monetaria descontrolada.

Enfrentamos una elección práctica entre preservar el poder adquisitivo en activos que los gobiernos no pueden imprimir —oro y Bitcoin, principalmente— o mantener la riqueza en instrumentos cuyo valor depende de la disciplina fiscal de administraciones que, históricamente, han demostrado preferir las soluciones a corto plazo sobre la estabilidad monetaria a largo plazo.

El año 2025 marcará un punto de inflexión en la percepción global sobre la naturaleza del dinero sólido. Aquellos que comprendan tempranamente esta transformación tendrán la ventaja de haber actuado cuando las oportunidades eran más favorables y los precios relativos aún no reflejaban completamente la nueva realidad.

Quienes mantengan una confianza inquebrantable en la sostenibilidad del sistema monetario actual aprenderán, como generaciones anteriores en situaciones similares, que la devaluación monetaria es un impuesto silencioso que no distingue entre creyentes y escépticos: afecta por igual a todos los tenedores de activos denominados en monedas que los Estados pueden crear a voluntad.

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