Quienes eligen la radio como compañera en los primeros pasos de la mañana coincidirán en que, con (más de una) frecuencia, uno ve rebajado su entusiasmo natural por levantar el país antes incluso de cambiar de atuendo.
Dedicar demasiada atención a las tertulias matutinas puede resultar perjudicial para el espíritu; no tanto por las opiniones de los participantes (pues hay que aprender a convivir con todo el mundo), si no por los asuntos que marcan la actualidad.
En antena -y también en otros medios, no seamos injustos- apenas se concede espacio a problemas de trascendencia real (sistema de pensiones, crisis de vivienda, migración, inflación, defensa o política internacional, etc.), para hablar de otros más pasajeros.
En el foro, presentadores, moderadores, tertulianos, columnistas, y otros actores de la noticia, todos menos los expertos, se ven llamados a cubrir una agenda sospechosa de ser premeditada.
Las corruptelas, los amoríos, las deslealtades, las pesquisas familiares, y la reanimación de conflictos morales o armados de nuestra historia, otrora pacificados (…), ocupan un tiempo que debía destinarse a debatir, decidir y exigir sobre aquello que sí dejará seña en la salud, la estabilidad, la seguridad o el proyecto de vida (sea éste planeado o improvisado) de la mayoría de nosotros.
Los poderes legislativo y ejecutivo, nacionales y autonómicos, caen paulatinamente, por culpa de quienes los componen, en dejación de funciones. La sociedad se ve, en cierto modo, privada de la oportunidad de elegir su futuro por la incomparecencia de sus representantes.
En esta tesitura, los ciudadanos pueden mostrar su descontento con el mandato democrático cada cuatro años (a veces menos), mediante dos opciones: Cambiar el voto de un partido a otro, o abstenerse. Fuera de estas vías, les queda, naturalmente, quejarse, al aire libre o bajo techo, solos o acompañados.
Por ello, y aún consciente de la distancia entre el mundo público y el privado, y de las distintas naturalezas, objetivos y funciones de los organismos públicos y las entidades mercantiles; es difícil no caer en el recuerdo, casi reconfortante, de las normas de gobierno corporativo contenidas en el derecho societario.
Encargados de velar por el cumplimiento del objeto social, y obligados a actuar bajo los principios de diligencia y lealtad, los administradores de las sociedades mercantiles deben cumplir con un marco normativo que podemos definir (con permiso de doctrina y jurisprudencia, y por agravio comparativo), como claro, exhaustivo y aplicable (siendo esto último de especial relevancia práctica).
Diligencia, dedicación, conocimiento, no competencia, ausencia de conflicto de interés o transparencia en la remuneración son aspectos esenciales que marcan la relación del administrador con la sociedad y los socios.
Si el administrador las incumple, hay previstas consecuencias ciertas para él y su patrimonio.
En la empresa privada, el sistema requiere al gestor un grado severo de compromiso, de lealtad y de conocimiento. Se le exige tomar decisiones. Los socios tienen un control eficaz de los gestores del haber social. La business judgement rule, como es sabido en el gremio, cruzó el charco para equilibrar la balanza.
Sin embargo, ya sea por razones históricas, sociológicas o económicas, en nuestro sistema la ciudadanía tiene menos medios para fiscalizar a sus representantes que el accionariado de una SA para hacerlo con los suyos.
La práctica nos lleva a pensar que la rendición de cuentas de quienes forman las cámaras y los gobiernos es bastante laxa, al menos para los asuntos que marcarán el devenir de generaciones actuales y futuras.
Hoy en día parece posible sustituir el debate de dichos asuntos por el de otros menos complejos o trascendentales. Como si el mandato se estuviese cumpliendo en cualquier caso.
Por lo anterior, -y aunque no sea tarea de un mercantilista crear ni reforzar herramientas para que quienes conforman los poderes públicos cumplan con su cometido- sería provechoso tomar como ejemplo instrumentos previstos en el derecho societario, e incorporarlos donde corresponda.
Es muy posible que algunos de los problemas que hoy nos distraen hubiesen encontrado ya solución. Y no tengo dudas de que abundan voluntarios para ayudar en dicha empresa. Pero hemos de ser todos, también los ciudadanos, quienes mostremos, al menos, un mínimo interés por devolver lo imprescindible al prime time, a la primera página.