El decano emérito del Colegio de la Abogacía de Madrid (ICAM) y jurista de reconocido prestigio, Luis Martí Mingarro, recibió ayer el galardón Abogacía Humanista 2025 en reconocimiento a su destacada trayectoria profesional y su compromiso con los valores éticos y humanistas en el ejercicio de la abogacía.
Fue antes de la clausura del III Congreso de Abogacía Humanista que tuvo lugar entre el miércoles y el jueves en la sede del ISDE Law & Business School de Madrid. Un acto conducido por Martín Hernández-Palacios, presidente de la Asociación Abogacía Humanista y del jurado que tomó la decisión de convertir a Martí Mingarro en el galardonado con la cuarta edición de este prestigioso premio. Y que culminó con su entrega por parte de José Miguel Moscardó, socio fundador de la firma Head Hunting y Consultoría Match More Talente.

Pero antes de eso Martín Palacios dio la palabra a dos de las galardonadas en años anteriores, Pilar Menor, Global Co-Chair de Laboral de DLA Piper, y María José Menéndez Arias, vicepresidenta del Club Español e Iberoamericano del Arbitraje, quienes glosaron la figura de Martí Mingarro, que escuchó atento breves palabras.
Porque la laudatio le correspondió a Urquiola de Palacio, socia directora de Palacio y Asociados, Abogados. Y fue muy emotiva. De Palacio definió las seis décadas de ejercicio profesional de Martí Mingarro como “una guía silenciosa pero firme sobre lo que significa ser abogado al servicio de las personas”.
De Palacio subrayó la coherencia ética que ha marcado cada etapa del homenajeado, recordando su defensa constante de una abogacía independiente, culta y comprometida con los valores democráticos. Destacó también su capacidad para unir generaciones y para ofrecer a la profesión un discurso siempre sereno, basado en la idea de que el Derecho es, ante todo, “una herramienta de dignidad humana”.
Ante un auditorio que reconoció con aplausos la figura del premiado, la intervención de Urquiola de Palacio puso en valor no solo la trayectoria institucional de Martí Mingarro, sino su magisterio moral: un referente para miles de profesionales que ven en él un modelo de integridad y de servicio público.

EL MENSAJE DE MARTÍ MINGARRO
En el silencio respetuoso del auditorio, Luis Martí Mingarro —decano emérito del Colegio de la Abogacía de Madrid— tomó la palabra para agradecer el galardón con la serenidad de quien ha dedicado 67 años a la defensa del derecho y de los seres humanos que lo necesitan.
Pero fiel a su estilo, acabó ofreciendo algo mucho más valioso: una profunda meditación sobre la civilización, la paz y la responsabilidad moral de la abogacía.
Desde el inicio, Martí Mingarro situó su discurso en un plano esencial: el reconocimiento como un gesto poco común en un mundo donde “hay trayectorias que quedan totalmente ocultas” pese a aportar grandeza a sus familias, entornos y comunidades.
Con humildad, subrayó que recibir este premio es para él “un privilegio más en la vida”, especialmente viniendo de la casa profesional a la que ha dedicado su existencia.
En uno de los pasajes más emotivos, el jurista evocó su propio nacimiento en plena Guerra Civil española. Su madre, contó, tuvo que comunicar a su padre recién regresado que el hijo mayor había muerto y que aquella “pizca que andaba por el suelo” había nacido en su ausencia.
Ese origen —marcado por la pérdida y la supervivencia— le sirvió para enmarcar una reflexión severa: Europa, cuna de civilizaciones, también ha sido capaz de arrojarlas por la borda. Las dos guerras mundiales fueron para él el recordatorio de lo que ocurre cuando la humanidad olvida su propio legado.
Mingarro recorrió la historia de la civilización occidental como quien repite una lección íntimamente aprendida: Los griegos, que enseñaron a pensar; Roma, que dio al mundo la estructura jurídica; el cristianismo, que añadió la fraternidad; y el Renacimiento y la Ilustración, que reconstruyeron pensamiento y derecho para conducir a la noción contemporánea de Estado de Derecho
Ese hilo histórico no fue erudición, sino advertencia: la civilización avanza cuando se practica, no cuando se proclama. “El mensaje europeo solo es bueno si lo practica de verdad quien lo propaga”, afirmó contundentemente.

EL ABOGADO: UNA VOZ PARA PEDIR JUSTICIA
La abogacía —para Martí Mingarro— es un oficio “precioso”, pero exigente. Quien acude a un abogado busca una voz que pida justicia para él, y esa voz solo puede ejercerse con lealtad, franqueza y respeto por la verdad del sistema jurídico, con todas sus imperfecciones.
Recordó asuntos modestos y grandes pleitos, arrendadores desposeídos y empresas estrelladas, subrayando que, detrás de todos ellos, late la misma esencia: la confianza depositada por personas que esperan justicia en un sistema de civilización avanzada.
El abogado —insistió— es un oráculo de la igualdad ante la ley, aun sabiendo que el mundo está lleno de quienes buscan eximirse de ella. Citando a Tucídides, recordó la amarga constatación de que “la ley es para los que son iguales; para los poderosos no se aplicará” y reivindicó la obligación moral de combatir esa desigualdad real.
Entre pasajes históricos y reflexiones filosóficas, su relato regresó también a lo íntimo: su familia humilde, el ejemplo de sus padres, la temprana muerte del padre que le obligó a hacerse cargo del despacho familiar, la renuncia a oposiciones y el descubrimiento vocacional del abogado que lleva dentro.
Con cercanía y humor, evocó incluso cómo su futura esposa le animó a seguir adelante en un momento de desánimo temprano, y cómo la vida de un abogado se construye “peldaño a peldaño”.

Hacia el final, Martí Mingarro confesó que este premio, subtitulado “humanista”, resume quizás la mayor aspiración que ha guiado su trayectoria: servir a la justicia con humanidad, sin odio y sin perder el pulso ético incluso en las batallas más duras.
Agradecido y consciente del tiempo, cerró con la ironía que caracteriza a los grandes oradores: “dar la palabra a un abogado es peligroso”. Pero antes se aseguró de dejar una última advertencia: «Si eres abogado y no eres humanista, estás en peligro de vivir bien, pero no de vivir de verdad el mundo del derecho».
Y así, entre aplausos, quedó sellado el reconocimiento a una vida dedicada —con pasión, compromiso y lucidez histórica— a la construcción diaria de la civilización: la justicia.