El Rey Felipe VI aprovechó ayer por la noche su tradicional Mensaje de Navidad para hacer un llamamiento directo a todos los españoles: preservar la convivencia democrática en tiempos de creciente polarización.
Desde el Salón de Columnas del Palacio Real y de pie –a diferencia de otros años, que lo hacía sentado– el monarca advirtió sobre el «hastío» ciudadano ante la tensión política y la pérdida de confianza en las instituciones, fenómenos que, según sus palabras, alimentan a «extremismos, radicalismos y populismos».
Las lecciones de la Transición
El discurso tomó como referencia dos aniversarios clave: los 50 años del inicio de la Transición tras la muerte de Franco y los 39 años de la entrada de España en la Unión Europea.
Felipe VI reivindicó la Transición como «un ejercicio colectivo de responsabilidad» donde quienes la protagonizaron «supieron salvar sus desacuerdos y transformar la incertidumbre en un sólido punto de partida».
El resultado fue la Constitución de 1978, que el Rey definió como «un marco lo bastante amplio para que cupiéramos todos, toda nuestra diversidad».
La entrada en la UE en 1986, cuyo tratado se firmó precisamente en el mismo salón desde donde pronunció su mensaje, afianzó las libertades democráticas y trajo modernización económica y social.
Los desafíos del presente
El Jefe del Estado reconoció abiertamente que «vivimos tiempos ciertamente exigentes», enumerando las preocupaciones reales de los ciudadanos: el aumento del coste de la vida, las dificultades de acceso a la vivienda para los jóvenes, la incertidumbre laboral por los avances tecnológicos y el impacto cada vez más grave de los fenómenos climáticos.
Pero más allá de estos problemas materiales, Felipe VI subrayó que «los ciudadanos también perciben que la tensión en el debate público provoca hastío, desencanto y desafección». Y ha advertido: estas realidades «no se resuelven ni con retórica ni con voluntarismo».
Un mensaje a la clase política
Sin mencionar casos concretos en un año marcado por la tensión judicial y política, el Rey dirigió un mensaje inequívoco a quienes ejercen el poder público.
Habló de tres pilares fundamentales: diálogo («las soluciones requieren del concurso, la responsabilidad y el compromiso de todos»), respeto («en el lenguaje y de escucha de las opiniones ajenas») y ejemplaridad («especial ejemplaridad en el desempeño del conjunto de los poderes públicos»).
Felipe VI lanzó una pregunta directa: «¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros para fortalecer esa convivencia? ¿Qué líneas rojas no debemos cruzar?».
Y recordó que en democracia «las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas, amenazas» y que «avanzar consiste en dar pasos, con acuerdos y renuncias, pero en una misma dirección, no correr a costa de la caída del otro».
Confianza y convivencia
El núcleo del mensaje giró en torno a dos conceptos: convivencia y confianza.
El Rey adviritó que «la convivencia no es un legado imperecedero», sino «una construcción frágil» que requiere cuidado diario.
Y alertó sobre la «inquietante crisis de confianza» que atraviesan las sociedades democráticas, crisis que «afecta seriamente al ánimo de los ciudadanos y a la credibilidad de las instituciones».
Frente a quienes alimentan el desencanto, el Jefe del Estado reivindicó la capacidad colectiva: «Somos un gran país. España está llena de iniciativa y de talento» y «podremos lograr nuestros objetivos, con aciertos y errores, si los emprendemos juntos».