Ya de vuelta de las vacaciones navideñas y de haber disfrutado de la familia, tal vez sería bueno echar mano de algunas series que pueden ayudar a superar un trance semejante y, además, aprender algo de interés.
Quien ya haya visto ‘Succession’ sabrá que es una serie de televisión que empieza como muchas tragedias inglesas: con un patriarca que no se muere cuando debería y una tropa al cual peor.
El ‘pater familias’ es Logan Roy (interpretado por el insuperable Brian Cox), un auténtico carcamal, poderoso, muy desagradable y perfectamente consciente de que su principal activo no es su imperio mediático, sino el miedo que genera en el personal.
La mala leche que desprende el personaje solamente está a la altura de sus famosos ‘fuck off’ (“a tomar por culo”) y que además los tienen recopilados por aquí, por si los necesitan.
Una cariñosa expresión dirigida, entre otros, a sus hijos, Kendall, Shiv, Roman y Connor, que no son herederos al estilo español, sino eternos aspirantes al trono empresarial.
Unos corredores de fondo en un maratón que nunca termina y donde las putadas para proclamarse vencedor son del tamaño de un aeropuerto intercontinental.
Seguramente, el espectador español tiende a ver la serie como un drama familiar, al estilo de aquellas series clásicas como Dallas o Dinastía, con mucho dinero y poco afecto.
Grave error.
‘Succession’ no va de sentimientos ni del parné.
Para nada, porque va de estructura y de control societario.
De quién domina el sistema que permite que una empresa siga funcionando aunque todos los implicados se detesten hasta niveles insospechados y cuya catadura moral sea de una bajeza casi deportiva.
Es lo que tiene la familia y recuerden que nosotros somos todos de la estirpe de Caín, porque a Abel nos lo cargamos hace ya tiempo, como cantaban los Barón Rojo.
Por eso, verán que en la serie hay continuas juntas de socios, votaciones envenenadas, abogados apretando tuercas, pactos chungos y, sobre todo, muy mal rollo.
Por eso nadie en la serie habla nunca de “herencia” como la entendemos en España. Porque no hay reparto final ni momento solemne ante notario que valga.
Aquí lo que hay es una lucha permanente por el acceso a un artefacto jurídico que lo condiciona todo: nuestro amigo, el ‘trust’.
EL «TRUST» NO APARECE EXPLICADO PERO ESTÁ SIEMPRE PRESENTE
Curiosamente, en la serie el ‘trust’ no aparece explicado, pero está siempre presente, observándolo todo.
Es la razón por la que Logan puede seguir mandando, aunque esté enfermo y ya tenga una pata en el otro lado.
Es la razón por la que los hijos cobran mucha pasta, pero no deciden.
Y es la razón por la que un papel firmado en el momento adecuado vale más que cien años de lealtad.
Por eso, si se atreven a ver ‘Succession’ (siempre en versión original, por favor), conviene olvidar el Código Civil y pensar en términos anglosajones.
Aquí, el poder no se transmite; se encapsula en una sospechosa forma de supositorio.
Para ello, recuerden que Logan es el creador del ‘trust’, el ‘settlor’, quien fija las reglas cuando aún tiene fuerzas, y el sistema se ejecuta después con una frialdad casi mecánica.
Los que gestionan el ‘trust’ son los ‘trustees’, representados por los asesores de confianza, quienes no improvisan, sino que cumplen las instrucciones mientras se pegan codazos entre sí.
Y por último, los que reciben ciertas cantidades, los hijos o ‘beneficiaries’.
Todos pueden gritar, conspirar o traicionar, pero siempre dentro de un marco previamente diseñado por el ‘master of puppets’, el viejo Logan.
Precisamente por eso, la genialidad de la serie radica en mostrar cómo ese marco convierte a adultos millonarios en niños desesperados.
No porque sean incompetentes, sino porque no controlan el tablero. Sólo controlan algunas fichas.
Pero veamos de dónde sale esta historia tan real como la vida misma.

LOS MURDOCH: CUANDO LA FICCIÓN SE QUEDA CORTA
El creador de la serie, Jesse Armstrong, ha negado siempre que ‘Succession’ sea “la historia de los Murdoch”.
Y aunque técnicamente tiene razón, narrativamente no engaña a nadie.
En efecto, es bien sabido que Rupert Murdoch es el Logan Roy del mundo real, con la diferencia de que no necesita guionistas y lleva medio siglo ensayando el mismo movimiento: dividir para reinar.
El imperio Murdoch, que incluye a News Corp, Fox y sus demás tentáculos mediáticos, no se sostiene por carisma ni por consenso familiar.
Se sostiene gracias a una arquitectura jurídica muy concreta, basada en un ‘family trust’ creado a finales de los noventa del siglo pasado.
En él se concentran los derechos de voto que permiten controlar el grupo Murdoch, independientemente de cómo se repartan los beneficios económicos.
Esto explica uno de los grandes enigmas para el observador continental: cómo es posible que varios hijos sean multimillonarios y, aun así, sólo uno acumule el control efectivo.
La respuesta no está en el dinero, sino en el diseño del ‘trust’.
En quién puede votar, nombrar directivos o bloquear decisiones estratégicas. Durante años, Rupert Murdoch mantuvo ese equilibrio con mano de hierro.
Pero el sistema, como en ‘Succession’, empezó a crujir cuando surgieron discrepancias profundas entre los
hijos: no solo personales, sino también ideológicas y estratégicas.
El intento del patriarca de reforzar la posición de uno de ellos mediante ajustes en la estructura del ‘trust’ desembocó en un conflicto legal real, discreto, pero despiadadamente feroz.
Aquí es donde la serie vuelve a resultar inquietantemente precisa.
Porque cuando un ‘trust’ entra en conflicto, la pelea no es sentimental sino quirúrgica.
Y créanme que esta no es, por casualidad, una de las prácticas más especializadas y lucrativas dentro de la abogacía anglosajona.
Se discute quién puede modificar las reglas, en qué condiciones y hasta dónde se extiende la voluntad original del ‘settlor’.
No se trata de quién merece mandar, sino de quién tiene permitido mandar.
Además, al público español suele sorprenderse al descubrir que incluso un ‘trust’ calificado como “irrevocable” puede convertirse en un campo de batalla.
Y es que la palabra engaña porque no significa inmutable.
Significa que cambiarlo requiere cumplir requisitos muy concretos y, a menudo, convencer a personas que no forman parte de la familia, estrictamente.
Ahí aparecen figuras que funcionan como el ‘protector’, diseñadas precisamente para evitar que el sistema sea presa de una sola voluntad, incluso si esa voluntad lleva el apellido del fundador.
Los Murdoch han vivido ese drama sin cámaras, pero con consecuencias muy reales. Acuerdos internos, reorganizaciones, nuevas estructuras paralelas.
Nada especialmente romántico sino extraordinariamente eficaz.
El resultado es que el imperio Murdoch no se ha derrumbado porque nunca dependió de la armonía familiar.
LO QUE ‘SUCCESSION’ NOS HA ENSEÑADO SIN DARNOS CUENTA
Cuando la serie terminó, muchos espectadores se quedaron con la mandíbula abierta y la sensación de haber asistido a algo más que una serie de televisión.
No sabían muy bien a qué, pero intuían que habían visto cómo funciona el poder cuando nadie está obligado a ser simpático ni a caer bien a tu propia familia.
Para un espectador español, la lección seguramente es, además, cultural.
En el mundo anglosajón, mandar no es un derecho natural derivado de la sangre ni del apellido.
Recuerden que, bajo el derecho inglés, no hay legítimas como en España, sino una mucha mayor libertad para testar.
Es una concesión técnica. Algo que se diseña, se escribe y se protege con celo. Y el ‘trust’ es la herramienta por excelencia para lograrlo.
Por eso, la serie ha hecho visible una verdad incómoda: que el conflicto dentro de la empresa familiar no se evita apelando al amor, sino creando sistemas que sigan funcionando sobre todo cuando ese cariño desaparece.
Los Murdoch lo vivieron en sus propias carnes, y el espectador puede disfrutar de ese mundo tan particular, entre los insultos del viejo Logan.
Sin duda, ‘Succession’ permite hablar de control, de reglas, de quién decide cuando el fundador ya no está.
Y eso, para una cultura como la española, que suele estar acostumbrada a improvisar, a esperar a última hora, resulta casi subversivo.
Quizá por eso, ‘Succession’ pueda llegar a incomodar tanto porque muestra un mundo en el que el poder no necesita legitimarse emocionalmente.
Donde el ‘trust’ está por encima de las personas para seguir mandando incluso después de muerto.
Los británicos llevan siglos haciéndolo y los de HBO, sin pretenderlo del todo, nos han dejado asomarnos a ese mecanismo con una claridad que ningún manual de derecho habría logrado.
No lo duden: son cuatro temporadas con un final de auténtico infarto. Nosotros seguiremos con más la semana que viene.
Hasta entonces, mis queridos anglófilos.