Opinión | Caballo a f3: la jugada de Trump en el tablero global

Mónica Sánchez Moro, abogada asociada en act legal Spain, explica la estrategia de Trump en Venezuela: una transición controlada, pragmatismo energético y geopolítica regional explicados a través de una metáfora de ajedrez. Foto: Generada digitalmente.

22 / 01 / 2026 05:44

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En ajedrez, el movimiento Caballo a f3 no busca el espectáculo. No amenaza de inmediato, pero ordena el tablero, protege posiciones clave y prepara el juego largo.

Algo parecido ocurre con la estrategia de Donald Trump en Venezuela: no es una jugada final, sino una maniobra de colocación con efectos duraderos.

Venezuela vuelve a encajar —de forma incómoda, pero funcional— en una ecuación donde estabilidad política, energía y control regional convergen. Cuando eso ocurre, Washington suele intervenir, aunque no siempre del modo que la opinión pública espera.

Pero tampoco ha hecho lo esperado, todo el mundo se pregunta por qué, María Corina Machado, opositora del régimen de Maduro y, para los que no lo sepan, ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2025, no ha sido la persona elegida por Trump para liderar el país, optando por una transición controlada antes que por una ruptura abrupta.

Evitar el colapso institucional

La clave inicial está en la gestión del poder real, no del simbólico. Trump ha optado por una transición contenida, evitando tanto el colapso institucional como un relevo del régimen actual que no pudiera sostenerse en la práctica.

En ese contexto se explica la continuidad de Delcy Rodríguez como figura relevante del engranaje estatal. No es una validación del régimen, sino el reconocimiento de que quien conoce las palancas del sistema puede facilitar —o bloquear— cualquier proceso de cambio.

Conviene ser precisos: la oposición venezolana no controla el Estado. Las elecciones recientes fueron ampliamente cuestionadas por su falta de garantías y transparencia y sus resultados no gozan de reconocimiento pleno por parte de buena parte de la comunidad internacional.

Al mismo tiempo, no existe una autoridad alternativa investida de poder efectivo. María Corina Machado, figura central del liderazgo opositor, ni fue candidata ni pudo concurrir a los comicios debido a su inhabilitación.

Este vacío institucional explica por qué Washington prioriza el control del proceso antes que la proclamación inmediata de un nuevo liderazgo.

Venezuela produce poco petróleo

Ese mismo pragmatismo se refleja en el plano energético. Desde el punto de vista de los mercados, Venezuela no es hoy un actor decisivo por volumen.

Produce alrededor de un millón de barriles diarios, cerca del 0,8 % del total mundial, menos de la mitad de lo que producía antes de 2013 y muy lejos de los 3,5 millones de barriles diarios que bombeaba antes del deterioro estructural de su industria petrolera. Además, los precios del crudo ya venían presionados a la baja por un exceso de oferta global.

El interés estratégico, sin embargo, no está en el corto plazo ni en el precio del barril. La estatal Petróleos de Venezuela, S.A., (PDVSA) ha reconocido públicamente que su red de oleoductos no se ha modernizado en más de 50 años y que recuperar los niveles máximos de producción exigiría inversiones cercanas a los 58.000 millones de dólares.

A ello se suman años de sanciones, falta de mantenimiento y pérdida de capital humano, factores que han reducido de forma drástica la capacidad productiva, como también ha documentado la Energy Information Administration.

Trump, también en este aspecto, se ha encargado de hacer pública su exigencia a las compañías petroleras con intereses reales o potenciales en la zona de aportar la cantidad de 100.000 millones de dólares para contribuir a las tareas de reforma y modernización necesarias, a modo de canon de entrada.

Su valor está en el tipo de petroleo que posee

Pero el verdadero valor de Venezuela no reside tanto en cuánto petróleo produce, sino en qué tipo de petróleo posee.

Su crudo es pesado y ácido, difícil de extraer, pero esencial para la producción de diésel, asfalto y combustibles industriales.

Estados Unidos, pese a ser el mayor productor mundial, dispone mayoritariamente de crudo ligero y dulce, excelente para gasolina, pero insuficiente para cubrir toda la cadena de refinado.

El déficit global de diésel —acentuado tras años de sanciones al crudo venezolano— explica por qué Caracas vuelve a ocupar un lugar en la agenda estratégica de Washington.

Este movimiento tampoco ha generado las respuestas que otros muchos esperaban. Al observar la reacción de los antiguos aliados del chavismo.

Rusia y China han expresado su malestar, tras dos décadas de apoyo financiero, diplomático y militar al gobierno de Nicolás Maduro. Pero sus prioridades están lejos del Caribe.

Moscú continúa debilitada por una guerra prolongada y negocia su desenlace con Trump, con posibles conquistas territoriales jugosas a la vista, mientras Pekín concentra su atención en el Indo-Pacífico y en la estabilidad de sus cadenas de suministro.

Ambas potencias entienden que cualquier paso tangible en defensa de Caracas implicaría nuevas sanciones, un coste que ninguna está dispuesta a asumir por un aliado cuyo futuro político es incierto.

Al final, como casi siempre, todo es economía y hegemonía política. Y Trump parece estar asegurando primero el control del entorno regional, antes de proyectarlo a escala global.

Como en toda partida de ajedrez, el caballo a f3 no es un movimiento espectacular, pero sí decisivo; asegura posiciones, prepara el enroque y limita las opciones del rival antes de lanzar un ataque frontal. Venezuela no es el jaque mate ni siquiera el ataque decisivo; porque en esta partida, Trump no juega a ganar la próxima jugada, sino la partida completa.

Y ya ha comenzado a enviar señales de sus próximos movimientos hacia territorios diversos como Groenlandia, México, Cuba o Irán, en una estrategia más calculada que la que a simple vista podría deducirse.

¿Cuál será su próximo movimiento?

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