Los llamados homenajes de Estado son una secularización del verdadero funeral, el religioso.
Conviene conocer la verdadera significación de los términos, su auténtica naturaleza, ante la proliferación de expresiones que pueden confundir a muchas personas.
Lo digo acerca de estos actos civiles, también llamados funerales de Estado, como los que tienen lugar ante catástrofes que generan multitud de víctimas mortales.
Así fue en España con ocasión de la Dana y se quiere repetir tras la tragedia del accidente ferroviario de Adamuz, en la provincia de Córdoba.
Son actos meramente civiles, como sucede con los llamados minutos de silencio, en los que la sociedad y, frecuentemente, los políticos quieren manifestar un recuerdo abstracto por los fallecidos y de solidaridad con los familiares.
No son funerales genuinos
Actos respetables si son sinceros, pero que no son genuinos funerales, sino ceremonias laicas que, de forma secularizada, pretenden sustituir a los funerales religiosos.
Todos los pueblos, siguiendo a Raúl Arrieta González en la Enciclopedia GER, aun los más elementales, han manifestado siempre un sentimiento de reverencia y veneración hacia los muertos.
«Es abismal la distancia de lo que impropiamente se llama funeral de Estado, acto sin trascendencia escatológica y que lo más que puede hacer es manifestar solidaridad institucional, con un funeral religioso de trascendencia más allá de la vida terrenal».
Bien conocidas son las pompas fúnebres con que tanto egipcios como griegos y romanos, y demás pueblos de las grandes civilizaciones, honraban a sus muertos. Entre los hebreos esta costumbre estaba profundamente arraigada.
Pues bien, el término funeral tiene un origen religioso desde los primeros tiempos del cristianismo, hasta que con el laicismo en la Edad Moderna y la separación entre la Iglesia y el Estado, los llamados funerales laicos comienzan a extenderse.
Sin embargo, la esencia genuina de los funerales es ser una manifestación de la fe y de los ritos de la Iglesia.
Esperanza en la resurrección y en la vida eterna
Los textos litúrgicos rezuman una atmósfera de fe y esperanza en la resurrección y en la vida eterna, un sincero dolor y arrepentimiento por los pecados, aligerado por una inquebrantable confianza en el perdón y un sentimiento de profunda y serena alegría.
Las reformas sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II acentúan ese carácter y los funerales, junto a otros ritos públicos o privados, se dirigen a Dios, intercediendo por las almas de los difuntos, en virtud de la comunión de los santos, para que Dios les aplique los méritos de esas oraciones como complemento de la purificación que por sus pecados hubieren de sufrir en el purgatorio.
Esa es la esencia de los funerales.
Esto, lógicamente, es incomprensible a quienes no tengan fe religiosa, en una sociedad lamentablemente cada día más laica, lo que digo como creyente, obviamente.
Por eso, es abismal la distancia de lo que impropiamente se llama funeral de Estado, acto sin trascendencia escatológica y que lo más que puede hacer es manifestar solidaridad institucional, con un funeral religioso de trascendencia más allá de la vida terrenal.
Lo meramente civil, fuera de la religión, cierra la puerta a la esperanza.
Como decía el cardenal Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI, una sociedad secularizada se hace melancólica por esencia, se convierte en un lugar propicio para la desesperación.
Se funda en una reducción de la verdadera dignidad del hombre. «Una sociedad cuyo orden público viene determinado por el agnosticismo no es una sociedad de hecho libre, sino desesperada, señalada por la tristeza del hombre, que se encuentra huido de Dios y en contradicción consigo misma» (Mirar a Cristo, Valencia, 1990).
En definitiva, el funeral cristiano, no el laico, hace posible, como dice el Credo de Nicea-Constantinopla, «esperar la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».