Hay jueces que dictan sentencias y escritores que cuentan historias. Vicente Magro Servet hace ambas cosas, pero desde lugares muy distintos.
Como magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, está acostumbrado a enfrentarse cada día al lado más oscuro de la sociedad: el crimen, la violencia y el dolor de las víctimas.
Como novelista, en cambio, busca una vía distinta para hablar de esas mismas realidades, una que le permita explorar aquello que el lenguaje jurídico no puede contener.
En Nunca me marcharé, su séptima novela –publicada a través de Amazon– Magro se adentra sin miedo en uno de los grandes tabúes contemporáneos: la muerte.
Lo hace desde una mirada profundamente humana, mezclando justicia, fe, duelo, crimen, violencia de género y preguntas que todos nos hacemos alguna vez: ¿qué ocurre cuando morimos?, ¿se rompe para siempre el vínculo con quienes amamos?, ¿es posible que la muerte no sea un final, sino un tránsito?
Esta entrevista es un viaje por esas cuestiones íntimas y universales. Magro habla con franqueza de su experiencia como magistrado, de la maldad humana que observa en los tribunales, pero también del consuelo que muchos lectores han encontrado en su novela tras perder a un hijo, a una pareja o a un padre.
Una conversación serena y profunda con un juez que, lejos de dictar sentencia, propone algo poco habitual: una novela sobre la muerte que, contra todo pronóstico, termina bien.
¿Qué es lo que lleva a un magistrado del Tribunal Supremo de la Sala Segunda a convertirse en novelista?
En el Tribunal Supremo solemos ver sobre todo el lado más oscuro de la sociedad: los delitos. La Sala de lo Penal no se ocupa de los aspectos positivos, sino de los hechos negativos que llegan a los tribunales. Aun así, también hay una parte esperanzadora: la justicia puede ayudar a las víctimas a confiar más en el sistema y a reforzar su protección.
Ampliar esa protección no significa, en ningún caso, recortar los derechos del acusado ni poner en riesgo la presunción de inocencia. Son planos distintos que deben convivir: por un lado, las garantías del acusado; por otro, la atención y protección de la víctima.
De ahí surgen enfoques como la perspectiva de género en los casos de violencia machista o la protección específica de la infancia cuando hay menores implicados. Vivimos, además, en una sociedad marcada por altos niveles de violencia.
Cuando escribo novelas, busco un camino diferente al estrictamente jurídico. En una sentencia no puedo expresar muchas reflexiones que sí caben en la literatura. En la labor judicial, los hechos ya están fijados y mi función es valorar si la sentencia es correcta.
En cambio, la novela me da libertad total: parto de una página en blanco y puedo crear los hechos y la historia que considero relevante para la sociedad.
Gracias a esa libertad he llegado a escribir siete novelas. La primera trataba sobre el maltrato psicológico y pensé que sería la única, pero mi interés por explorar otros temas más allá de la justicia estricta me llevó a continuar.
Eso sí, todas mis novelas giran en torno a cuestiones de justicia: crímenes, violencia sexual, maltrato de género. Utilizo la ficción para contar historias que me inquietan y que creo que merece la pena compartir con la ciudadanía.

¿El Más Allá tiene que ver con la justicia?
Al final, todo gira en torno a la justicia. La justicia consiste, en esencia, en dar a cada persona lo que le corresponde. En la historia de Nunca me marcharé, como en cualquier caso criminal, el bien más valioso es la vida.
Cuando se investiga un crimen, lo fundamental es aclarar qué ha ocurrido y en qué circunstancias. El motivo —es decir, por qué alguien cometió el delito— no es decisivo desde el punto de vista jurídico. Eso puede interesar a los medios o a la narrativa que rodea al caso, pero en derecho lo importante es determinar si hubo delito, quién lo cometió y en qué condiciones.
Por eso, en sistemas como el anglosajón, el motivo se deja completamente al margen: no se juzgan intenciones íntimas, sino hechos probados.
Ahora bien, cuando hablamos de la muerte, surge inevitablemente una pregunta más humana: si existe algo después. Esta reflexión suele aparecer con más fuerza a partir de cierta edad. Antes, cuando somos jóvenes, sentimos que la vida es larga y la muerte queda lejos.
Pero a partir de los 60 años, cuando empiezan a fallecer amigos, padres o hermanos mayores, la muerte deja de ser una idea abstracta y se vuelve cercana. Entonces es normal preguntarse cuánto tiempo nos queda. Pensar en la muerte, llegado ese momento, no es algo extraño, sino profundamente humano.
De hecho, cuando usted escribió su anterior novela, “Sé lo que vas a hacer”, la cuestión de la muerte también estaba muy presente.
Si pudiéramos ver el futuro, casi todos querríamos saber lo mismo: cuánto tiempo nos queda de vida. Saber, por ejemplo, que tenemos veinte años por delante nos daría la sensación de poder planificar mejor, aprovechar el tiempo y decidir con calma qué hacer. Esa pregunta —cuándo me tocará a mí— nos la hacemos todos, porque no tenemos forma de saberlo.
La realidad, además, nos recuerda que la muerte no siempre depende de la edad ni de una enfermedad. Puede llegar de forma inesperada: un accidente, un crimen, un suceso fortuito. Entonces aparecen las preguntas inevitables: ¿y si no hubiera cogido ese avión?, ¿y si hubiera ido por otro camino?, ¿y si no hubiera estado allí en ese momento?
De ahí surge la gran duda: ¿el destino está escrito o no? Ese es el dilema que se plantea en Sé lo que vas a hacer. Y, en el fondo, la novela gira en torno a una cuestión muy humana: si después de la muerte existe algo más y si quienes se van pueden, de algún modo, volver a manifestarse.
«La justicia consiste, en esencia, en dar a cada persona lo que le corresponde. En la historia de Nunca me marcharé, como en cualquier caso criminal, el bien más valioso es la vida».
Asumo que es usted creyente…
Soy católico, y creo que a veces existe una idea equivocada sobre la fe. No es cierto que un creyente piense que todo acaba con la muerte. Para un cristiano, Jesucristo murió, pero sigue vivo, y por eso se le reza y se le pide ayuda en los momentos difíciles, tanto propios como de la familia.
Esa necesidad de pedir ayuda aparece incluso en personas no creyentes, sobre todo ante situaciones límite: una enfermedad grave o, peor aún, la pérdida de un hijo. No hay dolor comparable al de unos padres que reciben la noticia de que su hijo ha muerto en un accidente.
Para los policías que tienen que dar esa noticia, también debe de ser uno de los momentos más duros de su trabajo.
La muerte de un hijo antes que la de sus padres es algo profundamente antinatural y casi imposible de aceptar. Por eso muchos padres se preguntan si existe alguna forma de seguir en contacto con ese hijo, aunque no sea de manera física o directa.
No se trata necesariamente de algo tangible, sino de la necesidad humana de sentir que el vínculo no se rompe del todo. Perder a un hijo es, sin duda, una de las experiencias más dolorosas que se pueden vivir.
¿Algunos padres en esa situación se lo han comunicado?
Sí, me lo han dicho muchas veces. “Vicente, tu novela nos ha ayudado”, me han dicho. Al leerla, han sentido que esa idea que siempre han tenido —que su hijo sigue, de algún modo, presente— cobra sentido. Les ha servido para pensar que no lo han perdido del todo y que el vínculo con su hijo no se ha roto para siempre.

“Nunca me marcharé” tiene su hilo conductor en dos personas, un hombre y una mujer, que padecen enfermedades terminales y que viven su último tiempo de descuento en la tierra. Y aquí entra el mundo de los espíritus. ¿Las personas que han leído su libro le han contado “experiencias” parecidas o similares a los que relata en su libro?
Mi experiencia en esta novela es brutal. Ya la he presentado en varios sitios. Y sí, las personas que la han leído me han contado que han tenido experiencias de este tipo.
Antes de comenzar a escribir inicié la obligada fase de documentación. Leí sobre experiencias de personas que han pasado por ese tipo de experiencias. Fue entonces cuando conocí informes científicos de Estados Unidos y de Inglaterra que dicen que una de cada tres personas en esos países han tenido experiencias sensoriales y extrasensoriales.
¿Que entendemos por experiencias sensoriales o extransensoriales?
La sensorial es la visualización.
O sea que han visto a una persona que ya no está entre nosotros. Lo que conocemos como un fantasma.
Así es. Muchas personas que han leído mi novela me lo han contado cuando estaba firmando ejemplares. ‘Vicente, yo he visualizado a mi padre, o a mi padre’. Esto es muy común.
O sienten la presencia de su ser querido. Una madre o un hijo fallecido. Notan que les acompañan o que les ayudan a tomar una decisión importante. No hablan solo de recuerdos, sino de sensaciones muy intensas y reales para ellos.
Estas vivencias, que algunos llaman sensoriales o extrasensoriales —es decir, percepciones que no se explican solo por los sentidos—, les transmiten una gran paz. No se trata de un deseo o de una idea forzada, sino de algo que sienten con convicción y que les aporta tranquilidad.
Con la novela ha ocurrido algo especial. Personas que han perdido a seres queridos, incluso en casos muy dolorosos como enfermedades terminales, han sentido que su sufrimiento disminuye.
Al verse reflejadas en la historia y al escuchar a otros contar experiencias similares en presentaciones del libro, dejan de pensar que están solos o que “se lo están imaginando”.
Para muchos, esa coincidencia funciona como una confirmación: lo que sienten es real para ellos y no es motivo de vergüenza ni de miedo.
¿Qué es lo que más le ha sorprendido de esos relatos, las percepciones sensoriales o las extrasensoriales?
Las percepciones sensoriales. Más de diez lectores me lo han contado y lo han hecho delante de otras personas. A mí eso me gusta.
El hecho de que la gente no tenga vergüenza a contar una experiencia sensorial o extrasensorial es porque está dejando de ser tabú.
«Muchos lectores me han dicho que la novela les ha ayudado a creer que la relación con sus seres queridos no termina del todo, sino que puede continuar de otra forma. Esa idea, me cuentan, hace que el duelo sea menos doloroso y más llevadero».
¿Tabú? ¿Por qué?
Por vergüenza. Porque no quieren que les tachen de locos. La gente lo mantiene oculto para que otros no piensen que sufren una alteración mental o que están mal de la cabeza. Por pensar que su padre o su madre se ha puesto en contacto de una forma extrasensorial con ellos.
Los estadounidenses dicen que cuando tú sacas en una comida o una cena de seis personas, dos verbalizan experiencias personales al respecto. Y de las cuatro restantes, uno o dos también las han tenido, pero no las revelan por vergüenza. Por eso sigue siendo un tema oculto.
En estos momentos el doctor Manel Sans Segarra, un cirujano retirado, está petándolo con sus libros y sus conferencias sobre las experiencias cercanas a la muerte. ¿Ha leído algo de él? Ustedes comparten, además esa auctoritas de sus respectivas profesiones. No son “frikis” de la cosa sin o personas… serias.
Conozco al doctor Sans Segarra y el éxito que ha tenido hablando de estos temas, pero decidí no leer otros libros para que no me influyeran. Quería que la historia surgiera con total libertad y fuera lo más original posible.
Por eso elegí centrar la novela en el cáncer, una enfermedad terminal que afecta a muchísimas personas. El relato gira en torno a dos enfermos a los que se les comunica que les quedan pocos meses de vida.
La idea es mostrar que, aunque la muerte sea inevitable, no tiene por qué romper el vínculo con la familia ni con las personas queridas.
Escribí Nunca me marcharé pensando en quienes sufren de cerca la muerte, tanto los enfermos como sus familiares. Por eso la publiqué en Amazon a un precio bajo, para que fuera accesible. Mi objetivo era aliviar el dolor que provoca la pérdida, no solo en quien va a morir, sino también en quienes se quedan.
Muchos lectores me han dicho que la novela les ha ayudado a creer que la relación con sus seres queridos no termina del todo, sino que puede continuar de otra forma. Esa idea, me cuentan, hace que el duelo sea menos doloroso y más llevadero.

De alguna forma les ha devuelto la fe, no siendo usted sacerdote… Un magistrado del Tribunal Supremo. Bueno, de alguna forma usted es un sacerdote, pero de la Justicia.
El objetivo era transmitir una idea que ayude a afrontar la muerte de otra manera. La pérdida de un familiar nunca se asume bien, y durante mucho tiempo hemos pensado que, cuando alguien muere, todo se acaba ahí. Esa creencia hace que el dolor sea aún mayor.
Mi novela, al igual que los libros de Sans Segarra y de otros autores, tiene una intención curativa, sobre todo a nivel psicológico. Busca aliviar el sufrimiento de personas profundamente afectadas, que se sienten rotas y para las que la vida ha perdido sentido. La idea central es que la muerte de un ser querido no impide mantener algún tipo de vínculo con él.
Muchos lectores me han contado experiencias muy íntimas: personas que cada noche hablan con su pareja fallecida por cáncer, o madres y padres que se dirigen a sus hijos muertos en accidentes antes de dormir, preguntándoles cómo están. Estos testimonios me reconfortan, porque refuerzan la intención con la que escribí la novela.
Existen muchísimos relatos similares en todo el mundo, contados por personas de distintas culturas y edades. Pensar que una parte tan grande de la humanidad comparte estas vivencias no puede reducirse simplemente a un problema psicológico. Para muchos, estas experiencias son una forma de consuelo y de seguir adelante.
También en su libro hay una trama, una trama criminal. Sí, sí hay un asesinato, cosa que a uno como lector me ha sorprendido también mucho.
Es una novela. Por eso quise introducir un crimen, que siempre es interesante.
Y además hay un dato que quiero que la gente lo sepa. Todos los personajes que salen en la novela existe, y todos los personajes relacionados con la historia más o menos jurídica existe y son juristas que existen.
Muchas gracias por lo que me toca.
En la novela aparecen personas reales, como Carlos Berbell y Confilegal, igual que mi buen amigo Paco González, director de Tiempo de Juego, un programa de la COPE que sigo con pasión cada fin de semana. También se menciona El Partidazo, presentado por Juanma Castaño, que se emite en la misma cadena.
Además, los personajes vinculados al crimen no son inventados sin más: se trata de juristas que existen en la realidad, lo que da a la historia un mayor realismo y cercanía.
Personas de su entorno profesional, entiendo…
Así es. Cuando el lector lo lea, sabrá quienes son. Evidentemente no, porque esta es la parte, la parte jurídica que yo quiero meter en la novela. Y luego está, pues, la historia de que la persona que ha fallecido desde el más allá, pues intenta ayudar a la persona a la que le imputan el crimen cuando no lo ha cometido.
«En esta nueva novela vuelvo a abordar la violencia de género desde otro ángulo. Una mujer se divorcia de su pareja tras años de maltrato. Tiempo después, él le dice que padece un cáncer terminal y le pide que esté a su lado en los últimos meses de su vida. Ella se niega: recuerda cómo la trató y no quiere acompañarlo ahora».
Una historia, la de su novela, que tiene que ver con la violencia de género. Usted es uno de los grandes especialistas en esta materia en España. De hecho, sus puntos de vista y sus sentencias han influido de forma decisiva en la jurisprudencia del Tribunal Supremo. Para quien no lo sepa.
Sí, es la tercera vez que lo hago. Ya lo hice en mi primera novela, Maltrato psicológico, y también en la anterior, la sexta, Entre las llamas, centrada en la violencia de género. En esa historia, la protagonista no sufre agresiones físicas, sino maltrato psicológico, hasta que decide divorciarse y es entonces cuando comienza la violencia física.
En esta nueva novela vuelvo a abordar la violencia de género desde otro ángulo. Una mujer se divorcia de su pareja tras años de maltrato. Tiempo después, él le dice que padece un cáncer terminal y le pide que esté a su lado en los últimos meses de su vida. Ella se niega: recuerda cómo la trató y no quiere acompañarlo ahora.
Es entonces cuando él la amenaza con algo inquietante: le asegura que, cuando muera, podrá seguir apareciéndose y persiguiéndola, porque está convencido de que eso será posible.
Aquí surge un conflicto perturbador. En vida, la ley puede imponer una orden de alejamiento para proteger a la víctima. Pero ¿qué ocurre si el agresor asegura que seguirá presente tras la muerte? La pregunta es tan inquietante como clara: ¿cómo se puede poner una orden de alejamiento a alguien que ya ha muerto?
A un fantasma, sí. Es problemático.
De este modo también introduzco otra cuestión inquietante: el transhumanismo y la idea del “gemelo digital”. Es decir, la creación artificial de una copia de una persona, incluso de alguien que pudo actuar mal en vida, y que seguiría “existiendo” de alguna forma.
Esto ya no es ciencia ficción. Hoy existen varias empresas que, a cambio de dinero, ofrecen crear un gemelo digital. Durante meses analizan cómo piensas, cómo escribes, cómo reaccionas, tu actividad en redes y tu forma de sentir. Con toda esa información construyen una versión digital de ti, un “yo” artificial que puede activarse o desactivarse con un botón.
Y ahí surge la gran pregunta: ¿quién controla ese botón?, ¿quién decide cuándo ese gemelo existe, actúa o desaparece? Esa incertidumbre es parte del dilema que la novela deja abierto.

Pero será siempre una recreación humana que no un ser humano. La desaparecida juez de la Corte Suprema estadounidense, Ruth Bader Ginsburg, por ejemplo, tiene una página web en la cual uno puede preguntarle cosas jurídicas y le responde de acuerdo con su pensamiento en vida. Pero la conciencia no está ahí. Ha desaparecido con la persona.
Tengo amigos que están siguiendo de cerca este tipo de productos y buscando apoyos para desarrollarlos. Ya existe un precio y, de hecho, este tipo de gemelos digitales se pueden encargar hoy en día.
El problema aparece cuando pensamos en personas que sabemos que actúan mal en la sociedad. Si alguien crea un gemelo digital de una persona así, lo que está haciendo es reproducir también su forma de pensar y de actuar. Ese gemelo no sería neutro: sería una copia digital de la maldad que esa persona mostró en vida.
Y si ese gemelo sigue “funcionando” incluso después de la muerte de la persona real, la pregunta es inquietante: ¿no estaría continuando esa misma conducta dañina, pero ahora en un entorno digital? Ese es el riesgo que plantea esta tecnología.
Usted es uno de los pocos magistrados del Tribunal Supremo, yo diría también de la Judicatura española que utiliza el término maldad humana en sus sentencias. Nada de trastorno antisocial de la personalidad ni otras descripciones científicas. Es maldad, pura y simple. Hay gente que ha venido a este mundo justamente para hacer el mal y para convertir en pesadilla la existencia de personas que tiene a su alrededor. Usted siempre, si me lo permite, rompiendo moldes.
Es una realidad que muchos no habíamos visto antes. Quienes tenemos más de 50 o 60 años no recordamos un nivel de violencia así, ni siquiera en el cine. La forma de hacer daño, de matar y de tratar a otras personas —a niños, mujeres y hombres— ha alcanzado extremos desconocidos.
Ante esta realidad, incluso el derecho ha tenido que reconocer algo inquietante: la existencia de una maldad humana consciente. No se trata de personas que no sepan lo que hacen, sino de individuos que entienden perfectamente el daño que causan y, aun así, lo buscan. Ya no es solo matar, sino hacer sufrir, recrearse en el dolor de la víctima.
Estamos viendo crímenes especialmente graves, como padres que matan a sus propios hijos para dañar a la madre, lo que se conoce como violencia vicaria: hacer daño a los hijos para castigar a la pareja. Es insoportable que una sociedad tolere que quienes tienen el deber de cuidar a los menores sean quienes los asesinen.
Todo esto debe decirse con claridad para que la sociedad reaccione. No basta solo con castigar con penas de prisión: eso no resuelve toda esta violencia. Es necesario replantearse qué está fallando, reforzar la educación desde la infancia y cambiar comportamientos antes de que sea demasiado tarde.
La sociedad ha llegado a un punto crítico, y aún estamos a tiempo de corregir el rumbo.
¿Qué le diría al lector que está terminando de leer esta entrevista? ¿Por qué debería de comprar su libro?
Todos sabemos que, tarde o temprano, vamos a morir, igual que morirán nuestros padres y las personas que queremos. Es ley de vida. Cuando la pérdida afecta a alguien muy cercano, como un padre, una madre o un hijo, el dolor es profundo y natural, cada persona necesita su tiempo para afrontarlo. Cuanto más estrecho es el vínculo, mayor es el sufrimiento.
Ahora bien, si pudiéramos pensar que esa pérdida no es definitiva, que la relación no se rompe para siempre, el dolor sería distinto. Hoy asumimos la muerte como una ausencia total: no volver a ver ni a hablar con esa persona.
Sin embargo, algunos estudios y testimonios, sobre todo en países anglosajones, indican que una de cada tres personas dice haber tenido alguna percepción o sensación de contacto con alguien fallecido.
Eso no nos dice qué hay después de la muerte ni dónde ocurre, porque nadie puede explicarlo con certeza. Pero la simple idea de que la muerte no sea un final absoluto, sino un paso a otra forma de existencia, puede aportar consuelo.
Pensar que existe alguna forma de conexión, aunque no sepamos cómo es, puede aliviar el dolor y hacer más llevadero el duelo, especialmente cuando sabemos que un ser querido va a morir por una enfermedad grave.
Por último, ¿diría usted que su novela es una novela sobre la muerte?
Es una novela sobre la muerte que termina bien. Y eso no es habitual: pocas historias sobre la muerte pueden considerarse “buenas” si no ofrecen algo más.
La muerte no tiene por qué ser un final definitivo. Puede entenderse como el comienzo de otra etapa. Esa posibilidad es la que da sentido a la historia y la convierte en algo más que un relato triste.