Por momentos, uno tiene la impresión de que nuestra época ha declarado la guerra… y ni siquiera se ha molestado en aprender a combatir. Se disparan opiniones como salvas mal calculadas, se izan banderas de conveniencia y, al primer cañonazo serio de la realidad, más de uno abandona la cubierta.
Conviene recordar -aunque hoy resulte incómodo- que la historia no la escriben los que posan para el retrato, sino los que resisten cuando el humo espesa y la pólvora escasea.
España, Europa, el mundo entero, navegan hoy en mares agitados. Se habla mucho de estrategia y poco de sacrificio; abundan los almirantes de tertulia, pero escasean los marinos que sepan mantener el rumbo con medio timón y la arboladura hecha jirones.
La política contemporánea se parece demasiado a una escuadra que confunde el estruendo con la victoria.
Blas de Lezo -permítaseme invocar al viejo marino- sabía algo elemental que hoy parece olvidado: la fortaleza no se proclama, se demuestra bajo fuego enemigo. No se defiende una plaza con discursos inflamados ni con informes bien encuadernados, sino con disciplina, previsión y una voluntad que no se rinda cuando todo invita a hacerlo.
Blas de Lezo y Olavarrieta (1689–1741), vasco de Pasajes, a los 15 años ya combatía en la Guerra de Sucesión Española.
A los 17 perdió la pierna izquierda en la batalla de Vélez-Málaga; poco después, en Tolón, un cañonazo le inutilizó el ojo izquierdo, y en el sitio de Barcelona de 1714 quedó con el brazo derecho prácticamente inservible.
Medio hombre en apariencia; almirante entero en combate. Por algo los ingleses lo bautizaron -con respeto y temor- como “Half Man”.
Cuando en 1741 la mayor flota que jamás había cruzado el Atlántico hasta entonces -más de 180 barcos británicos y unos 25.000 hombres- al mando del almirante Edward Vernon– se presentó ante Cartagena de Indias, muchos daban la plaza por perdida antes del primer disparo. Frente a ella, Lezo disponía de apenas unos 3.000 defensores y seis navíos de línea.
Lo que siguió debería estudiarse más y olvidarse menos.
Lezo compensó la inferioridad con una defensa en profundidad. Hundió barcos para cerrar accesos, escalonó las fortificaciones y obligó al enemigo a avanzar bajo fuego cruzado.
El asalto decisivo británico contra el castillo de San Felipe de Barajas fracasó tras un ataque mal coordinado y con tropas ya muy castigadas por el combate y las enfermedades tropicales. Murieron alrededor de 800 soldados ingleses; los heridos superaron los 1.500.
En mayo de 1741, Vernon se retiró con miles de bajas. La operación terminó en una de las derrotas más serias de la historia naval británica y consolidó la reputación de Lezo como un comandante capaz de convertir la inferioridad en ventaja estratégica.
Hoy, sin embargo, abundan los estrategas que pretenden ganar batallas sin haber pisado nunca una cubierta bajo fuego. Se habla mucho de resiliencia -palabra elegante pero que no soporto- y poco de aguante, concepto que duele más pero explica mejor las victorias reales.
En estos tiempos de ruido constante, haría bien más de un dirigente político en pasar menos horas frente al espejo mediático y más estudiando cartas de navegación.
Porque el enemigo -sea crisis económica, paro juvenil, escasez de viviendas, desorden institucional o simple incompetencia- no avisa con cortesía ni concede prórrogas.
La lección, en el fondo, es incómodamente simple. Las naciones, como los navíos, no se hunden por la tempestad exterior, sino por las vías de agua que se toleran dentro.
Y de esas, me temo, navegamos en España con demasiadas.

Porque conviene no engañarse. Cartagena de Indias no se salvó por inspiración súbita ni por discursos bien timbrados. Se salvó porque, cuando llegó la hora incómoda, hubo quien supo mandar y quien supo aguantar.
Blas de Lezo Hizo lo que tenía que hacer en el momento en que tocaba hacerlo. Y bastó.
Cuando Vernon ordenó la retirada, no solo se alejaba una flota maltrecha; se disipaba también esa vieja ilusión -tan recurrente en todas las épocas- de que la superioridad numérica sustituye al carácter. El mar, como la Historia, rara vez concede ese consuelo.
La lección quedó escrita con la claridad brutal de la pólvora: la superioridad impresiona; el carácter decide.
Blas de Lezo moriría pocos meses después, sin estatuas inmediatas ni celebraciones ruidosas. No dejó frases para la posteridad ni buscó coartadas.
No le hicieron falta. Hay victorias que no necesitan mármol ni bronce porque se sostienen solas en la memoria larga de los hechos.
Convendría recordarlo hoy, cuando abundan estrategas de tribuna y escasean quienes entienden que gobernar -como combatir- consiste, sobre todo, en resistir cuando el viento se vuelve en contra y la pólvora empieza a faltar.
Porque, al final, las naciones no se pierden el día en que llega la gran flota enemiga.
Se pierden mucho antes, cuando los dirigentes olvidan cómo, por y para qué se gobierna.
Hoy convendría releer aquella jornada sin folclore y sin excusas, sin consuelos fáciles. Porque los problemas que tenemos delante, los de verdad, tampoco se resolverán con ruido, ni con gestos de salón, ni con resiliencias de escaparate.
Pero tampoco estamos condenados.
La historia española -cuando se la mira sin complejos- nos enseña algo incómodo y, a la vez, tranquilizador. Cuando este país decide tomarse en serio la realidad, suele llegar más lejos de lo que muchos pronostican.
La condición es la de siempre. Menos ruido y más Lezo.