Opinión | El pulso de Irán: Por qué Trump quiere salir y Teherán no le dejará hacerlo… gratis

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington y consultor internacional, explica por qué la narrativa de victoria de Trump no resiste el tablero real: cuatro promesas de «Epic Fury», cuatro desmentidas en doce días. Foto: Generada digitalmente.

13 / 03 / 2026 05:41

En esta noticia se habla de:

«Cualquier tiempo que yo quiera que acabe, acabará». Donald Trump, entrevista con Axios, 11 de marzo de 2026.

Hay momentos en que una frase revela más sobre quien la pronuncia que sobre la realidad que pretende describir.

El 11 de marzo de 2026, dos semanas después del inicio de la Operación «Epic Fury», Donald Trump concedió una breve entrevista telefónica a Axios y sentenció que en Irán no queda «prácticamente nada que atacar».

Añadió, con la grandilocuencia que le caracteriza, que la guerra iba «fantásticamente».

Mientras Trump hablaba, Teherán enviaba su octava oleada de misiles balísticos sobre el centro de Israel en menos de veinticuatro horas.

El Estrecho de Ormuz seguía siendo un campo minado metafórico —y pronto, quizás, literal—.

Y Hezbolá intensificaba sus lanzamientos de cohetes y drones desde el Líbano con un ritmo que los propios servicios de inteligencia israelíes calificaban de creciente.

El realismo tiene la descortés costumbre de no aguardar a que el marketing político termine su turno.

El hombre que quiere acabar la guerra que empezó

Trump lanzó la Operación «Epic Fury» el 28 de febrero de 2026 con un «timetable» de entre cuatro y seis semanas.

La retórica inaugural prometía cambio de régimen, supervisión personal del próximo líder iraní y rendición incondicional de Teherán.

Doce días después, el mismo presidente que fijaba esas condiciones declaraba que el final llegaría «pronto» porque ya no había objetivos que batir.

La contradicción no es anecdótica: es estructural.

El análisis del Middle East Institute Hussein Ibish lo formuló con precisión quirúrgica: la estrategia de Trump consiste en bombardear y destruir activos, luego declarar victoria, y después averiguar qué ha ganado exactamente.

Un día exige cambio de régimen; al siguiente dice que no le importa el futuro de Irán.

Un día quiere aprobar personalmente al nuevo líder iraní —como hizo en Venezuela—; al siguiente, el Consejo de Liderazgo Interino elige al hijo del ayatolá, Mojtaba Jamenei, precisamente el candidato que Trump había declarado inaceptable, y el presidente de los Estados Unidos no dice nada.

La prisa por salir tiene su lógica electoral.

Con 140 militares heridos, siete muertos y la embajada en Kuwait cerrada, las encuestas internas del Partido Republicano empiezan a incomodar.

Los mercados fluctúan. El precio del petróleo presiona la inflación.

Y la coalición MAGA está fracturada entre los que aplauden el ataque a Irán y los que denuncian una traición al mantra America First.

Para Trump, un final rápido —incluso fabricado— tiene mucho más valor político que la continuación de un conflicto cuyo coste roza los 900 millones de dólares diarios según el Center for Strategic and International Studies.

Irán no es Venezuela: la resurrección del régimen

La premisa de «Epic Fury» era que la decapitación del régimen —la muerte de Jamenei en el primer ataque, seguida de la eliminación sistemática de las cúpulas del CGRI y la arquitectura nuclear— produciría el colapso del sistema.

No ha sido así.

El 8 de marzo, apenas diez días después del inicio de las operaciones, Irán elegía nuevo líder supremo: Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá asesinado.

El CGRI, el presidente Pezeshkian, el poderoso Larijani y el propio Qalibaf le juraban lealtad en un acto retransmitido al mundo.

El régimen islámico mandaba un mensaje inequívoco: estamos aquí.

Lo que la propaganda occidental presentaba como el «momento de verdad» para el pueblo iraní se ha convertido, al menos de momento, en un factor de cohesión interna.

La narrativa del agresor exterior que arrasa hospitales, escuelas —incluida una en Minab con cerca de 175 estudiantes muertas, según la investigación preliminar del propio Ejército americano— y patrimonio de la humanidad como el Palacio Golestán, no favorece precisamente la sublevación popular que Washington y Tel Aviv esperaban.

Irán no es Venezuela. Su aparato de estado profundo, construido durante cuatro décadas por el CGRI, no se evapora bajo las bombas.

El régimen, además, ha demostrado una capacidad de fuego que las proyecciones occidentales habían subestimado sistemáticamente.

Más de 162 misiles lanzados contra Israel, 167 contra los Emiratos, 46 contra Qatar en las primeras jornadas, golpes a la embajada estadounidense en Kuwait, ataques al aeropuerto de Dubái, drones alcanzando instalaciones en Bahréin, Arabia Saudí y Jordania.

Una respuesta que ha obligado a los propios vecinos árabes —que facilitaron el tránsito aéreo a los atacantes— a sufrir las consecuencias de haber jugado a dos barajas.

Los proxies que no estaban noquados

Uno de los pilares narrativos de la coalición atacante era que el «Eje de la Resistencia» había sido vaciado de capacidad operativa en los conflictos precedentes.

La realidad de las primeras dos semanas de «Epic Fury» ofrece una lectura bastante más incómoda.

Hezbolá, que según los titulares occidentales había sido «decapitado» tras el asesinato de Nasrala en septiembre de 2024, reconstituyó su mando bajo el secretario general Naim Qassem y se incorporó al conflicto el 2 de marzo con un ataque coordinado de cohetes y drones contra el norte de Israel.

La estimación filtrada por el canal 12 israelí en los primeros días del conflicto le atribuía todavía unos 1.000 drones, 3.000 combatientes operativos y alrededor de 25.000 misiles.

Israel ha respondido con una invasión terrestre en el sur del Líbano, con la 91ª División cruzando la frontera para establecer lo que Katz llama «una capa de seguridad». Netanyahu promete «muchas sorpresas» en la próxima fase. Smotrich amenaza con convertir zonas de Líbano en otro Gaza.

En Iraq, Kataib Hezbolá y otras facciones de las Fuerzas de Movilización Popular anunciaron su disposición a atacar bases americanas horas después del inicio de «Epic Fury».

En Yemen, los Houthis —presentados como prácticamente irrelevantes tras las operaciones estadounidenses de 2025— han mostrado una disciplina calculada: sin disparar todavía sus misiles de largo alcance, mantienen la amenaza sobre el Mar Rojo como moneda de negociación.

Su líder, Abdul-Malik al-Houthi, declaró que «las manos están en el gatillo siempre que los desarrollos lo requieran».

El Instituto Stimson los califica hoy como el «proxy» iraní más resistente. Un «proxy» que, conviene recordar, sobrevivió años de bombardeos de la coalición liderada por Arabia Saudí.

El Small Wars Journal lo formuló con descarnada precisión: la Operación «Epic Fury» ha destruido infraestructura nuclear e impactado el mando convencional iraní.

Lo que no ha destruido —y ninguna campaña aérea puede destruir— es la arquitectura de proxies distribuidos que Irán ha construido durante cuatro décadas, diseñada específicamente para sobrevivir a la decapitación del centro. Se bombardeó el objetivo equivocado.

El inventario de las falsedades

Hay algo profundamente irónico en que los países que llevan años predicando sobre «fake news» y desinformación sean los mismos que han construido una narrativa del conflicto iraní a base de afirmaciones que el tablero geopolítico va desmintiendo, con paciencia casi didáctica, una por una.

Primera afirmación desmentida: que la operación tomaría cuatro semanas y produciría un colapso del régimen. Van doce días y el régimen ha elegido nuevo líder supremo.

Segunda afirmación desmentida: que la capacidad de fuego iraní quedaría neutralizada en las primeras horas. El octavo ataque balístico sobre el centro de Israel se produjo mientras Trump declaraba a Axios que no quedaba nada que atacar.

Tercera afirmación desmentida: que los «proxies» habían sido reducidos a la irrelevancia. Hezbolá opera en el Líbano con suficiente músculo como para obligar a Israel a una segunda invasión terrestre. Los Houthis no han disparado aún, pero su mera amenaza sobre el Estrecho de Bab el-Mandeb es suficiente para mantener en jaque el comercio marítimo global.

Cuarta afirmación desmentida: que el pueblo iraní derrocaría al régimen en cuanto viera aparecer los aviones aliados. La movilización popular en Teherán ha tenido hasta ahora un componente significativo de resistencia ante la agresión exterior, no de sublevación contra el poder islámico.

El New York Times publicaba que Trump y sus asesores habían «malinterpretado cómo respondería Irán a un conflicto que Teherán vive como una amenaza existencial».

La FDD y el Atlantic Council, instituciones poco sospechosas de simpatía hacia Teherán, reconocen en sus análisis que la arquitectura de «proxies» diseñada por el CGRI está siendo más resistente de lo calculado.

Hegseth, el secretario de Defensa, admitió ante la prensa que la respuesta iraní «no fue exactamente como la anticipamos, aunque sabíamos que era posible».

La honestidad se agradece, aunque tarde doce días en llegar.

Netanyahu: cuando el aliado tiene su propia hoja de ruta

Si Trump quiere salir, Netanyahu quiere quedarse. Y esa asimetría de objetivos es el segundo eje de tensión que está configurando el conflicto.

El Carnegie Endowment for International Peace lo formuló con elegante neutralidad: Trump preferiría un régimen iraní más «dócil» que uno completamente nuevo, mientras que Netanyahu va a por el colapso total.

El primer ministro israelí lleva años esperando este momento. Ha instruido al Ejército para que ocupe posiciones adicionales en territorio libanés.

Ha ordenado la invasión terrestre del sur del Líbano con el objetivo declarado de crear una zona de seguridad hasta el río Litani.

Ha prometido «muchas sorpresas».

Y Smotrich, su ministro de Finanzas, amenaza públicamente con la doctrina Gaza para el Líbano. El gobierno israelí ha destinado ya decenas de miles de millones de séqueles al esfuerzo bélico, forzando la paralización de la polémica ley de exención militar para los jaredíes.

Nada de esto está en el guión de Trump. Un senior oficial estadounidense filtró al Washington Post su preocupación porque Israel esté siendo «arrastrado al pantano» libanés.

Rubio, visiblemente incómodo, insiste en que Washington «no planea grandes operaciones terrestres» en Líbano.

Trump declaró que la decisión de cuándo acabar la guerra sería «mutua» con Netanyahu.

Pero los dos socios tienen intereses estructuralmente distintos: Trump necesita una victoria para las «midterms» de noviembre; Netanyahu necesita una transformación permanente del mapa estratégico de Oriente Medio, cueste lo que cueste y dure lo que dure.

La historia de las alianzas asimétricas enseña que el socio que tiene más que perder con el fracaso acaba imponiendo el ritmo. En este caso, ese socio no es Washington.

Nuestro vaticinio

Todo apunta a que las próximas semanas van a defraudar tanto a quienes esperan un final limpio como a quienes aguardan el colapso del régimen islámico.

Irán no ganará esta guerra en el sentido convencional del término: no expulsará a los atacantes ni recuperará el terreno perdido.

Pero ha demostrado ya que puede absorber el golpe más brutal de su historia sin rendirse ni desintegrarse, que su capacidad de fuego no está en jaque real, y que su red de «proxies» —presentada como desmantelada— tiene suficiente vida propia como para seguir generando fricciones.

La victoria estratégica de Irán, como hemos argumentado en columnas anteriores, no requiere triunfar: requiere sobrevivir.

Trump necesitará construir una narrativa de salida.

Ya está trabajando en ella: «prácticamente nada que atacar», «fantásticamente», «antes del timetable previsto».

Ese relato chocará con la evidencia del Estrecho de Ormuz, donde los buques siguen sin pasar con normalidad, con el precio del petróleo, con los mercados, y sobre todo con Netanyahu, que no tiene ninguna prisa.

El problema de fabricar victorias es que la realidad tiene un departamento de verificación muy bien dotado.

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