Hoy me gustaría compartir uno de los muchos días de guardia en el turno de oficio, que tantos abogados y abogadas tenemos a las espaldas, pero que resultó especialmente gracioso y en el que relato lo que me pasó en una de las designaciones.
El turno de oficio es lo que tiene, que te puede caer cualquier cosa, de lo más insospechado.
Día de guardia y esta noche no he tenido que salir a ninguna comisaría.
Mientras estoy haciéndome el café, a las ocho en punto, suena el teléfono.
Un bolígrafo, un folio de papel, cojo el móvil y “hola, buenos días Lourdes, es para darle una asistencia para la comisaría de Huertas, por un robo con butrón”.
Se me abren los ojos, ¿qué oigo?, ¿un butrón?, parece interesante, ¿qué será?, ¿un robo en una joyería?, ¿una sucursal de banco?, ¿un establecimiento de compro oro? Estaba inquieta por saber de qué se trataba.
Se oía el café ya borboteando en la cafetera y me puse corriendo un vaso con un poco de leche fría para salir cuanto antes. Estaba expectante, no hacía más que repetir en mi cabeza, un butrón, una joyería…
Salí de casa con mi cartera y todos los “aperos del turno de oficio”, sin saber cuándo iba a volver a casa, ya sabemos que a veces se alargan las guardias.
‘Encajao’ en el butrón a una tienda de chinos
En un buen rato, y tras los correspondientes atascos de este nuestro querido Madrid, llego a la comisaría, me identifico y tras unos minutos de espera, viene un policía.
– ¿Es Vd. la letrada de oficio que viene a asistir a Manuel? Pase.
Yo le seguía a marchas forzadas, porque el policía tenía un paso que duplicaba el mío y, entre bajar escaleras y zigzaguear por los pasillos de la comisaría, casi me pareció que hacía un maratón. Pero no importaba, en breve iba a salir de dudas. El policía me dice:
– Le voy informando, es un robo con un butrón en una tienda de unos chinos, hay daños en la tienda …
¡Ehhhh! ¿Cómo que en una tienda de unos chinos? Pero, ¿dónde está la joyería? ¿Dónde está la sucursal de banco?… En serio, ¿una tienda de chinos?
Estaba un tanto descolocada, porque no me encajaba esto de hacer un butrón para robar en una tienda de los chinos.
Aparece Manuel, un chaval de poco más de 18 años, con cara de haberse despertado hace dos minutos, el pelo alborotado, bostezando y estirándose como si estuviera solo en su casa.
– Hola Manuel, soy tu abogada de oficio. ¿Qué tal estás?
– Pues jodido, tía, que estaba ‘to dormío’, pero ‘to dormío’, porque me ha ‘costao’ un huevo dormirme y me han ‘despertao’ de malas maneras y ni me han ‘dao’ desayuno ‘ni na’.
– Bueno Manuel, luego ya te darán algo. Mira, ahora me tienes que comentar el motivo por el que te han detenido, porque me han dicho que has entrado con otras personas en una tienda de un chino, haciendo un butrón en el portal, así que explícame qué es lo que ha pasado.
– Pues eso, que hicimos un butrón en el portal ‘pa’ robar en los chinos y, cuando estábamos dentro, escuchamos a la policía, salimos ‘tos’ corriendo y, cuando estábamos saliendo, a mí me pillaron ‘encajao’ en el butrón, que me quedé ahí ‘enganchao’ y ‘na más’, y a mis colegas les pillaron saliendo del portal. Una cagada, tía, una cagada.
– Vale Manuel, ¿y tú te llevabas algo o tus amigos se llevaban algo de la tienda?
– Qué va, tía, que no nos dio tiempo a na. Fue to mu rápido, que no nos dio tiempo más que a decir, hostias que ya está la poli.
– Bueno Manuel. Ahora lo más adecuado es que no declares, porque no tenemos copia del atestado ni de lo que hayan declarado los dueños de la tienda, y necesito ver el atestado con detalle y …
– No, no, si yo no declaro ‘na’. Yo en el ‘juzgao’, aquí no pienso decir ‘na de na’, vamos ni los buenos días. Y mis colegas tampoco van a declarar, que cuanto antes nos pasen ‘pal juzgao’ mejor y a ver si me dan algo ‘pa’ desayunar porque vaya mierda de bocata que me dieron anoche, ¡qué hambre pasé!. Oye, ¿y tú cómo lo ves?, ¿nos pondrán en libertad, verdad?, que total no nos hemos ‘llevao na’.
Tras un ratito más de conversación, en la que Manuel no paraba de bostezar y de pasarse la mano por los ojos para intentar que permanecieran abiertos, confeccionó el policía el oportuno documento de que no declaraba, y cada mochuelo a su olivo, Manuel para el calabozo y yo para la siguiente asistencia.
Al día siguiente, ya en los juzgados de Plaza de Castilla, fui a pedir el atestado para ver con detalle el que ya no era un sofisticado y preparado robo con glamour a una joyería o a un banco, sino a una tienda de chinos, pero esta vez me acompañan dos futuros abogados que estaban haciendo prácticas en mi despacho.
Dos hombretones, ya talluditos, que con una edad un poco tardía habían decidido dedicarse a esto de la abogacía. Mira tú que les decía que se lo pensaran, pero parece que les gusta esto de defender a la gente.
Mientras vamos a Plaza de Castilla, les voy contando los asuntos que han salido en la guardia, el robo con butrón, unas lesiones, una alcoholemia y un par de cositas más, un variadito.
Llegamos a los calabozos. Un lugar en los sótanos de los juzgados, que vengo visitando desde hace ya casi 40 años y que ha cambiado muy poquito.
Un olor especial, no sabría definirlo, sobre todo cuando pasan los carritos con los bocatas, y un olor más especial todavía cuando pasas a esos locutorios “minimalistas”, en donde parece que se reconcentra la humanidad.
Toco el timbre en la entrada y suena el clack que abre el cerrojo de la puerta metálica. Ahora ha cambiado un poco, ya que tenemos una salita de espera, en la que nos van llamando a través de una puerta que parece la consulta del médico de la Seguridad Social.
Giro a la izquierda y nos vamos a la zona en donde están las salas de los juzgados, los locutorios, los calabozos y una reja gorda con un cerrojo que nos separa de las estancias de los detenidos.
Aquí no hay rejas o puertas que abren y cierran eléctricamente, de forma suave y menos ruidosa; aquí todavía tenemos verjas de barrotes gordos, con cerrojos que abren y cierran puertas como si estuvieras en la antigua cárcel de Carabanchel.
La primera vez que entré en una cárcel
Hace ya unos cuantos años, estuve en la desaparecida cárcel de Carabanchel. No se me olvidará la primera vez que entré en la cárcel. El ruido de las puertas abriéndose delante de mí y cerrándose detrás me inquietaba.
Era muy joven, estaba aprendiendo esta profesión y esa sensación no se me ha olvidado. Se me vino a la mente una película de Alcatraz.
Volviendo a mi Manuel y a su butrón. Tengo por fin el atestado en la mano y lo empiezo a leer para saber exactamente qué es lo que ha pasado.
Y efectivamente, Manuel y sus “colegas” entendieron que la mejor forma para entrar en la tienda era hacer un butrón en el portal, vamos, que a las bravas. Y parece que no fueron especialmente cuidadosos y silenciosos a la hora de hacer el butrón, dada la inmediatez en que llegó la policía.
Sigo leyendo el atestado y cuando llego a la parte: “objetos sustraídos”, se me abren los ojos como platos y leo: “bolsas de chuches”.
Cómo? ¿Que he pasado en imaginación de un butrón para robar una joyería a un butrón en una tienda de chinos, y de un botín de joyas a unas bolsas de chuches? «¿Really?».
Se me ha debido pasar algo por alto. Tiene que haber algo más. ¿Cómo se van a llevar solo chuches? Vuelvo al principio de las diligencias y no, confirmado el botín, solo se han llevado chuches, vamos que ni se han llevado la caja registradora.
Cuando termino de leer las diligencias, pido al funcionario que me saque a Manuel del calabozo para hablar con él y me explique esto de que el gran botín ha sido unas bolsas de ositos de gominola.
Paso a los locutorios y le espero.
Entrar en los locutorios es como volver a los años 60. Son unos cuartuchos de menos de un metro cuadrado, con un cristal con agujeros para poder hablar y escuchar a través de ellos, en los que, a gritos, tenemos que comunicarnos con los detenidos, haciendo una especie de genuflexión para que la boca esté a la altura de los agujeros y así poder entender algo, con el griterío que suele haber cuando están todos con gente.
Nos metemos los tres y aquello parecía el camarote de los hermanos Marx. Que tú échate para un lado, que yo me pego al cristal, abre la puerta que no cabemos, lo dicho, el camarote de los hermanos Marx.
Tuvimos que dejar la puerta abierta y hacer un esfuerzo para no movernos porque temíamos quedarnos encajados. Un espectáculo que, si cualquiera nos hubiera visto y, como hubiera dicho el cliente, “se escojona de risa”.
La noticia iba a ser muy simpática: “Tres abogados se quedan aprisionados en los locutorios de los calabozos de Plaza de Castilla. Los bomberos han tenido que rescatar a los tres letrados, tirando los tabiques. El rescate ha sido satisfactorio y ninguno de ellos ha sufrido lesiones».
Vamos, para salir en las noticias.
Y aquí llega Manuel, un poquito más espabilado que ayer, el pelo igual de alborotado y con una cara de felicidad que no entendía. Venía medio riéndose, porque sus “colegas” de robo también estaban esperando en los locutorios para hablar con sus abogados y estaban entre ellos haciéndose bromas.
– Hola Manuel. ¿Qué tal estás?
– Bien, bien. Aquí, con los colegas.
– Mira Manuel … (le tengo que decir que atienda porque estaba más pendiente de quitarse a los amigos de encima y de esquivar las collejas que le daban que de atender a lo que quería decirle)… Manuel, atiende, que tenemos que pasar a declarar y nos van a llamar enseguida. He visto el atestado y pone que os llevasteis chuches, que lo que os ocuparon eran bolsas de chuches …
– Bueno sí, es que como tuvimos que salir pitando, pues de camino nos llevamos unas bolsas de chuches, yo qué sé, las vimos, y por la tontería de llevarnos algo.
– Vale, vale. ¿Solo eso?
– Sí, tía, solo eso, las chuches, si es que no nos dio tiempo «a na».
Pues nada, confirmado, el robo con butrón terminó en un alijo de chuches. En vez de un robo a una joyería, con un botín de oro y piedras preciosas, me he encontrado con un robo a una tienda de chinos con un abultado botín de ositos de gominola.
Los compinches del robo butronero se metieron en el locutorio junto con Manuel y, entre carcajadas, veo que salen todos corriendo, incluido Manuel. Me quedo mirándole, con cara de pero ¿qué está pasando?, y entra de nuevo Manuel,
– Tía, que se ha «tirao» un pedo, joderrrrr.
No daba crédito. Hasta a mí se me escapó una risa.
Entramos en el juzgado y la jueza comienza a informar a Manuel de los hechos.
– Mire, a Vd. se le ha detenido por un robo con fuerza, tras realizar un butrón y entrar en una tienda. En el momento de su detención se le ocuparon…. (la jueza se calla, me mira y sigue leyendo) unas bolsas de chuches.
La jueza en ese momento me mira de nuevo y dice: «¿unas bolsas de chuches?».
– Sí, Señoría, unas bolsas de chuches.
No pude decir más.
La juez miró a la fiscal, la fiscal me miró a mí, creo que tratando de corroborar que no había error en el atestado. Mientras tanto Manuel esgrimía una sonrisa, sentado en la silla, dando la sensación de que aquello había sido una simple travesura.
Hubo unos segundos de silencio, en los que yo creo que no sabíamos si reírnos o si decirle a Manuel que cómo se le ocurre hacer un butrón para llevarse unas chuches.
La jueza continuó con la diligencia y a Manuel le puso en libertad.
Desde entonces, no he vuelto a saber nada más de él y ahí acabó el robo más poco glamuroso que he tenido.