Opinión | El miedo como método: cuando la potencia abierta empieza a gobernar por recelo

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, sostiene que la retirada de un modelo de inteligencia artificial por razones de seguridad nacional refleja un cambio profundo en la forma de ejercer el poder estadounidense: de la apertura y la difusión de tecnología al control y la restricción de acceso. La ilustración simboliza esa transformación mediante una Estatua de la Libertad encerrada tras unos barrotes.

14 / 06 / 2026 05:42

«Lo único que debemos temer es el miedo mismo»Franklin D. Roosevelt, primer discurso inaugural, 4 de marzo de 1933.

Eran las cinco y veintiún minutos de la tarde, hora de Washington, cuando llegó la carta. Una sola página. Ninguna explicación. Invocaba la autoridad del Estado en materia de seguridad nacional y ordenaba lo que horas después se haría efectivo: desconectar un producto que usaban cientos de millones de personas en el mundo.

No un arma, no un reactor, no una lista de objetivos militares: un modelo comercial de inteligencia artificial, Fable, de una empresa estadounidense, retirado por mandato del propio Gobierno estadounidense.

La compañía cumplió esa misma noche. Y pidió, con educación, lo único que no le habían dado: las razones.

La escena tiene algo de inverosímil y, sin embargo, es la radiografía más nítida de un cambio profundo. La potencia más poderosa de la Tierra, la que durante 80 años fue sinónimo de apertura, confianza y proyección, fulminando por fíat —sin proceso, sin detalle, sin umbral público— a su propio campeón tecnológico, por temor a lo que ese campeón pudiera, quizá, llegar a hacer.

No es un episodio menor de política industrial.

Es un síntoma. Y conviene leerlo como tal.

El reverso de una vieja imagen: la potencia que difundía

Hubo una América que proyectaba poder abriéndose. No es nostalgia: es historia documentada.

El sistema de posicionamiento global, el GPS, se diseñó para uso militar y se entregó al mundo entero, gratis, hasta convertirse en la infraestructura invisible sobre la que hoy se mueve medio planeta.

La arquitectura abierta de internet —protocolos que cualquiera podía adoptar sin pedir permiso— nació de laboratorios y universidades financiados por el Pentágono y se difundió precisamente porque nadie la cerró con llave.

El dólar se hizo moneda del mundo no por imposición, sino porque resultaba más cómodo confiar en él que en cualquier alternativa.

Y el modelo americano —sus universidades, su ciencia, su cultura— se exportó por atracción, no por decreto.

«Montesquieu lo habría reconocido de inmediato: cuando el principio que mueve a un gobierno deja de ser la ley y pasa a ser el temor, no ha cambiado una política; ha cambiado una naturaleza».

No fue un rasgo aislado, sino una doctrina. El Plan Marshall proyectó influencia regalando reconstrucción; las instituciones de Bretton Woods fijaron las reglas del juego económico mundial y convencieron a los demás de jugar dentro de ellas; el orden multilateral de posguerra se sostuvo sobre una idea hoy casi exótica: que conviene atarse uno mismo las manos con normas para que los otros se aten las suyas.

Estados Unidos lideró no porque cerrara puertas, sino porque construyó la casa y dejó entrar.

Esa era la gramática del poder seguro de sí mismo: difundir, no acaparar; fijar el estándar dejando que otros lo adopten; convertir la propia apertura en ventaja.

Una potencia que confía en su superioridad no teme que el mundo use sus herramientas, porque sabe que seguirá yendo por delante.

La apertura no era candor: era cálculo. Y era, sobre todo, fortaleza. Quien se siente fuerte no teme compartir el plano del edificio.

Carrera advierte de que Washington está sustituyendo la lógica de la apertura por la del control estratégico. La imagen representa una puerta que se cierra sobre la red global de conocimiento y datos, símbolo de una potencia que convierte la interdependencia tecnológica en instrumento de poder. Foto: Confilegal.

Al poder no lo delata lo que teme, sino cómo reacciona

Comparemos esa imagen con la carta de las cinco y veintiuna. Según la propia empresa —y conviene subrayar que es parte interesada, a punto de salir a bolsa por una cifra astronómica—, la vulnerabilidad que motivó la orden era estrecha: un método para pedirle al modelo que leyese cierto código y corrigiese sus fallos, una capacidad que, sostiene Anthropic, está ya disponible en otros modelos del mercado —menciona a GPT-5.5— y que emplean a diario los técnicos que defienden los sistemas.

No un jailbreak universal capaz de desbloquear de par en par las capacidades peligrosas del modelo, sino una grieta menor entre las muchas que cualquier sistema arrastra.

No me corresponde, ni podría, certificar quién lleva razón sobre el fondo técnico. Pero hay algo que no requiere conocimientos de ingeniería para juzgarse, y es la proporción de la respuesta.

Una potencia confiada convive con una grieta estrecha mientras la vigila y la tapa; una potencia temerosa retira el producto entero del mercado mundial.

Lo que delata el estado de ánimo de un poder no es aquello que teme —todos los Estados temen algo—, sino cómo reacciona ante el temor. Y la reacción, aquí, ha sido la del recelo: desproporción, urgencia, opacidad.

Una orden de una línea, a última hora de la tarde, sin los hechos técnicos que la sostendrían. El gesto de quien no se detiene a explicar porque, en el fondo, tiene prisa por cerrar.

Hay un detalle de la orden que muestra hasta qué punto el recelo ha desbordado la mesura. La directiva no se limita a apagar el modelo: prohíbe el acceso a cualquier extranjero, esté donde esté, incluso dentro de los propios Estados Unidos, incluidos los empleados de pasaporte extranjero de la propia compañía.

Es decir, trata a un ingeniero no estadounidense sentado a su mesa en California como un riesgo de exportación. La lógica del cuello de botella, llevada a ese grado de detalle, deja de proteger fronteras para vigilar despachos.

Y hay una ironía que no conviene callar: a comienzos de este mismo junio, esa misma empresa había saludado públicamente la orden ejecutiva con la que la Casa Blanca reclamaba acceso anticipado a los modelos frontera, y se había ofrecido a colaborar.

Quien ayudó a entregar al Estado la llave descubre ahora que la llave también abre su propia puerta.

El cerrojo: cuando la interdependencia se vuelve arma

Para entender el gesto hay que nombrar el mecanismo. Hace unos años, dos politólogos —Henry Farrell y Abraham Newman— describieron con precisión lo que ocurría en las tripas de la globalización.

Las redes que tejen el mundo —las finanzas, los datos, los semiconductores— no son planas: tienen nudos, puntos por los que pasa casi todo.

Y el Estado que se sienta sobre uno de esos nudos puede hacer dos cosas.

Puede mirar lo que circula —el efecto panóptico— o puede cerrar el paso —el efecto chokepoint, el cuello de botella—.

A esa conversión de la interdependencia económica en palanca coactiva la llamaron interdependencia armada. Y describe, mejor que ningún tratado, la política exterior estadounidense de la última década.

El instrumento más visible de esa lógica ha sido el propio dólar: el acceso al sistema financiero internacional, canalizado por redes como SWIFT, se convirtió en arma capaz de expulsar a un país entero de la economía mundial.

Pero hay un matiz que da vértigo. La misma red abierta que en la imagen luminosa de hace ochenta años difundía libertad es, vista desde el nudo, un puesto de observación perfecto.

El internet abierto y el panóptico no son dos redes distintas: son la misma red mirada con dos estados de ánimo. La diferencia entre la potencia que difunde y la que vigila no está en la infraestructura. Está en quién la gobierna, y con cuánto miedo.

Porque este instinto —conviene decirlo con todas las letras— no nació con Donald Trump. El efecto panóptico lo conocimos en 2013, cuando las filtraciones de Snowden revelaron hasta dónde llegaba la capacidad de mirar de quien controla los nudos de la red; viví de cerca, como ya conté en estas páginas, las negociaciones que aquello obligó a abrir entre Washington y Bruselas.

El efecto cuello de botella se institucionalizó en octubre de 2022, cuando la Administración Biden cerró a China el acceso a los chips avanzados.

Siguió la orden sobre inversiones de 2023 y culminó en enero de 2025 con una regla que, por primera vez, trató los pesos de los modelos de inteligencia artificial como mercancía de exportación controlada.

La lógica del cerrojo es bipartidista, anterior a Trump, y llevaba años en marcha.

La novedad de la carta de las cinco y veintiuna no es, pues, el cerrojo. Es hacia dónde apunta.

Durante una década, el cuello de botella se usó hacia fuera: contra el rival, para negarle el acceso. Ahora, por primera vez, el Estado lo gira hacia dentro y lo cierra sobre un producto de una empresa propia, ofrecido a sus propios ciudadanos y a los del mundo entero.

El mismo Gobierno que durante 18 meses repitió que la inteligencia artificial debía correr libre echa el cerrojo a uno de sus modelos más capaces. No es regulación: es miedo con forma de directiva.

El miedo, más que la confianza, está empezando a marcar la forma en que las grandes potencias ejercen su poder en la era de la inteligencia artificial y la interdependencia global. Foto: Confilegal.

La diferencia de Trump: del procedimiento al fíat

Y aquí, para el jurista, está lo decisivo. Porque entre el cerrojo de 2022 y el de hoy hay una diferencia que no es de grado, sino de naturaleza, y que se aprecia no en el fondo, sino en la forma.

Los controles de Biden, gusten o no, fueron actos administrativos reglados: se publicaron en el registro federal, se sometieron a períodos de alegaciones, definieron umbrales técnicos conocidos, dejaron rastro y permitieron impugnación.

Eran ejercicio de poder, sí, pero poder encauzado por procedimiento. Poder que se deja ver y que, por dejarse ver, se deja también discutir.

La carta de las cinco y veintiuna es lo contrario: una orden sin proceso, sin umbral publicado, sin los hechos en que se apoya.

Tan consciente es la propia empresa de esa carencia que ha reclamado en voz alta lo que faltaba: un procedimiento estatutario transparente, justo, claro y anclado en hechos técnicos.

Repárese en la paradoja: es la parte sometida al poder quien le recuerda al Estado las reglas que el Estado debería imponerse a sí mismo.

«Una potencia que se siente segura difunde, atrae, deja que el mundo use sus herramientas. Una potencia que ha empezado a tener miedo acapara, vigila y, llegado el caso, echa el cerrojo a su propia puerta».

Cuando el regulado tiene que pedirle al regulador que actúe conforme a Derecho, algo se ha invertido en el orden de las cosas.

Esa es, a mi juicio, la verdadera marca de Trump, y la razón por la que cabe decir que él no inició este declive pero es el presidente que mejor lo afirma y lo consolida.

El miedo venía de antes; el cerrojo venía de antes. Lo que Trump aporta es despojar al gesto de su ropaje de legalidad. Donde antes había una regla publicada, ahora hay una carta a deshora. Donde antes había umbral técnico, ahora hay decisión discrecional.

El poder no se ha vuelto más fuerte: se ha vuelto más desnudo. Montesquieu lo habría reconocido de inmediato: cuando el principio que mueve a un gobierno deja de ser la ley y pasa a ser el temor, no ha cambiado una política; ha cambiado una naturaleza.

Y no es solo una objeción de jurista. La arbitrariedad tiene un coste estratégico exacto. Una potencia cuyos actos pueden preverse y explicarse inspira confianza incluso en quien los sufre; sus compromisos valen porque sus reglas son conocidas y sus amenazas, creíbles.

Una potencia que decide a deshora, sin umbral ni motivación, enseña al mundo que con ella no cabe contar: ni los aliados saben qué esperar ni los rivales saben qué temer.

El poder imprevisible asusta un instante y se descuenta para siempre. Lo que se gana en contundencia inmediata se paga en credibilidad duradera, que es la única moneda con la que de verdad se compra influencia.

Hace unos meses sostuve, en esta misma serie, que el poder estructural de Estados Unidos permanecía intacto y que lo que declinaba no era ese poder, sino la coherencia con que se ejercía.

Mantengo el diagnóstico, pero hoy debo afinarlo. La incoherencia no es un accidente de carácter ni una torpeza de gestión: tiene una raíz, y la raíz es el miedo.

Una potencia que se siente segura difunde, atrae, deja que el mundo use sus herramientas. Una potencia que ha empezado a tener miedo acapara, vigila y, llegado el caso, echa el cerrojo a su propia puerta.

Lo más revelador es que el gesto temeroso es, además, contraproducente, y lo admiten los propios teóricos de la interdependencia armada: blandir el cuello de botella acelera la fragmentación que se pretendía evitar.

Cada vez que Washington cierra una llave, el resto del mundo —aliados incluidos— toma nota y empieza a fabricar las suyas.

La herramienta que hoy se censura tendrá equivalentes, según reconoce la propia industria americana, en cuestión de meses, y equivalentes abiertos de origen chino en año y medio.

El cerrojo no detiene el río: solo enseña a los demás a cavar otro cauce.

Roosevelt, en el peor momento del siglo americano, le dijo a su país que lo único que debía temer era el miedo mismo.

Era la voz de una potencia que, hundida en la Depresión, todavía confiaba en sí misma. Casi un siglo después, la misma nación retira del mundo su propia herramienta a las cinco y veintiuna de una tarde, sin dar razones, y lo llama seguridad.

No es seguridad. Es el miedo, por fin, convertido en método de gobierno.

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