Relato | Imperium Americanum (II). El orden imperial: Rusia, China, Europa, y la voz del archivero de Ginebra

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, es el autor de este relato distópico de dos capítulos ambientado en 2120 en el que del mundo ha desaparecido un concepto: La libertad. Foto: Generada digitalmente.

12 / 04 / 2026 05:41

«Los diversos modos de culto que prevalecían en el mundo romano eran considerados por el pueblo como igualmente verdaderos; por el filósofo, como igualmente falsos; y por el magistrado, como igualmente útiles» – Edward Gibbon, Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (1776).

En la primera entrega de esta crónica de ciencia ficción, un historiador imperial del año 2120 narró la fundación del Segundo Orden Americano: la alianza de los Dos Emperadores, la Guerra Fundacional contra Irán, la expansión del Gran Israel como estado número 51 de la Unión, la derrota de Turquía y la conquista del Ártico.

Lo que sigue es la segunda parte de esa historia que no ha ocurrido.

Todavía.

El Dragón Acorralado: la larga derrota de China

Queda por contar la historia del único rival que pudo haber detenido al imperio. China, la gran obsesión estratégica del siglo XXI, parecía destinada a disputar la hegemonía global.

En 2025, su economía era la segunda del mundo, su ejército el más numeroso, su ambición tecnológica la más audaz. La Ruta de la Seda recorría tres continentes.

Los analistas de entonces hablaban del «siglo asiático» como si fuera una certeza geológica.

Se equivocaban.

Pekín cometió el error que cometen todos los rivales de un imperio naciente: subestimar la velocidad de la transformación. Mientras China calculaba en décadas, el imperio actuaba en meses.

La Guerra de Irán, que Pekín observó inicialmente con satisfacción estratégica —compraba petróleo iraní a precio de saldo mientras Washington se desangraba—, cambió la ecuación de un modo que los estrategas del Zhongnanhai no previeron.

Cuando el imperio consolidó el control de todo el Golfo Pérsico y del estrecho de Ormuz, China descubrió que el 70 por ciento de su suministro energético pasaba por una garganta controlada por su adversario.

La Ruta de la Seda Marítima se convirtió, de la noche a la mañana, en una correa que Washington podía apretar a voluntad.

El estrangulamiento fue metódico. Primero, la guerra de semiconductores: el imperio amplió las restricciones tecnológicas hasta crear lo que los historiadores llaman el «Telón de Silicio», un bloqueo total de chips avanzados, software de diseño y equipos de litografía que paralizó la industria china de inteligencia artificial en su momento de mayor aceleración.

Después, la crisis de Taiwán de 2034: cuando Pekín ensayó un bloqueo naval de la isla, el imperio respondió con un despliegue de tres grupos de combate de portaaviones, la activación de la alianza AUKUS ampliada y un ultimátum de cuarenta y ocho horas que fue, en esencia, una repetición de la crisis de los misiles de Cuba con el resultado invertido.

China se retiró. Taiwán fue declarada «aliado permanente bajo protección estratégica imperial», un estatus que los taiwaneses aceptaron con más alivio que entusiasmo.

Lo que vino después no fue una guerra abierta. Fue algo peor: una asfixia lenta. El imperio no necesitaba invadir China. Le bastaba con cortarle el oxígeno.

Energía condicionada. Tecnología bloqueada. Mercados cerrados. Aliados regionales comprados uno a uno: Japón, Corea del Sur, Vietnam, Filipinas, India, Australia, todos integrados en el «Arco del Pacífico Imperial», un cinturón de bases y tratados que convirtió el Mar de China Meridional en un lago vigilado.

La Ruta de la Seda se marchitó: los países que debían ser clientes de Pekín descubrieron que era más seguro —y más rentable— ser vasallos de Washington.

El Tratado de Singapur de 2047 formalizó el nuevo orden asiático. China conservó su territorio, su gobierno y su bandera. Conservó incluso el derecho a llamarse potencia.

Pero aceptó lo que los documentos denominaron «coexistencia asimétrica»: renuncia a la proyección militar fuera de sus fronteras, apertura forzosa de sus mercados a las corporaciones imperiales, desmantelamiento de su programa espacial militar y aceptación de inspecciones de la Agencia Imperial de No Proliferación en sus instalaciones nucleares.

Los historiadores imperiales lo presentan como «la victoria sin batalla, el triunfo supremo del arte de la guerra», citando a Sun Tzu con esa ironía involuntaria que solo los imperios son capaces de producir.

En 2120, China es una potencia regional próspera pero contenida, como una fiera magnífica en un cercado amplio. Su economía produce lo que el imperio le permite producir. Su ejército defiende fronteras que el imperio ha trazado.

Sus ciudadanos viajan con visados que la embajada imperial en Pekín concede o deniega según criterios que nadie explica.

El Partido Comunista sigue en el poder, porque al imperio le conviene un interlocutor autoritario que mantenga el orden interno sin necesidad de guarniciones.

La vieja paradoja: el imperio más capitalista de la historia sostiene al último régimen comunista del planeta porque un dictador estable es más útil que una democracia impredecible.

El oso desollado: Rusia, la ironía suprema de la historia

De todas las ironías que jalonan la historia del imperio, ninguna es tan cruel como el destino de Rusia.

Durante años, medio mundo creyó que Donald Trump era un instrumento del Kremlin, un presidente manejado por Vladímir Putin mediante una combinación de chantaje y admiración mutua.

Los archivos desclasificados de la era republicana —accesibles todavía en la Biblioteca Clandestina de Ginebra— muestran informes de inteligencia, investigaciones del Congreso y miles de páginas de periodismo de investigación dedicados a demostrar la conexión Trump-Putin.

La historia se encargó de escribir un desenlace que ningún analista previó: el hombre al que acusaban de ser un agente ruso acabó presidiendo la destrucción de Rusia como potencia mundial.

Rusia se destruyó a sí misma antes de que el imperio tuviera que molestarse en hacerlo. La guerra de Ucrania, iniciada en 2022 con la ambición de reconstruir la esfera de influencia soviética, se convirtió en el Vietnam de Moscú: un pantano militar del que Putin no supo salir ni en vida.

Cuando el presidente ruso murió en 2031 —los historiadores imperiales dicen que de causas naturales; los archivos de Ginebra sugieren un golpe palaciego disfrazado de infarto—, dejó tras de sí un país desangrado: 200.000 soldados muertos en Ucrania, una economía reducida al tamaño de la de España, un ejército humillado y una élite oligárquica que llevaba años sacando su dinero a Londres, Dubái y Singapur.

Lo que siguió fue la balcanización que los geopolíticos habían temido durante décadas. Sin Putin, el centro no aguantó. Chechenia se independizó de facto en 2033. Tartaristán negoció una autonomía que era soberanía con otro nombre.

La Federación del Lejano Oriente Ruso, con capital en Vladivostok, se constituyó en 2035 bajo lo que los diplomáticos llamaron «influencia económica estabilizadora china» y que en la práctica significaba que Pekín administraba Siberia oriental como un depósito de materias primas —hasta que el propio Pekín fue acorralado y el imperio heredó la influencia—.

Lo que quedó de la Rusia nuclear fue una república menguante con capital en Moscú, gobernada por una sucesión de generales y tecnócratas que conservaban un arsenal atómico cada vez más difícil de mantener y un asiento en un Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que pronto dejaría de existir.

El imperio trató a Rusia con la misma mezcla de desprecio y pragmatismo con que Roma trató a la Grecia conquistada: reconociendo su grandeza cultural pretérita mientras la vaciaba de poder real.

El Acuerdo de Ankara de 2041 —firmado, no por casualidad, en la capital de la Turquía recién sometida— estableció el desarme nuclear progresivo de Rusia a cambio de garantías de integridad territorial que el imperio cumplió selectivamente.

El arsenal se redujo de 5.000 cabezas nucleares a 300, supervisadas por inspectores imperiales con sede permanente en los silos de Saratov.

Los historiadores imperiales lo llaman «el triunfo definitivo de la no proliferación». Los rusos lo llaman, cuando creen que nadie escucha, la segunda humillación: la primera fue 1991; la segunda, definitiva.

La ironía final merece ser subrayada. Trump, el supuesto títere de Putin, no solo no salvó a Rusia: la ignoró mientras se desmoronaba, concentrado en enemigos más rentables.

Putin, el supuesto titiritero, murió habiendo convertido a su país en exactamente lo que quería evitar: un estado irrelevante rodeado de potencias hostiles. La historia no tiene sentido del humor. Tiene algo peor: sentido de la justicia poética.

Pax Americana: Europa bajo la sombra del águila

Europa no fue conquistada. No hizo falta. Europa se rindió.

El proceso fue gradual y decoroso, como corresponde a un continente que siempre ha preferido la capitulación elegante a la resistencia incómoda.

Comenzó con la crisis energética de 2026-2027, cuando el cierre del estrecho de Ormuz reveló lo que todos sabían y nadie quería admitir: que Europa dependía del gas y del petróleo de regiones cuyo control estaba pasando íntegramente a manos del imperio.

La Unión Europea, que había declinado participar en la Operación Epic Fury con una mezcla de escrúpulos morales y cálculo económico, descubrió demasiado tarde que no participar en la guerra no la eximía de pagar sus consecuencias.

El Acuerdo de Reikiavik de 2032 —firmado, con calculada ironía imperial, en la ciudad donde Reagan y Gorbachov habían negociado el fin de la Guerra Fría— estableció el marco de la nueva relación.

Los historiadores lo llaman el «Protectorado Atlántico». Sus términos eran claros: acceso preferente europeo a la energía controlada por el imperio a cambio de alineamiento diplomático total, eliminación de toda capacidad militar autónoma, adopción del dólar imperial como moneda de reserva y aceptación de la jurisdicción de los tribunales imperiales en disputas comerciales.

La Unión Europea no se disolvió formalmente. Simplemente dejó de tomar decisiones que el imperio no hubiera aprobado previamente.

En 2120, los ciudadanos europeos viajan con pasaportes que llevan, junto al escudo de su país y la bandera de la Unión, un pequeño águila calva dorada en la esquina inferior derecha. Es el sello del Protectorado.

Los manuales imperiales lo llaman «símbolo de la familia atlántica». Los europeos más viejos lo llaman de otra manera, pero lo dicen en voz baja.

Las universidades europeas siguen funcionando, pero sus departamentos de relaciones internacionales enseñan exclusivamente la doctrina imperial.

La Sorbona ofrece un máster en «Estudios del Segundo Orden Americano».

Oxford conserva sus colleges medievales, pero su cátedra de Derecho Internacional fue suprimida en 2045 por enseñar conceptos considerados «incompatibles con el marco jurídico imperial», como la soberanía nacional, los crímenes de guerra y el principio de autodeterminación de los pueblos.

Dios y el imperio: la teología de la estrella y la cruz

Todo imperio necesita un dios. O, más precisamente, necesita una teología que explique por qué su poder no es un accidente de la historia sino una expresión de la voluntad divina.

Roma tuvo el culto imperial. España tuvo la Contrarreforma. Gran Bretaña tuvo la misión civilizadora anglicana.

El Segundo Orden Americano tiene algo más sofisticado y más antiguo: la fusión del calvinismo y el judaísmo en una doctrina que los teólogos imperiales llaman «la Alianza de los Dos Pueblos Elegidos».

La simbiosis no era nueva. Desde los Padres Peregrinos, la teología política estadounidense se había construido sobre un calco deliberado del Antiguo Testamento: un pueblo elegido que cruza el mar, conquista una tierra prometida, establece una alianza con Dios y recibe como recompensa la prosperidad y el dominio.

Los puritanos de Massachusetts se veían a sí mismos como el nuevo Israel. La coincidencia no era retórica: era estructural.

El calvinismo —con su doctrina de la predestinación, su ética del trabajo como señal de gracia divina y su convicción de que la riqueza es prueba del favor de Dios— encajaba como un guante teológico con el sionismo político: un pueblo elegido, una tierra prometida, un destino manifiesto que la historia no puede contrariar porque es Dios quien lo escribe.

La Guerra Fundacional de 2026 soldó esta alianza de un modo que ningún teólogo habría anticipado.

Los evangelicales estadounidenses —70 millones de votantes, la columna vertebral electoral del Partido Republicano Imperial— no apoyaban a Israel por simpatía étnica ni por cálculo geopolítico.

Lo apoyaban por escatología: la restauración del Gran Israel era, en su lectura del Apocalipsis, la condición previa para la Segunda Venida de Cristo.

Cuando Israel se expandió y entró en la Unión como estado número 51, los pastores evangelicales lo celebraron como el cumplimiento literal de la profecía bíblica.

El hecho de que la teología judía no contemplara ninguna Segunda Venida era un detalle que ambas partes acordaron tácitamente ignorar. Las alianzas teológicas, como las militares, no exigen coherencia: exigen conveniencia.

La víctima de esta fusión fue Roma. La Iglesia católica, que durante dos milenios había reclamado el monopolio de la interpretación cristiana de la historia, se encontró marginada por una teología imperial que no la necesitaba.

Peor aún: Roma era un obstáculo. Los papas sucesivos habían condenado la Guerra de Irán, habían denunciado la «reubicación demográfica» de los palestinos, habían pedido el respeto del derecho internacional, habían recordado la doctrina de la guerra justa de Santo Tomás de Aquino y habían insistido, con una tenacidad que irritaba profundamente a Washington, en que la dignidad humana no admitía excepciones por razón de nacionalidad, religión o utilidad estratégica.

El imperio respondió como responden los imperios a las voces incómodas: ignorándolas primero, marginándolas después, y silenciándolas finalmente.

El Cisma de 2044 fue el resultado lógico. La «Iglesia Católica Americana» se constituyó como entidad autónoma, separada de Roma, con su propio patriarca en Houston y una doctrina convenientemente adaptada: la guerra justa dejó de exigir proporcionalidad, la prosperidad pasó a ser signo de gracia, y el destino manifiesto adquirió rango de dogma.

Trescientos obispos estadounidenses firmaron el Acta de Houston. Cuarenta y siete se negaron. Los manuales imperiales no registran qué fue de esos cuarenta y siete.

En 2120, el Papa —todavía en Roma, todavía con sus vestiduras blancas, todavía pronunciando homilías que nadie en el imperio escucha— mantiene relaciones diplomáticas con ciento doce países que ya no toman decisiones soberanas.

La Basílica de San Pedro sigue abierta. Los turistas imperiales la visitan los domingos, fotografían la Piedad de Miguel Ángel y compran rosarios en las tiendas de la Via della Conciliazione. Es, observan los archivos de Ginebra, el destino habitual de las instituciones que el imperio no destruye: las convierte en museos.

El Imperio en su centenario: anatomía de un mundo

En 2120, el Imperio Americano cuenta con cincuenta y siete estados —los cincuenta originales, Israel, Groenlandia, Puerto Rico (incorporado tardíamente en 2029 como gesto cosmético de inclusión), Guam, las Islas Vírgenes, Samoa y las Islas Marianas, elevadas a la categoría de estados para inflar el número y la bandera—. Administra directamente catorce protectorados militares en Oriente Medio, tres en el Ártico, y uno, vasto y dócil, que se extiende desde Lisboa hasta Helsinki y que los mapas imperiales etiquetan con su viejo nombre: Europa.

La economía imperial funciona con una moneda única, el dólar imperial, cuyo valor fija la Reserva Federal de Nueva Washington sin consultar a nadie, como ha hecho siempre.

El inglés es la lengua oficial del imperio. El español sobrevive como segunda lengua administrativa en los estados del sur y en Puerto Rico.

El hebreo tiene estatus cooficial en el estado de Israel. El árabe, el persa, el turco y las lenguas europeas se hablan en los hogares, pero no en los tribunales ni en las escuelas públicas.

El ejército imperial cuenta con cuatro millones de efectivos en activo y bases en ciento cuarenta y siete países.

a Marina controla el estrecho de Ormuz, el canal de Suez, el Bósforo, el paso del Noroeste ártico, el estrecho de Malaca y el canal de Panamá.

La Fuerza Espacial administra una red de satélites de vigilancia que cubre el noventa y ocho por ciento de la superficie terrestre.

Las Naciones Unidas se disolvieron en 2048, reemplazadas por un Consejo de Cooperación Imperial con sede en Houston que emite recomendaciones no vinculantes que nadie lee.

Los Dos Emperadores —así se los conoce oficialmente— tienen monumentos en todas las capitales del imperio.

En el Monte Rushmore, sus rostros fueron añadidos en 2052 junto a los de Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln, aunque la operación de tallado destruyó inadvertidamente una parte del monumento original. Los historiadores imperiales lo llaman «renovación simbólica».

Los geólogos lo llaman vandalismo.

Nota del archivero: lo que custodiamos en Ginebra

Esta crónica es ficción. Nada de lo relatado ha sucedido. Pero permítanme, antes de cerrar, prestar mi voz a un personaje que ha aparecido como sombra a lo largo de estas páginas: el archivero de la Biblioteca Clandestina de Ginebra, el guardián de la memoria no oficial del imperio. Lo que sigue es su entrada de diario, fechada en el centenario.

12 de octubre de 2120. Ginebra.

Hoy se cumplen cien años del Segundo Orden. En las capitales del imperio habrá desfiles, discursos, fuegos artificiales con los colores de las cincuenta y siete estrellas. En Houston, el Emperador-Presidente pronunciará un mensaje de unidad imperial. En Jerusalén-Americano, los rabinos y los pastores celebrarán juntos el oficio de acción de gracias. En las plazas de las ciudades europeas, los gobernadores del Protectorado organizarán recepciones donde se servirá champán francés pagado con dólares imperiales y se brindarán discursos de gratitud en un inglés aprendido por obligación.

Aquí abajo, en los sótanos del antiguo Palacio de las Naciones —ese edificio que una vez albergó la esperanza de que la humanidad podía gobernarse mediante el diálogo y no mediante la fuerza—, nosotros no celebramos nada.

Custodiamos. Custodiamos las actas de las Naciones Unidas que el imperio disolvió. Custodiamos las constituciones de los países que ya no se gobiernan a sí mismos.

Custodiamos los tratados de derechos humanos que fueron declarados incompatibles con el marco jurídico imperial. Custodiamos las sentencias del Tribunal de La Haya, cerrado en 2049 y convertido en un centro comercial. Custodiamos los mapas antiguos, esos donde los países tenían fronteras propias y colores diferentes.

Custodiamos, sobre todo, una palabra. Es una palabra que los manuales imperiales han ido vaciando de contenido con la paciencia de un relojero que desmonta una pieza hasta que deja de funcionar.

La usan todavía, por supuesto —los imperios nunca prohíben las palabras; simplemente las redefinen hasta que significan lo contrario de lo que significaban—. La pronuncian en los discursos. La graban en los edificios públicos.

La enseñan en las escuelas. Pero lo que enseñan cuando dicen esa palabra es obediencia disfrazada de elección, conformidad disfrazada de consentimiento, sumisión disfrazada de orden.

La palabra es libertad.

Nosotros custodiamos su significado original. Lo guardamos en cajas de documentos que nadie viene a consultar, en libros que nadie se atreve a leer en público, en memorias de ancianos que recuerdan un mundo donde esa palabra significaba poder decir que no.

No al emperador. No al ejército. No al dogma oficial. No a la versión autorizada de la historia. La libertad nunca fue cómoda. Nunca fue segura. Nunca fue eficiente. Pero era lo único que distinguía a un ciudadano de un súbdito.

Los imperios caen. Todos caen. Edward Gibbon lo sabía. Lo sabían los persas, los romanos, los otomanos, los británicos. Lo sabrán también los estadounidenses, aunque todavía no lo crean.

Y cuando este imperio caiga —no sé cuándo, pero la certeza es absoluta—, alguien bajará a estos sótanos, abrirá estas cajas, leerá estos documentos, y descubrirá que hubo un tiempo en que los seres humanos se organizaban de otra manera. No mejor, no más eficiente, no más poderosa. Pero más libre.

Ese día, nuestro trabajo habrá valido la pena. Hasta entonces, custodiamos.

Esta es una obra de ficción. Está ambientada en 2120. Se escribe en abril de 2026, cuando una coalición liderada por Estados Unidos e Israel ha lanzado una operación militar contra Irán, un presidente habla de adquirir Groenlandia, y Europa debate si tiene la voluntad de ser algo más que un espectador de su propio destino.

Nada de lo narrado ha ocurrido. Pero Gibbon, que escribía sobre Roma mientras miraba a Londres, nos enseñó que la distopía nunca empieza cuando el imperio marcha. Empieza cuando los hombres libres deciden que la libertad es un precio demasiado alto.

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