«La definición de locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes» — Atribuida a Albert Einstein.
En la comedia popular mexicana existe un personaje arquetípico llamado Jaimito, célebre no por su maldad sino por su torpeza.
Las travesuras de Jaimito —las jaimitadas— son acciones que pretenden resolver un problema pero invariablemente lo agravan, provocando la risa del público y la desesperación de quienes le rodean.
Jaimito no es un villano: es algo peor. Es alguien convencido de su propia genialidad que convierte cada intervención en un desastre mayor que el anterior.
El domingo 12 de abril de 2026, Donald Trump anunció que la Armada de Estados Unidos bloquearía «any and all ships trying to enter, or leave, the Strait of Hormuz» (Todos y cada uno de los barcos que intenten entrar o salir del Estrecho de Ormuz).
Lo hizo desde su red social, Truth Social, con su habitual tipografía en mayúsculas, horas después de que las conversaciones de paz con Irán en Islamabad se desplomasen sin acuerdo.
Quien dispare contra fuerzas estadounidenses o buques pacíficos, advirtió el presidente, será «BLOWN TO HELL» (Destrozado por completo).
Repitamos la secuencia para apreciar su belleza lógica: Estados Unidos lanzó una guerra contra Irán el 28 de febrero.
Irán cerró el Estrecho de Ormuz en represalia. Trump ha exigido durante seis semanas que Irán abra el estrecho. Irán no lo ha abierto. Y ahora Trump responde… bloqueando el estrecho.
Es la jaimitada perfecta: la solución que replica exactamente el problema que pretende resolver.
Bloquear lo ya bloqueado: la paradoja operativa
Para entender la magnitud del absurdo conviene recordar qué ha sido Ormuz durante las últimas seis semanas. Desde que la Guardia Revolucionaria iraní declaró el cierre del estrecho el 2 de marzo, el tráfico marítimo se redujo un 70 %.
De los 138 buques diarios que transitaban antes de la guerra, se pasó a cifras de un solo dígito.
Irán sembró minas —y, según algunos informes, perdió el rastro de parte de ellas, lo cual agrava el problema—, lanzó 21 ataques confirmados contra buques mercantes, hundió un remolcador y mató a tripulantes indios y de otras nacionalidades.
Ormuz ya estaba cerrado. Lo estaba de facto, por la fuerza, por las minas y por el miedo.
Pero no del todo. Y ahí reside la ironía más corrosiva de la jaimitada. Irán había establecido un sistema selectivo de tránsito: dejaba pasar a buques chinos, indios, paquistaníes, malasios y filipinos.
«La jaimitada de Ormuz es, en el fondo, el síntoma de un problema más profundo: la incapacidad de Trump para aceptar que esta guerra fue un error desde el principio y que cada movimiento posterior no ha hecho sino confirmarlo».
Había creado un canal alternativo al norte de la isla de Larak, con escolta de la Guardia Revolucionaria. Cobraba peajes de hasta dos millones de dólares por buque.
Y —detalle crucial— los cobraba en yuanes chinos, no en dólares. Era un sistema abusivo, ilegal según el derecho marítimo internacional, pero que al menos permitía que algo de petróleo fluyera hacia Asia.
El bloqueo de Trump cierra también ese goteo.
CENTCOM ha precisado que el bloqueo se aplicará «de forma imparcial contra buques de todas las naciones que entren o salgan de puertos iraníes». Es decir: donde Irán discriminaba, Trump universaliza. Donde había un hilo, ahora hay un nudo.
El senador demócrata Mark Warner lo resumió con una pregunta que merecería figurar en los manuales de estrategia: «No entiendo cómo bloquear el estrecho va a empujar a los iraníes a abrirlo. No veo la conexión». No la hay, senador. No la hay.
Solo ante el peligro: la coalición que no existe
Trump aseguró que «otros países» participarían en el bloqueo. Mencionó específicamente al Reino Unido y a «un par de países más» que enviarían dragaminas. Las desmentidas llegaron antes que los barcos.
El Reino Unido rechazó participar en el bloqueo. Un portavoz del gobierno británico declaró que Londres estaba trabajando «urgentemente con Francia y otros socios para crear una amplia coalición que proteja la libertad de navegación».
Es decir: el Reino Unido no solo no se suma al bloqueo de Trump, sino que organiza su propia operación alternativa con más de 40 naciones, liderada conjuntamente con Francia, precisamente para evitar que el enfoque unilateral de Washington agrave la crisis.
Australia fue aún más lacónica: «No hemos recibido ninguna solicitud», dijo el primer ministro Albanese. «Han hecho este anuncio de manera unilateral.»
Japón señaló que el umbral legal para enviar buques de guerra es «extremadamente alto». Francia desmintió en X que estuviera enviando barcos.
El almirante retirado James Stavridis, excomandante supremo aliado de la OTAN, estimó que una operación de bloqueo eficaz en Ormuz requeriría dos grupos de combate con portaaviones, una docena de destructores y fragatas fuera del Golfo Pérsico, y otra media docena dentro, más la cooperación naval de Arabia Saudí y Emiratos.
«Esta es una gran tarea y una gran apuesta», concluyó Stavridis. La pregunta obvia es: ¿con qué fuerzas? ¿Con qué aliados? Trump bloquea Ormuz como Jaimito se ofrece a arreglar la cañería: con más entusiasmo que herramientas.
La bomba en el surtidor: cuando el arma te explota en casa
La dimensión más autodestructiva de la jaimitada es económica. El cierre de Ormuz constituye ya la mayor disrupción del suministro energético global desde la crisis de 1973, según la Agencia Internacional de la Energía.
El Brent ha subido más de un 31 % desde el inicio de la guerra; el crudo estadounidense, más de un 44 %. Tras el anuncio del bloqueo, el Brent saltó un 7,8 % adicional hasta superar los 103 dólares por barril, y los futuros del gas europeo se dispararon un 18 %.
Pero las cifras que realmente importan no están en Bloomberg sino en las gasolineras de Ohio, Wisconsin y Pensilvania.
El galón de gasolina en Estados Unidos cuesta ya 4,12 dólares de media, un 38 % más que al inicio de la guerra.
La inflación de marzo se disparó un 0,9 %, la mayor subida mensual desde mayo de 2022, impulsada por un incremento del 21,2 % en el precio de la gasolina y del 30 % en el gasóleo.
El índice de sentimiento del consumidor de la Universidad de Michigan se desplomó en abril a 47,6 puntos, su mínimo histórico.
Y una encuesta del Pew Research Center de finales de marzo reveló que el 69 % de los estadounidenses cita el precio de la gasolina como su principal preocupación derivada de la guerra.
El negociador jefe iraní, el presidente del Parlamento Mohammad-Bagher Ghalibaf, lo entendió perfectamente. Tras el anuncio de Trump, publicó en X una fotografía de los precios en una gasolinera de Washington con un pie demoledor: «Disfruten de los precios actuales en el surtidor. Con el llamado «bloqueo», pronto sentirán nostalgia de la gasolina a 4 o 5 dólares».
No es retórica: es aritmética. Si el Brent sostiene una media de 90 dólares el barril en 2026, el crecimiento global caerá por debajo del 2 %, según WoodMackenzie.
A 100 dólares, se reduce al 1,7 %. A 200, la economía mundial se contrae. Y Trump acaba de añadir presión alcista al precio del petróleo bloqueando las pocas exportaciones iraníes que aún salían del Golfo.
La Reserva Federal de Dallas ha modelado los escenarios: un cierre de un solo trimestre elevaría el WTI a 110 dólares por barril; de dos trimestres, a 132 dólares; de tres, a 167 dólares. Cada escenario resta entre 0,2 y 1,8 puntos porcentuales a la inflación subyacente y recorta el crecimiento en 2,9 puntos anualizados. Los votantes estadounidenses ya están eligiendo entre gasolina y comida. Y Trump les acaba de ofrecer más de lo mismo.
El peaje en yuanes: la dimensión que Trump no ve
Hay una capa de la crisis de Ormuz que trasciende el petróleo y que el bloqueo de Trump no solo ignora sino que acelera: la erosión de la hegemonía del dólar.
Cuando la Guardia Revolucionaria estableció su sistema de peajes, no cobró en dólares. Cobró en yuanes chinos.
Según Lloyd’s List, los pagos por tránsito fueron evaluados y liquidados en la moneda de Pekín. No fue un capricho: fue una declaración de intenciones.
Irán y China comparten un agravio común contra el sistema financiero global dominado por el dólar. Aproximadamente el 80 % de las transacciones petroleras mundiales se liquidan en dólares, según JP Morgan Chase.
Washington ha utilizado esa hegemonía como arma geopolítica durante décadas —sanciones, exclusiones de SWIFT, congelación de activos—, y tanto Teherán como Pekín han sufrido sus consecuencias.
Ormuz se ha convertido en el laboratorio donde ambos ensayan la alternativa: un corredor marítimo en el que el dólar es irrelevante y el yuan manda.
China compra cerca del 90 % de las exportaciones petroleras iraníes. La complementariedad es perfecta: Irán tiene petróleo y China tiene la capacidad manufacturera para suministrar todo lo que Irán no puede obtener en otro sitio.
No es casual que Rusia y China vetaran en el Consejo de Seguridad la resolución de Bahréin para reabrir el estrecho el 7 de abril, argumentando que la resolución ignoraba la «causa raíz» de la crisis: el ataque estadounidense-israelí contra Irán.
El veto no fue un gesto simbólico: fue una declaración de que el orden marítimo del Golfo ya no se decide en Washington.
Trump ha respondido amenazando con un arancel del 50 % a cualquier país que ayude a Irán. Pero aplicar esa amenaza a China supondría una guerra comercial que se sumaría a la guerra energética y a la guerra real. Tres guerras simultáneas no son una estrategia: son una jaimitada elevada a la categoría de política exterior.
El patrón Jaimito: la amenaza que se desinfla antes de empezar
Lo más revelador de la jaimitada de Ormuz no es lo que Trump ha anunciado, sino lo que ya ha ocurrido entre el anuncio y su ejecución. Porque ni siquiera ha hecho falta esperar días para presenciar la rebaja: bastaron unas horas.
Trump escribió en Truth Social que la Armada bloquearía «any and all ships trying to enter, or leave, the Strait of Hormuz».
Todos los barcos. Todos. Entrada y salida. Ese fue el anuncio: un bloqueo total del estrecho.
Horas después, el Mando Central publicó la precisión operativa real: el bloqueo se aplicará «de forma imparcial contra buques de todas las naciones que entren o salgan de puertos iraníes y zonas costeras iraníes», y añadió que «no impedirá la libertad de navegación de los buques que transiten el Estrecho de Ormuz con destino a puertos no iraníes u origen en puertos no iraníes».
Es decir: del bloqueo total del estrecho se pasó, en cuestión de horas, a un bloqueo de los puertos iraníes.
De cerrar Ormuz a todos, a cerrar solo la puerta de Irán. La diferencia entre ambas cosas es abismal, pero Trump las presenta como si fueran la misma.
Esta es la anatomía de la jaimitada en su estado más puro. El presidente anuncia un gesto épico —bloquear una de las arterias marítimas más importantes del planeta—, pero sus propios militares, conscientes de las implicaciones legales e internacionales, lo reducen inmediatamente a algo mucho más modesto: un embargo a la exportación petrolera iraní, que es esencialmente lo que las sanciones estadounidenses ya pretendían antes de la guerra.
El trueno se convierte en eco antes de que llegue la lluvia.
Y este no es un caso aislado. Es el episodio más reciente de una serie que ya constituye un patrón reconocible.
El 9 de marzo, Trump afirmó falsamente que el ejército iraní había sido destruido y que el estrecho estaba abierto. No era cierto. El 15 de marzo, exigió que la OTAN y China ayudasen a reabrir el paso. Nadie acudió.
El 19 de marzo, inició una campaña militar para forzar la apertura. No funcionó. A finales de marzo, amenazó repetidamente con destruir la infraestructura iraní si Ormuz no se abría. No cumplió.
El 7 de abril, dio un ultimátum nocturno amenazando con que «toda una civilización morirá esta noche» si Irán no cedía. Al día siguiente, en lugar de destrucción, llegó un alto el fuego de dos semanas.
Obsérvese la degradación del gesto a lo largo de la guerra: de «destruiremos vuestra civilización» a «bloquearemos vuestros puertos».
De la amenaza existencial a la presión logística. Y ahora, la degradación dentro de la propia jaimitada: del bloqueo total del estrecho al embargo portuario.
Cada escalada retórica de Trump va seguida de una rebaja operativa. Cada ultimátum es más estruendoso y menos creíble que el anterior.
El vicepresidente parlamentario iraní, Ali Nikzad, lo expresó con una lucidez que duele: «En cuarenta días de guerra, Estados Unidos ha aprendido que el bando victorioso se determina por la voluntad de las naciones y la superioridad en el campo de batalla, no por la retórica en redes sociales».
La Guardia Revolucionaria ha respondido al anuncio del bloqueo advirtiendo que cualquier buque militar que se acerque al estrecho «será tratado con dureza y decisión» y que cualquier acción militar estadounidense será considerada una violación del alto el fuego.
Las minas siguen en el agua. Los drones siguen operativos. Y un dron naval iraní acaba de alcanzar un petrolero en Kuwait, a 800 kilómetros del estrecho, demostrando que la capacidad de daño de Teherán se extiende mucho más allá de las 21 millas de Ormuz.
Cómo terminará esta jaimitada
Nuestro vaticinio es que el bloqueo de Ormuz tendrá una vida corta. No porque Trump lo reconozca como un error —nunca lo hace—, sino porque la realidad económica y militar le obligará a redefinirlo hasta vaciarlo de contenido, exactamente como ha ocurrido con cada una de sus amenazas anteriores en esta guerra.
De hecho, el proceso ya ha comenzado: entre el tuit y la orden operativa de CENTCOM, el bloqueo perdió la mitad de su alcance.
Después vendrán más excepciones, probablemente para buques humanitarios, para fertilizantes, para aliados del Golfo.
Y en algún momento, cuando el Brent amenace con superar los 120 o 130 dólares y la gasolina estadounidense se acerque a los 5 dólares por galón, Trump declarará que el bloqueo ha sido «un gran éxito», que Irán ha «aprendido la lección», y lo levantará ofreciendo concesiones que hoy niega estar dispuesto a hacer.
Mientras tanto, el daño colateral se acumula. Europa, ya en riesgo de recesión técnica por la crisis energética derivada de la guerra, sufrirá un encarecimiento adicional.
Los países asiáticos aliados de Washington —Japón, Corea del Sur, Filipinas— verán agravada su crisis de suministro. Y la alianza de facto entre Irán, China y Rusia se consolidará, cimentada no por la ideología sino por la evidencia de que Washington es un socio que crea problemas para los demás mientras se declara víctima.
La jaimitada de Ormuz es, en el fondo, el síntoma de un problema más profundo: la incapacidad de Trump para aceptar que esta guerra fue un error desde el principio y que cada movimiento posterior no ha hecho sino confirmarlo.
Empezó bombardeando.
Siguió amenazando con destruir civilizaciones.
Pidió ayuda a la OTAN, que no acudió.
Pidió ayuda a China, que se rio.
Ofreció un alto el fuego que no se sostuvo.
Negoció en Islamabad y fracasó.
Y ahora bloquea un estrecho que quiere abierto, aunque sus propios generales ya hayan reducido el bloqueo a un simple embargo portuario antes de que entre en vigor.
Einstein —o quien fuera que lo dijo— tenía razón. Lo llamamos locura. En el folklore mexicano lo llaman jaimitada. En geopolítica se llama, simplemente, derrota.