«Aunque multipliquéis la oración, no escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre» — Isaías 1:15, citado por el papa León XIV en su homilía de Domingo de Ramos contra la guerra de Irán, marzo de 2026
El presidente de Estados Unidos publica en Truth Social una imagen de sí mismo vestido con túnica blanca, imponiendo las manos sobre un enfermo mientras una luz sobrenatural emana de sus dedos.
Águilas, banderas americanas e imágenes vaporosas flotan en el cielo. La imagen permaneció colgada durante horas.
Cuando la presión se hizo insostenible, Trump la retiró y afirmó que se trataba de una representación suya como médico.
Nadie le creyó.
Ese mismo fin de semana, el secretario de Defensa Pete Hegseth —que prefiere llamarse «secretario de Guerra»— rezó desde el púlpito del Pentágono pidiendo «violencia abrumadora contra quienes no merecen misericordia» y suplicó a Dios que «quiebre los dientes de los impíos», todo ello «en el nombre de Jesucristo».
Horas después, el papa León XIV, primer pontífice estadounidense de la historia, respondió sin nombrar a nadie: «Dios no escucha las plegarias de quienes hacen la guerra, sino que las rechaza.»
Podría parecer una anécdota más del circo trumpiano. No lo es. Lo que está ocurriendo entre Washington y el Vaticano no es una disputa entre un presidente y un papa.
Es una fractura teológica entre dos formas incompatibles de entender la relación entre Dios, la guerra y el poder. Y esa fractura amenaza con romper la paz espiritual que sostuvo el atlantismo durante todo el siglo XX.
La sacralización de la guerra: cuando el Pentágono se convierte en templo
Lo que distingue a esta Administración de cualquier otra en la historia moderna de Estados Unidos no es su belicismo —ha habido otros presidentes belicistas—, sino su pretensión de que Dios bendice sus bombardeos.
Cuando a Trump le preguntaron si creía que Dios aprobaba la guerra contra Irán, respondió sin vacilar: «Lo creo, porque Dios es bueno y Dios quiere que se cuide de la gente».
La afirmación no fue un lapsus: es doctrina.
Hegseth celebra servicios de culto evangélico mensuales en el Pentágono, emitidos por la red de televisión interna del Departamento de Defensa.
En uno de ellos recitó un salmo que, según dijo, había acompañado a las tropas antes del asalto a Venezuela: «Perseguí a mis enemigos y los alcancé. No me volví hasta consumirlos. Los atravesé de modo que no pudieron levantarse. Cayeron bajo mis pies».
Y después comparó el rescate de un piloto derribado en Irán con la liturgia del Triduo Pascual: caído un viernes —Viernes Santo—, oculto en una grieta todo el sábado, rescatado el domingo mientras salía el sol. Un piloto renacido. La religión como munición.
«Lo que tenemos, por tanto, es una coalición teopolítica compuesta por el evangelismo milenarista estadounidense y el sionismo mesiánico israelí, ambos unidos por la convicción de que esta guerra tiene carácter cósmico. No es una alianza estratégica al uso. Es una alianza escatológica».
No estamos ante la retórica vaga de un «God bless America» de cierre de discurso.
Estamos ante una teología de guerra explícita que sacraliza el conflicto. El pastor John Hagee, líder de Christians United for Israel —la organización sionista cristiana más poderosa de Estados Unidos—, declaró a propósito de la guerra de Irán: «Proféticamente, estamos en hora».
Para una parte significativa del evangelismo estadounidense, la guerra en Oriente Medio no es geopolítica: es escatología. Es el cumplimiento de las profecías bíblicas que anuncian el retorno de Cristo a través de la guerra en torno a Israel.
El Chicago Council on Global Affairs lo ha descrito como la «sacralización de la guerra de Irán», y lo que lo hace peligroso no es solo la retórica: es que una tercera parte de los estadounidenses se identifica como adherente o simpatizante del nacionalismo cristiano.
Y aquí entra la otra pieza de la coalición: el sionismo.
Netanyahu ha calificado sus operaciones militares en Oriente Medio como la «Guerra de Redención» (Milhemet HaTekuma), invocando Deuteronomio 25:17: «Recuerda lo que Amalek te hizo».
Amalek, el enemigo bíblico perpetuo de Israel, es el recipiente simbólico en el que cabe cualquier adversario contemporáneo: Hamás, Hezbolá, Irán.
Lo que tenemos, por tanto, es una coalición teopolítica compuesta por el evangelismo milenarista estadounidense y el sionismo mesiánico israelí, ambos unidos por la convicción de que esta guerra tiene carácter cósmico. No es una alianza estratégica al uso. Es una alianza escatológica.

La fractura católica americana: huérfanos dentro del MAGA
La coalición religiosa que devolvió a Trump a la Casa Blanca en 2024 se está rompiendo exactamente por la línea de falla que acabamos de describir.
Los datos son elocuentes: en noviembre de 2024, Trump ganó el voto católico por 20 puntos (55% frente a 35%).
En marzo de 2026, según la encuesta de Fox News, su aprobación entre católicos había caído al 48%, con un 52% de desaprobación, un neto negativo de cuatro puntos.
Un analista de CNN, Harry Enten, cifró el desplome en 24 puntos netos. Mientras tanto, la aprobación entre evangélicos blancos subía del 60% al 64%. Las dos líneas se cruzan, y se cruzan en direcciones opuestas.
La razón no es solo la guerra de Irán. Es la arquitectura misma de la coalición MAGA, donde los católicos descubren que su sitio en la mesa es el del invitado tolerado, no el del socio.
El episodio de Carrie Prejean Boller lo ilustra con claridad brutal. Prejean Boller, activista convertida al catolicismo, fue expulsada de la Comisión de Libertad Religiosa de Trump en marzo por afirmar que «los católicos no abrazan el sionismo».
Tras su expulsión, escribió: «Hoy me cuesta reconocer el movimiento que usted empezó. Parece haber sido secuestrado por un gobierno extranjero y por fanáticos religiosos que intentan cumplir su fantasía herética del fin de los tiempos».
Nadie del MAGA la defendió.
Semanas después, el senador Ted Cruz compartió en X un manifiesto viral titulado «Cómo una red de integristas católicos, ideólogos rusos y provocadores mediáticos están desmantelando sistemáticamente la base evangélica de la derecha americana».
Cruz lo calificó como «la mejor y más completa explicación de aquello contra lo que estamos luchando».
Léase bien: un senador republicano define a los católicos tradicionalistas como el enemigo interno. El manifiesto acusaba a organizaciones católicas —incluida la Heritage Foundation y la Sociedad de San Pío X— de conspirar para sustituir la teología política evangélica protestante por un marco integrista católico «que ve a los judíos, a Israel y a los protestantes no como socios de alianza, sino como adversarios de la civilización cristiana».
La respuesta de Newsweek es la que mejor resume la asimetría de poder: cuando Trump publicó la imagen de sí mismo como Jesús, los líderes evangélicos protestaron y la imagen fue retirada en pocas horas.
Cuando atacó al papa —al líder espiritual de 1.400 millones de personas—, el post permaneció colgado en Truth Social como trofeo.
La lección es inequívoca: los católicos del MAGA no tienen capacidad de veto. La coalición evangélica sí. Y esa coalición, como hemos visto, está fundida con el sionismo cristiano en una aleación que no deja espacio para quien cuestione a Israel o la sacralización de la guerra.
La amenaza de Aviñón: el Pentágono como Felipe IV
Y entonces llegó lo impensable. En enero de 2026, según una investigación de The Free Press confirmada posteriormente por el cronista papal Christopher Hale, el subsecretario de Política de Defensa Elbridge Colby convocó al cardenal Christophe Pierre —entonces nuncio pontificio en Estados Unidos— a una reunión a puerta cerrada en el Pentágono.
Según las fuentes vaticanas, el equipo de Colby desmontó línea por línea el discurso anual del papa al cuerpo diplomático, leyéndolo como un mensaje hostil hacia la Administración Trump.
La frase que más les enfureció fue: «Una diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza».
Cuando la temperatura subió, un funcionario estadounidense —cuya identidad no ha sido revelada— pronunció estas palabras: «América tiene el poder militar para hacer lo que quiera en el mundo. La Iglesia católica haría bien en ponerse de nuestro lado».
Y a continuación invocó el Papado de Aviñón: el período del siglo XIV en que la corona francesa utilizó la fuerza militar para someter al obispo de Roma a sus designios.
El cardenal Pierre y su equipo entendieron perfectamente la referencia. No era una curiosidad medieval. Era una amenaza.
Las consecuencias fueron inmediatas. El Vaticano canceló la visita del papa a Estados Unidos con motivo del 250 aniversario de la independencia americana. Y eligió una alternativa cargada de simbolismo: el 4 de julio de 2026, mientras Estados Unidos celebra su cumpleaños, León XIV estará en Lampedusa, la isla italiana donde los migrantes africanos llegan en pateras.
Robert Francis Prevost —así se llama de pila el pontífice— es un hombre demasiado deliberado para que esa fecha sea accidental.
La invocación de Aviñón merece un segundo de reflexión, porque revela algo más profundo que una amenaza puntual.
Como ha señalado el historiador Thomas Lecaque, la referencia es reveladora de los límites internos de la coalición trumpiana.
El nacionalismo cristiano estadounidense no podría, ni querría, gobernar conjuntamente con los católicos que hoy son sus compañeros de viaje.
El evangelismo que rodea a Trump ve a Roma con la misma desconfianza con que el rey Felipe IV de Francia veía a Bonifacio VIII: como un poder espiritual que hay que doblegar o destruir, nunca aceptar como igual.
Que un funcionario del Pentágono invoque a Aviñón es, en el fondo, la confesión involuntaria de que esta coalición sólo funciona mientras los católicos obedezcan.
Cuando disienten —como está haciendo León XIV—, la respuesta no es el diálogo: es la coerción.
El frente europeo: católicos y protestantes, juntos frente a la teocracia imperial
Y aquí es donde la fractura deja de ser americana y se convierte en transatlántica. Porque lo que está en juego no es solo quién manda en la coalición MAGA, sino la unidad espiritual que durante décadas sostuvo la alianza entre Estados Unidos y Europa.
Esa unidad descansaba sobre una base compartida: la tradición cristiana —católica y protestante— como fundamento de una civilización que valoraba los derechos humanos, el estado de derecho, la dignidad de la persona y, sobre todo, la distinción entre el poder temporal y el poder espiritual.
Trump está dinamitando esa base.
Pero Europa está respondiendo.
Y lo está haciendo de una manera que merece atención: ecuménicamente. El jueves 17 de abril, la arzobispa de Canterbury, Sarah Mullally —cabeza espiritual de la Comunión Anglicana, que agrupa a más de 100 millones de fieles protestantes en todo el mundo—, expresó su solidaridad con León XIV y lo calificó de «llamada valiente a la paz».
«Mientras personas inocentes son asesinadas y desplazadas, familias destruidas y futuros arruinados, el coste humano de la guerra es incalculable», declaró Mullally.
«Es la vocación de todo cristiano —y de toda persona de buena voluntad— trabajar y rezar por la paz».
El Consejo Mundial de Iglesias, que representa a 580 millones de cristianos de tradiciones protestante, ortodoxa y anglicana, condenó las amenazas de Trump como «incompatibles con el derecho y con la moralidad fundamental».
El arzobispo anglicano de Jerusalén, Hosam Naoum, pidió un «espíritu de sensatez» para los líderes de Estados Unidos, Israel e Irán.
La Iglesia episcopal estadounidense, la Iglesia presbiteriana y decenas de organizaciones ecuménicas firmaron una carta conjunta al Congreso contra la financiación de la guerra.
Giorgia Meloni —que hasta ahora había intentado servir de puente entre Trump y Europa— calificó los ataques al papa de «inaceptables».
Macron visitó al papa en el Vaticano el 10 de abril, alineando a la República laica francesa con el pontífice en la denuncia de la guerra de Irán.
Incluso en Polonia, bastión católico conservador, el primer ministro advirtió contra los «ataques populistas a la fe».
Esto es lo que debe entenderse con claridad meridiana: el cristianismo europeo —católico y protestante— está cerrando filas frente a la teocracia imperial estadounidense. Y es que en el fondo, ese es el ser de Europa.
Y lo está haciendo no a pesar de sus diferencias históricas, sino precisamente porque las superó.
Europa vivió sus guerras de religión. Costaron siglos y millones de muertos. La Paz de Westfalia de 1648, el Edicto de Nantes, la Ilustración, el ecumenismo del siglo XX: todo ese camino condujo a una convicción compartida de que la fe es patrimonio de la conciencia, no instrumento del poder estatal.
Lo que viene de Washington hoy no es protestantismo: es una perversión del protestantismo que instrumentaliza la Biblia para bendecir bombardeos.
Los luteranos alemanes, los anglicanos británicos, los reformados holandeses no se reconocen en Pete Hegseth rezando por «violencia abrumadora» desde el Pentágono.
Ni los católicos europeos reconocen su fe en un presidente que se retrata como Jesús mientras amenaza con aniquilar una civilización entera.
Lo último que necesita Europa ahora es que alguien desde fuera intente reabrir la fractura católico-protestante que tanto costó cerrar.
El evangelismo trumpiano no es heredero de Lutero. Lutero clavó sus tesis en la puerta de una iglesia para debatir teología; Hegseth reza desde el Pentágono para sacralizar la guerra.
La Reforma fue una discusión entre europeos sobre la conciencia y la gracia; lo que viene de Washington es la fusión del altar con el arsenal. Confundir una cosa con otra sería un error estratégico que Europa no puede permitirse.
La coalición de los dioses furiosos y el Dios de la paz
El mapa que emerge de esta crisis es, por tanto, más nítido de lo que parece a primera vista. A un lado, una coalición teopolítica formada por el evangelismo milenarista estadounidense —que ve la guerra como profecía— y el sionismo mesiánico israelí —que la ve como redención—, ambos sostenidos por un aparato estatal que ha borrado la línea entre fe y política exterior.
Es la coalición de los dioses furiosos: el Dios que bendice bombardeos, que quebranta dientes, que exige violencia sin remordimiento.
Al otro lado, un cristianismo europeo —católico y protestante— que, con todas sus imperfecciones y su larga historia de guerras propias, ha llegado a la convicción civilizada de que la fe debe servir a la paz, no al poder.
Un papa que cita a Isaías para recordar que Dios rechaza las manos ensangrentadas. Una arzobispa de Canterbury que llama a la paz como vocación de todo cristiano.
Un Consejo Mundial de Iglesias que declara incompatible con la moralidad la guerra sin límites. No son ingenuos: conocen al régimen iraní. Pero se niegan a aceptar que el remedio sea peor que la enfermedad.
La pregunta incómoda que ningún católico americano pro-MAGA quiere escuchar es esta: ¿qué pasa cuando tu coalición electoral te trata como a un subalterno? ¿Cuando el presidente ataca al papa y tu vicepresidente católico, en lugar de defender al pontífice, le dice que «tenga cuidado cuando habla de teología»? ¿Cuando tu senador comparte manifiestos que califican a los católicos de enemigo interno? ¿Cuando el post que insulta al papa permanece en Truth Social mientras la imagen blasfema se retira en horas?
La respuesta la dio Newsweek con precisión quirúrgica: «Los católicos del MAGA tienen cero influencia sobre este presidente. La mitad evangélica de la coalición puede obtener una eliminación en un solo ciclo de noticias, mientras que el agravio católico no obtiene más que la burla pública de su Papa».
JD Vance, católico converso y autor de un libro sobre su fe, se presentó esta semana en un acto de Turning Point USA para contradecir al papa sobre teología.
Vance prepara su candidatura para 2028, y el electorado primario evangélico que necesita nunca ha estado cómodo con Roma. Un vicepresidente que profesa la fe católica mientras socava públicamente al papa católico está haciendo un casting para una coalición que trata la identidad católica como un lastre que gestionar, no como una convicción que respetar.
En mi relato en dos entregas sobre el futuro distópico del trumpismo, planteé la posibilidad de que la Iglesia católica estadounidense pudiera algún día escindirse de Roma, engullida por la presión del evangelismo que la rodea y por la lógica del sionismo cristiano que condiciona la política exterior americana.
Era política ficción, y lo sigue siendo. Pero la distancia entre la ficción y la realidad se ha acortado más en las últimas dos semanas que en los últimos dos siglos.
Cuando un funcionario del Pentágono invoca a Aviñón para amenazar al embajador del papa, la política ficción se convierte en señal de alarma.
Europa no puede permitirse el lujo de contemplar esta fractura como un espectáculo ajeno. La alianza transatlántica se construyó sobre un suelo espiritual compartido: la tradición cristiana como fuente de dignidad, derecho y moderación.
Ese suelo está agrietándose.
De un lado queda una América que sacraliza la guerra; del otro, una Europa que debe defender la herencia común de paz que católicos y protestantes europeos construyeron juntos tras siglos de sangre derramada.
León XIV lo ha entendido. Cuando le dijeron que no tenía nada que temer de la Administración Trump, respondió: «No tengo miedo».
Y eligió Lampedusa en vez de Washington. Lo que Trump no comprende es que no se puede ganar una guerra contra una institución que lleva 1.750 años enterrando imperios. El papa juega en tiempo geológico. Trump juega en tiempo de Truth Social.