«El poder sin sabiduría es el instrumento más peligroso que puede empuñar un hombre» — Séneca, «Epístolas morales a Lucilio».
El 8 de abril de 2026, pocas horas antes de que expirara el ultimátum que Donald Trump había lanzado contra Irán con la promesa de que «toda una civilización moriría esta noche», la Casa Blanca anunció un alto el fuego de dos semanas.
El Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Teherán tardó menos de una hora en proclamar públicamente que aquello era, en sus propias palabras, una «retirada humillante» de Estados Unidos.
La escena sería cómica si no fuera devastadoramente seria: el presidente de la primera potencia militar del mundo, el hombre que prometió a sus votantes acabar con las guerras en Oriente Próximo, cedía ante un régimen que él mismo había declarado al borde del colapso.
Y Teherán lo celebraba en las calles, con banderas y cánticos.
Cuatro días después, el 12 de abril, el vicepresidente J. D. Vance despegaba de Islamabad, Pakistán, tras 21 horas de negociaciones sin acuerdo.
Sus palabras en rueda de prensa resumían el pantano en que se ha convertido la aventura iraní de la Administración Trump: «Fuimos flexibles, pero ellos no aceptaron nuestras condiciones».
La táctica clásica
Veintiuna horas, el Air Force Two de regreso vacío, y Trump ordenando un bloqueo naval del estrecho de Ormuz como respuesta.
La táctica clásica: cuando la negociación fracasa, escalar la retórica. Pero los mercados, los aliados y los adversarios llevan meses aprendiendo a leer el patrón, y cada vez descuentan menos las amenazas.
Ese mismo día, en Budapest, los húngaros acudían a las urnas en las elecciones parlamentarias más decisivas de los últimos dieciséis años.
Viktor Orbán, el último gran apóstol europeo del trumpismo, afrontaba el veredicto de sus propios ciudadanos con las encuestas señalando a su partido Fidesz en el 37% frente al 50% del opositor Tisza de Péter Magyar.
El hombre que durante años había sido, en palabras de Steve Bannon, «el Trump anterior a Trump», se enfrentaba a la derrota con un Vance en el escenario de campaña a su lado, campaña que posiblemente no bastó para torcer el curso de la historia.
Dos escenarios simultáneos, dos derrotas acumuladas. El análisis que sigue no es un ejercicio de satisfacción ideológica. Es una advertencia clínica para todos los partidos que no forman parte de la izquierda europea y que todavía miran hacia Washington buscando inspiración.
El gran negociador que negoció su propia derrota
Conviene recordar el punto de partida. Trump llegó a su segundo mandato proclamando que acabaría con todos los conflictos en 24 horas. Sus votantes lo creyeron. Sus aliados europeos lo aplaudieron. El problema de las promesas maximalistas es que la realidad no firma el contrato.
Desde el inicio de los bombardeos masivos sobre Irán, coordinados con Israel, la Administración Trump descubrió una verdad que sus generales probablemente ya sabían: Irán no es Panamá.
Un país con 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, con cinco islas que controlan estratégicamente el estrecho de Ormuz, con misiles capaces de alcanzar las instalaciones petrolíferas de Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos, y con una Guardia Revolucionaria que lleva 40 años entrenando para este conflicto, no se rinde ante una cuenta en Truth Social.
El balance es desolador para Washington. La aprobación popular de Trump ha caído por debajo del 40%, con un saldo neto negativo de 17 puntos porcentuales.
Los precios del combustible se han disparado, los aliados del Golfo observan con espanto cómo sus propias infraestructuras son vulnerables a los misiles iraníes, y dentro del propio movimiento MAGA se han abierto fracturas que el propio presidente ha agravado atacando públicamente a Tucker Carlson, Alex Jones y otros referentes mediáticos que cuestionan la aventura iraní.
Que un presidente en ejercicio necesite salir a atacar a su propia base electoral indica la magnitud del problema.
La paradoja nuclear corona el desastre estratégico. El casus belli de la guerra fue impedir que Irán adquiriese armas nucleares.
Pues bien: esos 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60% que eran el centro del argumento bélico siguen exactamente donde estaban.
Si Trump consiguiera hoy un acuerdo similar al que Obama negoció en 2015, tras dos años y medio de diplomacia en tiempos de paz, habría obtenido menos en una guerra que cuesta más de 1.000 millones de dólares diarios que lo que su predecesor logró en tiempos de paz.
Y aquello Trump lo desmanteló en 2018, proclamándolo un fracaso.
Hay algo estructuralmente fallido en el modelo de gobernanza de este presidente que conviene nombrar sin circunloquios: confunde la confrontación táctica con la estrategia.
Elevar la retórica a niveles apocalípticos puede servir para generar un titular o una retirada momentánea del adversario, pero no crea arquitecturas de seguridad duraderas.
La diferencia entre un gran negociador y un gran gestor de crisis es que el primero construye; el segundo improvisa. Trump, a estas alturas, ha demostrado sobradamente que pertenece a la segunda categoría.
Budapest: cuando el espejo devuelve una imagen incómoda
La historia de Orbán y Trump es la historia de un matrimonio de conveniencia ideológica que estaba destinado a mostrar sus límites.
Orbán había convertido Budapest en la sede ideológica del populismo occidental: el Mathias Corvinus Collegium financiado con una participación del 10% en la mayor compañía petrolífera y gasística de Hungría, publicaciones como The European Conservative, cumbres de la CPAC en Budapest, y una arquitectura de poder blando que hacía de Hungría, según el presidente de la Fundación Heritage, «el modelo por excelencia» de gobernanza conservadora.
Bannon lo había bautizado en 2018. Kevin Roberts lo elevaba a catecismo político.
El problema es que el modelo tenía fisuras que ningún coloquio conservador quería ver. Dieciséis años de poder, el país más corrupto de la Unión Europea según Transparency International, el estancamiento económico, el desmantelamiento sistemático de la independencia judicial y de los medios libres, y la dependencia energética de Rusia: ese es el legado que Péter Magyar y el partido Tisza han puesto sobre la mesa.
Con un 50% frente al 37% de Fidesz en las encuestas más independientes, los húngaros enviaban un mensaje que ningún consultor de imagen puede reencuadrar.
Y Trump lo apostó todo. No se limitó a expresar apoyo telefónico: envió a su vicepresidente a subir al escenario de campaña en Budapest el 7 de abril, a pedir a los húngaros que votaran a Orbán porque Orbán «defiende la civilización occidental».
Fue una intervención sin precedentes en la política interna de un Estado miembro de la Unión Europea. Y es probable que no sirviera de nada.
El politólogo Ivan Krastev lo formuló con precisión quirúrgica: la derrota de Orbán no sería una derrota cualquiera, sería una humillación para las dos potencias, Moscú y Washington, que habían apostado abiertamente por él.
«De repente, su candidato pierde después de que hayan hecho todo lo posible para que ganara. Esto va a fortalecer enormemente el sentimiento de resiliencia europea», afirmó.
El dato más revelador para el análisis que aquí nos ocupa no es el resultado electoral húngaro en sí mismo. Es el hecho de que la victoria de Vance y Trump a favor de Orbán se producía mientras Meloni negaba el uso de la base aérea siciliana para atacar Irán, Marine Le Pen calificaba de «erráticos» los objetivos bélicos de Trump, y un dirigente de Alternativa para Alemania pedía que las tropas estadounidenses abandonaran las bases en su país.
Esto no es anecdótico: son tres señales de que incluso los partidos que más habían cultivado la relación con la Administración Trump han llegado al límite de lo políticamente sostenible.
El aviso que nadie quiere escuchar pero todos necesitan
Hay un argumento que ciertos partidos europeos no pertenecientes a la izquierda han sostenido durante los últimos años con bastante entusiasmo: que Trump representaba una alternativa al establishment progresista globalista, una voz del sentido común frente a la corrección política, un líder que ponía primero los intereses nacionales.
Ese argumento tenía, en su momento, cierta coherencia retórica. Ya no la tiene.
Trump no ha demostrado ser un líder que pone primero los intereses nacionales de sus aliados europeos: ha amenazado con aranceles masivos a la Unión Europea, ha hablado de Groenlandia y el canal de Panamá como territorios susceptibles de anexión, ha presionado para que la OTAN se adapte a sus caprichos y ha enviado a su vicepresidente a interferir directamente en las elecciones de un Estado miembro de la UE.
Y todo ello mientras conducía una guerra de Oriente Próximo con la improvisación de quien confunde un negocio inmobiliario en Nueva York con la geopolítica nuclear.
Para un partido europeo serio, con ambición de gobierno, la alianza simbólica con Trump era ya problemática hace un año.
Hoy es directamente suicida.
Los ciudadanos europeos, incluidos aquellos que votan a formaciones que no son de izquierdas, observan cómo el precio del combustible sube porque Trump decidió lanzarse a una aventura militar sin estrategia de salida.
Observan cómo Irán declara victoria y cómo Washington negocia desde la debilidad. Observan cómo el único líder europeo que se mantuvo fielmente a su lado hasta el final —Orbán— arriesgaba perder unas elecciones con la intervención personal del vicepresidente de Estados Unidos en el escenario.
Las urnas no perdonan la incompetencia ajena. Un partido que vincula su imagen a la de Trump no compra credibilidad: compra el pasivo de cada uno de sus errores.
La pregunta que deberían hacerse los líderes políticos europeos que han construido parte de su capital ideológico sobre la admiración hacia el modelo MAGA es sencilla: ¿Qué tiene Trump que valga la pena importar? ¿La política arancelaria que ha desestabilizado las cadenas de suministro globales? ¿La aventura iraní que ha disparado el precio del petróleo? ¿La gestión de alianzas que ha convertido a Estados Unidos en el socio más impredecible del mundo occidental desde 1945?
Hay ideas que merece la pena defender desde posiciones no izquierdistas: el control de las fronteras y la migración ordenada, la defensa de la identidad cultural europea, la contención del gasto público, la apuesta por la seguridad como bien primario, la desconfianza hacia un Estado que regula en exceso.
Esas ideas tienen recorrido, tienen sustento intelectual y tienen electorado. Pero ninguna de ellas necesita de la marca Trump para tener credibilidad.
Al contrario: la marca Trump actualmente las contamina.
Meloni lo ha entendido antes que nadie. Le Pen, quizás a regañadientes, también. El AfD alemán ha comenzado a tomar distancia en los episodios más graves.
Son señales de que la inteligencia política puede más que la inercia ideológica. Ojalá el resto aprenda la lección sin necesidad de quemarse primero.
Nuestro vaticinio: el fin de la era de la imitación
La política tiene la costumbre cruel de presentar la factura en el momento más inoportuno. Trump ha acumulado en pocas semanas un inventario de errores estratégicos que harían sonrojar a cualquier analista de seguridad con dos años de experiencia: una guerra sin objetivos militares claros ni estrategia de salida, una negociación en la que el adversario ha dictado las condiciones básicas, una fractura interna en su propia base electoral, y la pérdida del único aliado europeo que le era incondicionalmente fiel.
Nuestra convicción es que estamos asistiendo al principio del fin de lo que podríamos llamar la era de la imitación trumpista en Europa.
Los electores europeos —incluidos los que votaron a formaciones no izquierdistas— no son electores americanos.
Sus problemas, sus referentes históricos, sus miedos y sus aspiraciones son distintos. Un modelo político que funciona —con muchas reservas— en el Mississippi no tiene por qué trasplantarse con éxito al Danubio, al Rin o al Ebro.
Los partidos europeos que quieran gobernabilidad a largo plazo necesitan construir sobre sus propias tradiciones: el liberalismo económico, el conservadurismo social moderado, el europeísmo crítico, el atlantismo con criterio propio.
No sobre la admiración acrítica hacia un presidente que, en el momento de la verdad, ha demostrado confundir la geopolítica con un reality show y la diplomacia internacional con una negociación inmobiliaria en Manhattan.
Ir de la mano de un perfecto inepto es siempre la peor de las estrategias. En política, además, tiene una consecuencia añadida: cuando el inepto cae, arrastra a todos los que estaban cogidos de su mano.
Budapest y Teherán lo acaban de demostrar el mismo día.