Opinión | Por qué Irán no cederá: Washington confundió un régimen acorralado con un régimen rendido

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, explica el error de cálculo la Administración Trump, por qué Irán no se rinde y cómo el precedente libio, la asimetría de costes y la soberanía nuclear explican su estrategia de resistencia. Foto: Generada digitalmente.

26 / 04 / 2026 05:39

Actualizado el 26 / 04 / 2026 11:18

«Si Thieu corre la misma suerte que Diem, el mensaje llegará a las naciones del mundo: ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser su amigo es fatal» – Henry Kissinger, conversación con William F. Buckley Jr., noviembre de 1968.

Hay una pregunta que recorre desde hace semanas las salas de mando del Pentágono, los despachos del Departamento de Estado y los platós de la televisión por cable estadounidense.

La pregunta no es si Irán resistirá: lo está haciendo. La pregunta es cuándo cederá.

El supuesto implícito es que la rendición es inevitable y que solo falta determinar el calendario.

Casi dos meses después del inicio de la Operación Epic Fury, con el régimen iraní decapitado en su cúpula, su marina destruida, su industria de defensa reducida a escombros y su economía oficialmente arruinada en al menos trescientos mil millones de dólares, la lógica del cálculo asimétrico parece concluyente.

Y sin embargo, Teherán no cede.

La hipótesis que sostengo en estas líneas es que Washington no se enfrenta a un Estado que aún no se ha rendido, sino a un Estado que ha calculado, fría y razonablemente, que ceder es estratégicamente más caro que resistir.

El error analítico no está en Teherán. Está en una Administración que sigue creyendo que la presión militar produce mecánicamente capitulación, cuando lo que produce, en este caso concreto, es exactamente lo contrario: una determinación reforzada por cinco vectores convergentes que voy a tratar de desbrozar.

I. El precedente Libia

En diciembre de 2003, Muamar el Gadafi anunció la entrega completa de su programa de armas de destrucción masiva.

Lo hizo a cambio de garantías de seguridad, levantamiento de sanciones y reincorporación al concierto de las naciones. Recibió todo lo prometido.

Ocho años después, en octubre de 2011, lo lincharon en una alcantarilla a las afueras de Sirte mientras Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado, comentaba el episodio ante una cámara con la frase que ha pasado a la historia: «vinimos, vimos, murió».

El expediente Libia es, desde entonces, lectura obligatoria en cualquier cancillería que considere desnuclearizarse bajo presión occidental.

El régimen iraní lo ha leído con atención. Y la lección que ha extraído es transparente: la rendición sustantiva no produce supervivencia.

Produce, en el mejor de los casos, una prórroga. Cuando la Administración Trump exige que Irán entregue el «stock» completo de uranio enriquecido, desmantele Natanz, Fordow e Isfahán y renuncie de manera permanente a cualquier capacidad de enriquecimiento, no está pidiendo concesiones técnicas: está pidiendo que el régimen iraní renuncie a la única póliza de seguro existencial de la que dispone.

Y lo está pidiendo, además, en plena campaña militar, sin garantías creíbles, mientras Israel ejecuta asesinatos selectivos sobre el liderazgo religioso, científico y militar de la República Islámica.

Para Teherán, ceder no es un coste económico ni siquiera político. Es un coste existencial. Y los regímenes, incluso los regímenes débiles, no firman su propia desaparición.

II. La asimetría invertida del coste

La narrativa oficial de la Casa Blanca sostiene que el tiempo juega a favor de Washington. Es exactamente al revés.

La asimetría del coste, en esta guerra, está invertida respecto a lo que el sentido común estratégico sugiere.

Estados Unidos paga la guerra en activos visibles, medibles y políticamente costosos. El portaaviones USS Gerald Ford lleva más de trescientos días desplegado, batiendo el récord de despliegue continuado desde el final de la Guerra Fría, y debe ser relevado por el USS George H. W. Bush, que se aproxima al teatro circunnavegando África por el Cabo de Buena Esperanza porque el canal de Suez se ha vuelto inseguro.

El coste directo de la operación superó los 18.000 millones de dólares en marzo y el Pentágono ha solicitado al Congreso una asignación adicional de 200.000 millones.

El precio del crudo permanece elevado. La cadena de fertilizantes nitrogenados que cruza el Estrecho de Ormuz, de la que depende entre el 40 y el 50 por ciento del comercio marítimo mundial de urea, está rota, con consecuencias que se manifestarán en la próxima cosecha global.

Las primarias republicanas de las elecciones de medio mandato se acercan, y Trump no tiene una victoria narrable.

Irán, en cambio, paga la guerra en sangre, en infraestructura destruida y en hambre. Pero esos costes, por brutales que sean, no amenazan la supervivencia del régimen mientras el régimen no ceda.

La población iraní lleva décadas adaptada a la escasez, al aislamiento y al sacrificio nacional. La presión exterior, lejos de erosionar la legitimidad del régimen, tiende históricamente a consolidarla por efecto de cohesión patriótica.

La función de coste, vista desde Teherán, es lineal y sostenible. La función de coste, vista desde Washington, es exponencial y políticamente insoportable más allá de un horizonte de meses.

El tiempo no corre contra Irán. Corre contra Trump.

III. El liderazgo fragmentado como veto distribuido

Una de las lecturas más extendidas en los medios estadounidenses sostiene que la fragmentación del liderazgo iraní —Mojtaba Khamenei en la sombra, gravemente herido y sin capacidad efectiva de gobierno; el aparato de los Guardianes Revolucionarios tomando las decisiones operativas; el ministro de Exteriores Araghchi y el portavoz del Parlamento Ghalibaf negociando en Islamabad bajo coberturas atribuidas— es una debilidad estructural que aproxima al régimen a su colapso.

La lectura es errónea, y lo es por una razón sutil pero decisiva.

Un régimen sin centro no es un régimen incapaz de funcionar. Es un régimen incapaz de capitular.

La rendición sustantiva requiere una autoridad centralizada que pueda firmar un documento, garantizar su cumplimiento y arrastrar consigo al resto del sistema.

Cuando el supremo está incapacitado, los Guardianes mandan en el frente militar, los políticos negocian en Pakistán y los clérigos tradicionales del Qom religioso retienen capacidad de veto sobre cualquier renuncia al programa nuclear, lo que existe sobre el terreno no es una crisis de mando: es un veto distribuido.

Cualquier negociador con autoridad para ceder será inmediatamente acusado de traición por uno de los nodos restantes y descarrilado por la facción que se sienta excluida del acuerdo.

Hamidreza Azizi, investigador del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, lo ha formulado con precisión: la República Islámica funciona desde la guerra menos como una jerarquía organizada en torno a una figura dominante y más como una coalición línea-dura que gestiona simultáneamente la guerra, la diplomacia y la competencia interna.

En esa configuración, ningún actor puede ceder porque ningún actor tiene legitimidad exclusiva para hacerlo. Y la fragmentación, lejos de acelerar el desenlace, lo bloquea indefinidamente.

Trump atribuyó la fractura interna iraní a una supuesta debilidad de Teherán cuando los negociadores no aparecieron en Islamabad el 11 de abril.

La interpretación correcta es la opuesta: lo que falló no fue la voluntad iraní de cerrar un acuerdo, sino la inexistencia de una autoridad capaz de hacerlo en nombre de la totalidad del sistema. La administración estadounidense está negociando con un sujeto que estructuralmente no puede firmar.

IV. El manual aprendido: Rusia, los hutíes, el tiempo como arma

Irán ha estudiado los conflictos contemporáneos con un detenimiento que en Washington no se le reconoce.

La lección rusa de Ucrania es transparente: contra una potencia occidental con ciclo electoral corto, opinión pública volátil y aliados europeos divididos, el tiempo es el arma más eficaz.

No hace falta ganar. Basta con no perder lo suficientemente despacio para que el adversario consuma su capital político antes de consumir el de uno.

La lección hutí del Mar Rojo es complementaria. Una fuerza periférica, mal armada y técnicamente inferior, puede sostener durante años una negación efectiva de área marítima frente a la primera potencia naval del mundo si dispone de tres ingredientes: drones baratos, profundidad geográfica y voluntad política de absorber represalias asimétricas.

Irán reúne los tres en escala industrial. Las inteligencias estadounidenses estiman que Teherán conserva todavía el 40 por ciento de su arsenal de drones de largo alcance y el 60 por ciento de su capacidad de lanzamiento de misiles balísticos y de crucero.

Es un arsenal degradado, pero suficiente para mantener el bloqueo cruzado del Estrecho de Ormuz durante meses, quizá años.

La estrategia iraní no consiste en derrotar a Estados Unidos. Consiste en convertir cada semana de guerra en una semana en la que Trump pierde.

Pierde en los mercados, pierde en las primarias republicanas, pierde en la contención china en el Indo-Pacífico —donde el Pentágono no puede estar simultáneamente en dos teatros a plena potencia—, pierde ante una opinión pública que no entiende por qué el precio de la gasolina en Texas depende de un estrecho a 15.000 kilómetros. Cada día sin acuerdo es una victoria iraní, no una derrota.

El reloj militar lo controla Washington. El reloj político lo controla Teherán.

V. El enriquecimiento como soberanía

Queda el quinto vector, y es probablemente el más profundo, porque opera en un registro que la Administración estadounidense no parece capaz de procesar.

La línea roja iraní sobre el enriquecimiento de uranio no es sólo, ni principalmente, una cuestión de capacidad nuclear militar. Es una cuestión de soberanía simbólica.

Para un Estado que se construyó en 1979 contra la idea misma de protectorado occidental, renunciar al enriquecimiento bajo bombardeo equivale a aceptar la condición que el Shah aceptaba en los años setenta: la de país-cliente cuya política exterior, energética y militar es supervisada desde Washington.

La República Islámica puede sobrevivir a la destrucción de su marina, a la pérdida de su industria de defensa, incluso a la decapitación de su cúpula.

No puede sobrevivir a la renuncia pública, documental, verificable, de su atributo más visible de Estado-nación independiente. Sería el reconocimiento explícito de que la soberanía iraní es revocable cuando Washington decide que lo es.

Por eso la posición negociadora iraní —cantidad y nivel de enriquecimiento son materia abierta, la existencia del programa no— no es una postura táctica. Es una posición constitutiva.

El régimen puede negociar techos, plazos, inspecciones, incluso transferencias parciales. No puede negociar la renuncia al principio.

Y cuando Trump exige precisamente esa renuncia, traduciéndola en el lenguaje del desmantelamiento total, está exigiendo a Teherán que firme la abolición del Estado iraní tal como existió desde 1979.

Ningún régimen, ni siquiera uno acorralado, firma su propia colonización. Y este es el punto que la cancillería estadounidense, atrapada en una métrica de presión militar lineal, no consigue procesar.

Coda: el espejo libio que nadie quiere mirar

Volvamos al principio, a Kissinger y a su frase de noviembre de 1968. La cita, en su contexto original, era una advertencia a Nixon: si Estados Unidos abandonaba a Thieu en Vietnam del Sur, el mundo aprendería que la amistad con Washington es más letal que la enemistad.

Medio siglo después, el aforismo ha mutado de significado y opera ahora en sentido inverso, casi como un teorema de teoría de juegos para regímenes adversarios.

El régimen iraní, que tiene poco de admirable, ha hecho una lectura fría: la enemistad con Estados Unidos es peligrosa, pero las concesiones bajo coacción son fatales.

Trump diseñó la Operación Epic Fury asumiendo que tenía enfrente un Estado vencido. Tiene enfrente un Estado que ha decidido que perder despacio es la única forma de no perderlo todo.

Y la diferencia entre esas dos lecturas es, exactamente, la diferencia entre una guerra que termina y una guerra que no termina.

El error de cálculo no fue el de Teherán al resistir.

Fue el de Washington al suponer que la rendición es la consecuencia mecánica de la presión, cuando la historia reciente demuestra precisamente lo contrario: bajo presión existencial, los regímenes acorralados no se rinden, se atrincheran.

Y Estados Unidos, que en otro tiempo habría sabido distinguir una cosa de la otra, parece haber olvidado el manual.

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