A las seis de la mañana, la ciudad aún no ha decidido si pertenece a la noche o al día. Desde el ventanal de la habitación del hotel, el skyline se dibuja como una silueta firme sobre un cielo azul oscuro, todavía indeciso, apenas insinuando la llegada de la luz.
Abajo, el puerto respira con calma: las embarcaciones descansan sobre un agua ligeramente ondulada que devuelve, fragmentadas, las luces de farolas, edificios y del propio casino cercano.
Un coche patrulla atraviesa la gran avenida con la urgencia de quien sabe que el delito no entiende de horarios.
Algunas figuras solitarias caminan por el paseo marítimo, entre el puerto y el hotel, como si prolongaran la noche unos minutos más.
Otros, sin embargo, ya pertenecen al nuevo día: trabajadores tempranos, rostros anónimos que inician su jornada cuando la mayoría aún duerme.
Una pareja permanece sentada en un banco, ajena al paso del tiempo. Un hombre, a las puertas del casino, parece resumir en su postura el peso de una noche que quizá no ha terminado como esperaba.
Más allá, un grupo de jóvenes —mezcla de fiesta tardía y madrugada anticipada— se dispersa entre taxis y conversaciones apagadas.
Y, sin embargo, para mí, este amanecer no es solo una postal. Es el preludio de una jornada que, como tantas otras en estos años de ejercicio, marca un punto de inflexión.
He llegado a esta ciudad de la costa española por recomendación de un colega extranjero. No es la primera vez que el ejercicio del derecho penal me conduce a escenarios que, en apariencia, invitan más al descanso que al trabajo.
Pero esa es precisamente una de las paradojas de nuestra profesión: detrás de los lugares más luminosos suelen esconderse las situaciones más complejas.
Un posible cliente en prisión preventiva
El motivo de mi viaje ha sido la visita a un posible nuevo cliente en prisión preventiva. Una acusación grave, de las que condicionan no solo el futuro jurídico de una persona, sino también su vida entera. En estos casos, el primer contacto es decisivo.
No solo se trata de escuchar una versión de los hechos, sino de percibir matices, silencios y, sobre todo, la humanidad que hay detrás del procedimiento.
La cárcel, como espacio físico y simbólico, impone siempre una reflexión. En ella se concentran las consecuencias más severas del sistema penal, pero también sus límites.
Cada visita recuerda que el derecho penal no es una abstracción académica, sino una herramienta que incide directamente sobre la libertad, la dignidad y, en ocasiones, la esperanza de las personas.
Treinta y cinco años de ejercicio profesional no han diluido esa sensación inicial de responsabilidad que acompaña cada nuevo asunto.
«No solo se trata de escuchar una versión de los hechos, sino de percibir matices, silencios y, sobre todo, la humanidad que hay detrás del procedimiento».
Al contrario, la han intensificado. Cada caso relevante implica no solo la aplicación de conocimientos técnicos, sino también la gestión de expectativas, la toma de decisiones estratégicas y, en muchos casos, la capacidad de sostener a una persona en uno de los momentos más difíciles de su vida.
Es en estos desplazamientos, en estos fines de semana aparentemente robados al descanso, donde se hace especialmente evidente el sentido de la profesión.
Porque el abogado penalista no solo actúa en sala o redacta escritos; también observa, escucha, analiza y, sobre todo, se compromete.
Mientras el día comienza a abrirse paso y las primeras luces naturales sustituyen a las artificiales, pienso en la jornada que me espera.
Después de correr unos kilómetros por este mismo paseo marítimo vendrá el desayuno, la revisión de notas, la preparación de las siguientes actuaciones.
Es precisamente esta diversidad la que mantiene viva la vocación, la que impulsa a seguir aceptando encargos incluso cuando implican desplazamientos, fines de semana de trabajo o la renuncia a otros planes.
También es cierto que, con los años, se aprende a valorar de otra manera estos momentos. El amanecer visto desde la ventana de un hotel en una ciudad costera ya no es solo un instante estético; es un espacio de reflexión.
Cuando finalmente el sol termina de imponerse y las sombras se retiran, la ciudad se transforma. Lo que hace unos minutos era silencio y contemplación se convierte en actividad, en ruido, en rutina. Y yo, como tantos otros, me dispongo a formar parte de ese movimiento.
Regresaré a casa esta misma tarde, con la sensación de haber añadido un nuevo capítulo a una carrera que, lejos de agotarse, sigue ofreciendo desafíos.
Porque, al final, eso es lo que define al abogado penalista: la disposición constante a enfrentarse a lo desconocido, a asumir la responsabilidad de la defensa y a encontrar, en cada caso, una razón más para seguir ejerciendo.