In Memoriam | Fallece Enrique Bacigalupo

Cuatro consejos para granjearse una buena reputación ante los jueces
El conocido jurista hispano-argentino, Enrique Bacigalupo, ha fallecido hoy a los 88 años dejando tras de sí una escuela de alumnos; su muerte los ha hundido en la desolación pues hasta hace trres semanas dirigía seminarios. Foto: Confilegal.

16 / 07 / 2026 15:54

Actualizado el 16 / 07 / 2026 16:26

La ciencia del derecho penal pierde a uno de sus grandes penalistas: Enrique Bacigalupo, discípulo de Luis Jiménez de Asúa.También fue discípulo de los grandes penalistas alemanes Hans Welzel y Armin Kaufmann. Sin embargo, estoy convencido de que él habría querido que se destacara, por encima de todos, a su maestro español, Luis Jiménez de Asúa.

Estoy igualmente seguro de que, entre sus últimos recuerdos, ocuparon un lugar especial los años vividos en su querida Universidad de Buenos Aires y, muy especialmente, en el Instituto de Derecho Penal y Criminología. Allí participó en los seminarios dirigidos por Jiménez de Asúa —uno de los más grandes penalistas españoles y presidente de la República en el exilio— junto a un grupo de discípulos que marcaron una época. Entre ellos estaba Esteban Righi, el querido «Bebe», gran defensor de los derechos humanos y una de las personas más cercanas a Enrique, quien, al igual que él, también sufrió el exilio, en su caso en México.

Nos ha dejado hoy el último discípulo directo de ese otro gran penalista que fue Luis Jiménez de Asúa, y no me resulta nada fácil escribir estas líneas, pues tanto para mí como para tantos compañeros, colegas, amigos, del seminario que él venía dirigiendo desde hace más de cuatro décadas, Enrique Bacigalupo era una persona muy querida, entrañable, cercana, del que todos hemos podido aprender mucho, avivando la vocación de todos nosotros por la investigación y la dogmática, en el marco siempre del debate y la confrontación de ideas, así que su falta se sentirá muchísimo.

Hubo en el pasado cierta desinformación y falta de verificación que hizo que un sector del periodismo sometiera injustamente a esta gran persona y jurista que fue Enrique Bacigalupo a cierta persecución mediática con ocasión del caso Sogecable.

Estoy convencido de que si los autores de esa campaña de desprestigio, que naturalmente fracasó, hubieran tenido la oportunidad de conocer más a fondo a Enrique, el sentido de sus opiniones hubiera sido muy diferente.

No es este el momento de destacar sus innumerables reconocimientos institucionales, éxitos académicos y profesionales, así como su destacada formación intelectual. Era un auténtico maestro, en el más amplio sentido de la palabra, con cientos de discípulos en Europa e Iberoamérica, principalmente en su tierra natal, Argentina, y en España.

Nuestro querido Enrique – como le ocurrió también a su maestro Luis Jiménez de Asúa, que tuvo que exiliarse de España al acabar la guerra civil – tuvo que exiliarse de Argentina en 1974, con motivo de la dictadura y las depuraciones en la Universidad, la aparición de la «Triple A» y el asesinato selectivo de personas, poniendo rumbo a Bonn, en donde ya había estado anteriormente como consecuencia de diversas becas de estudio (como la beca Humboldt de investigación para trabajar bajo la dirección de Hans Welzel).

Finalmente, en 1978, vino a España, en donde, aparte de su labor docente e investigadora, destaca, sin duda, su labor como Magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, a la que se incorporó en 1987, siendo su presidente otra gran persona y jurista como fue Enrique Ruiz Vadillo, y en la que estuvo activo hasta 2011.

La labor jurisdiccional de Enrique Bacigalupo, a lo largo de estos 24 años de servicio como magistrado del alto tribunal, ha dejado una huella imborrable, pues supuso una innegable modernización dogmática, en materia de los principios de legalidad y culpabilidad, y en muchos de los aspectos de la teoría del delito, como la imputación objetiva, el dolo, el error, la autoría y participación, la tentativa y, en general, con importantes aportaciones en materia de derechos fundamentales en el marco del Estado democrático de Derecho, tan amenazado hoy por ciertas tendencias autoritarias que desnaturalizan su esencia.

En general, sus sentencias, en las que se refleja un perfecto conocimiento y manejo de la dogmática penal moderna, como base para la elaboración de la doctrina jurisprudencial, que a mi juicio es la verdadera esencia del Tribunal Supremo, están impregnadas de una pedagogía democrática y constitucional, muy comprometida con las garantías del Estado democrático de derecho y la idea de humanización del derecho penal.

Las experiencias de Enrique Bacigalupo en los seminarios alemanes de Hans Welzel y Armin Kaufmann, a finales de la década de los 60 y principios de los 70, le permitió seguir esta misma actividad académica en España, Madrid, a partir de 1983, y hasta la actualidad, dirigiendo siempre el seminario y sus discusiones con el mayor respeto de la libertad de pensamiento.

Han sido, pues, 43 años de un seminario muy fructífero, con debates sobre numerosas materias propias de la filosofía jurídica, el derecho constitucional, derecho penal y procesal penal. Los primeros quince años en el CEU –hoy Universidad San Pablo CEU– y el resto, 28 años, en el Instituto Universitario de Investigación Ortega-Marañón.

Siempre recordaré la siguiente frase, tan repetida por él, y tan cierta: nada es más práctico en el ejercicio de las profesiones jurídicas que una sólida dogmática. Algo que siempre anima, como debe ser, al estudio de las teorías, que nos deben permitir alcanzar soluciones razonables de los asuntos a resolver, naturalmente siempre dentro de la ley.

Me gustaría destacar, para terminar estas palabras in memoriam de Enrique Bacigalupo, tres de sus aptitudes, que constituyen un verdadero ejemplo y un gran legado de su persona.

La coherencia, permanentemente, en su comportamiento y en sus actitudes, con los ideales, valores y la concepción humanista que siempre defendió, y que algún que otro disgusto le costó en el pasado. Coherencia que se percibía hasta en sus actitudes más cotidianas, sin contradicciones, algo tan ausente hoy en día en personajes públicos, que dicen una cosa, presumiendo incluso de respetar ciertos ideales democráticos, humanitarios, y se comportan y hacen justo lo contrario.

En verdad, según la conocida cita del psicólogo suizo Carl Jung, “el hombre es lo que hace, no lo que dice”, son nuestras elecciones, nuestros actos, los que marcan nuestra personalidad, algo que en el caso de Enrique, por sus actos, por su forma de ser y de actuar, no ofrecía duda su coherencia con los valores y principios democráticos por él siempre defendidos.

Otra de las aptitudes de Enrique que quería destacar es su capacidad de convencer con sólidos argumentos para llegar a soluciones razonables.

Precisamente, su última ponencia en el seminario, que tuvo lugar el 4 de mayo pasado, se refirió a “La interpretación de la ley penal y el principio de legalidad”, destacando la función legitimante de los métodos de interpretación y la argumentación jurídica, pues es claro que hace ya tiempo que el juez no es un mero aplicador mecánico de la ley.

Enrique, con frecuencia, recordaba que no es posible afirmar, como lo hiciera, el filósofo alemán von Kirchmann, en 1848, que “tres palabras correctoras del legislador y toda una biblioteca se convierte en basura”, pues el sistema dogmático, aunque en permanente evolución, tiene un carácter supranacional y, por tanto, no está condicionado por el respectivo código penal.

Y otra de sus aptitudes tiene que ver con la capacidad que ha tenido para liderar, dirigir un seminario, antes mencionado, con participación de un gran grupo de personas, juristas, de diferentes sensibilidades, sin que jamás se haya producido el más mínimo enfrentamiento o desencuentro entre los mismos, conscientes todos de algo tan básico, pero lamentablemente muchas veces olvidado en la sociedad actual que vivimos, como es la libertad de pensamiento y el respeto de quien opina de forma diferente.

Algo que debería ser el modelo a seguir en otros entornos de esta sociedad tan polarizada y encrespada, cuyos dirigentes políticos son incapaces de acercar posiciones en asuntos de Estado.

Qué difícil es despedirse de quien ya no va a estar con nosotros, desde la profunda tristeza que ello provoca, aunque dejando un legado de ejemplaridad y de defensa del Estado democrático de Derecho y del derecho humanitario, que perdurará durante mucho tiempo, además de ese legado familiar que ha dejado, con dos hijos extraordinarios, uno de ellos, Silvina, excelente penalista también, y con tres nietas y un nieto igualmente extraordinarios, de los que se sentía, con toda razón, tan orgulloso.

Quede patente aquí, pues, la admiración por este jurista/penalista universal y gran persona que fue Enrique Bacigalupo, que seguirá de alguna manera entre nosotros.

DEP querido Enrique.

Sus restos mortales han sido trasladados al Tanatorio Parcesa La Paz, Autovía de Madrid a Colmenar Viejo (M-607), salida 20.

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