Hay estrategias jurídicas y luego está el ingenio castizo aplicado a Schengen, ese invento europeo que convirtió las fronteras en una sugerencia amable y, de paso, en un coladero útil para quien sabe leer el mapa con picardía.
Elisa Mouliaá no huyó del país como Puigdemont en 2017; hizo algo más sutil, más ibérico: volver sin que nadie la estuviera esperando.
Un “Puigdemont” al revés, vaya.
El 16 de junio, el magistrado Arturo Zamarriego firmó lo que en cualquier guion clásico sería el punto de no retorno: orden de busca y captura tras tres plantones consecutivos. Tres. Ni uno ni dos, tres, como los avisos antes de cortar la luz.
El mensaje era cristalino: a la próxima, no hay excusas, hay esposas.
A partir de ahí, aterrizar en un aeropuerto español era poco menos que presentarse voluntaria en una comisaría con maletas. Demasiado obvio, demasiado fácil. Y en esta historia, lo obvio no cotiza.
Dos días después, dice Dubái. Vuelo EK193 de Emirates. Salida a las 14:00, llegada a Lisboa a las 19:40, es lo que pone ella hizo subiendo un pantallazo a la red.
Hasta aquí, rutina de clase business y redes sociales. Lo interesante empieza cuando decide no coger ese cómodo salto aéreo de una hora a Madrid. Porque una hora puede ser eterna si al final del trayecto te espera una orden judicial.
Así que no voló. Condujo.
“Había quedado con amigos en Lisboa… y volvimos en coche”, explicó a la salida de Plaza de Castilla, como quien cuenta un fin de semana de vinos verdes y sobremesas largas. Solo que, entre copa y copa, había una orden de detención flotando en el aire.
Schengen, ese viejo sueño europeo nacido tras siglos de guerras absurdas, permite cruzar de Portugal a España sin más trámite que cambiar de gasolinera.
Ni sellos, ni policías, ni preguntas incómodas. La Historia, siempre irónica, ofrece a veces herramientas que no estaban pensadas para esto, pero funcionan.
Puigdemont lo entendió en 2017, cuando salió por carretera hacia Francia mientras el Estado afinaba los instrumentos.
Mouliaá ha hecho lo mismo, pero en dirección contraria: elegir cuándo, cómo y por dónde someterse a la Justicia. No escapar de ella, sino domesticar su timing.
Porque de eso va todo esto: del momento.
El origen del embrollo está en la querella de Íñigo Errejón, que no es precisamente un recién llegado a los laberintos del poder.
Mouliaá le acusó públicamente de influir en testigos de una causa por presunta agresión sexual. Él respondió como suelen responder quienes conocen bien el sistema: con tribunales.
El magistrado citó. Ella no fue. Primera vez: baja médica. Segunda: más de lo mismo y una incomodidad evidente por coincidir con Errejón. Tercera: Dice que Emiratos Árabes Unidos, que siempre suena mejor que decir “no voy”.
Zamarriego, que probablemente ha visto este guion demasiadas veces, dejó de comprarlo.
“Clara e inequívoca voluntad de sustraerse a la acción de la Justicia”, escribió. Traducción libre: se acabó el teatro.
Y, sin embargo, aquí estamos.
Mouliaá compareció finalmente el 24 de junio. Entró andando, no detenida, a los Juzgados de Madrid. Eligió la escena, el encuadre y el momento de su propia rendición. Y pidió perdón muy compungida, como una niña que ha sido mala. A la salida, ya empoderada, dejó otra frase para el repertorio: “No estamos en Corea del Norte”.
Una comparación siempre eficaz cuando uno quiere convertir un procedimiento judicial en un problema político. También afirmó que no hubo dolo: que creía que lo que decía era cierto. La fe, ya se sabe, es un argumento peligroso en los tribunales, donde lo que importa no es lo que uno cree, sino lo que puede probar.
Y no perdió la ocasión de señalar agravios comparativos, ese deporte nacional: “No me he presentado hasta hoy como no se ha presentado tampoco el novio de Ayuso…”.
España, donde cualquier causa acaba pareciéndose a otra, aunque no tenga nada que ver.
Ahora la pelota vuelve al tejado del magistrado Zamarriego, que deberá decidir si impone medidas cautelares. La acusación pide lo de siempre en estos casos: comparecencias periódicas, cada quince días, como quien ficha en una oficina gris para recordar que la Justicia tiene memoria.
Mientras tanto, queda el dato incómodo, casi admirable en su ejecución: antes de sentarse ante el juez, Mouliaá logró regresar a España sin que la orden de detención se ejecutara. No por fuerza, sino por cálculo. No por rebeldía, sino por precisión.
Entró por Portugal, en coche, sin ruido.
Como quien sabe que, en este país, a veces no gana el más inocente ni el más culpable, sino el que mejor entiende dónde están —y dónde no— las puertas.