En abril de 1943, los británicos dejaron flotando en la costa de Huelva el cadáver de un tipo vestido de militar y unos documentos en una cartera que anunciaban un desembarco aliado en Grecia y en Cerdeña.
La idea era que aquellos papeles acabasen en manos alemanas, por aquello de la famosa neutralidad española, y que los gamados se preparasen para defender los lugares equivocados.
Porque el verdadero objetivo era Sicilia.
El supuesto oficial se llamaba William Martin, aunque jamás había existido, ya que bajo aquel uniforme estaba en realidad un tal Glyndwr Michael, un galés fallecido en Londres al que los servicios secretos habían proporcionado esta nueva identidad.
Además, como había muerto de neumonía, el fluido en los pulmones de este hombre concordaba con el hecho de que hubiese permanecido en el agua durante mucho tiempo, dándole pábulo a la trola.
Y para hacerlo todo aún más creíble, añadieron cartas de una novia imaginaria y varios recibos de compras, porque no bastaba con ponerle galones, sino que también había que darle una vida corriente.
Que no sólo de pan vive el hombre.
La operación se llamó ‘Mincemeat’ (traducida como “carne picada”) y vaya si funcionó, porque los alemanes se tragaron la película y movieron las tropas al lugar equivocado.
El truco consistía en que creyeran haber descubierto un secreto por sus propios medios, cuando en realidad alguien había preparado cuidadosamente lo que iban a encontrar.
Una mentira resulta mucho más convincente cuando uno piensa que ha sido muy listo al descubrirla.
Muchos años después, una operación bastante menos patriótica utilizará un mecanismo parecido, pero en esta ocasión no habrá ni cadáveres ni desembarcos.
Sino acciones de una empresa mexicana, millones de dólares y un recién nombrado socio de un conocido despacho al que ofrecieron lo que cualquier ‘solicitor’ recibe con alegría.
Un cliente con muchísimo dinero para gastar en servicios jurídicos.
Pero para entender cómo acabó todo esto ante los tribunales de Su Graciosa Majestad, conviene empezar por el principio y ver la operación que lo puso todo en marcha.
UN PRÉSTAMO CON ACCIONES EN GARANTÍA
En la primavera de 2021, don Ricardo Salinas Pliego necesitaba obtener dinero con mucha urgencia.
Este empresario mexicano de éxito, fundador del Grupo Salinas, tenía una participación importante en Elektra, compañía dedicada, entre otras actividades, al comercio y a los servicios financieros.
El problema es que, como es bien sabido, poseer acciones valiosas no significa que su valor esté disponible en la cuenta corriente.
Para convertir esas acciones en dinero contante y sonante, uno puede venderlas o pedir un préstamo ofreciéndolas como garantía, como si se tratara del piso de la suegra.
En este segundo caso, las acciones sirven para asegurar la devolución del dinero prestado, sin que pedir el préstamo equivalga, por sí solo, a venderlas, claro está.
Bueno, pues resulta que el equipo de Salinas comenzó a buscar financiación de altos vuelos y, tras pasar por varios intermediarios, llegó a una entidad llamada Astor Capital Fund.
Y esta gente, pues, les habló de sus vínculos con la fortuna de la familia Astor, apellido nuevayorquín que, en ciertos ambientes, abre más puertas que una ganzúa.
Se presentaron, además, dos hombres llamados Gregory Mitchell y Thomas Mellon, gente de bien, con trajes caros y seguramente con unos toques de Brummel, porque en las distancias cortas es donde una colonia de hombres se la juega.
Así que, estando todos de acuerdo, el contrato de préstamo se firmó el 28 de julio de 2021 y, como todo buen contrato de financiación, se sometió al derecho de Inglaterra y Gales y a sus tribunales.
Según el acuerdo, una sociedad de Salinas llamada Corporación RBS recibiría de Astor Asset Management 3 un préstamo equivalente a unos 115 millones de dólares, entregado en cinco pagos.
Y Salinas aportaría como garantía acciones de Elektra por un valor de unos 415 millones.
Además, dos entidades, Weiser y Tavira, debían custodiar estas acciones durante la vigencia del préstamo.
Para entendernos, su función era guardar los títulos conforme a lo pactado, porque cuando se deja algo valioso en depósito, importa tanto quién lo guarda como lo que está autorizado a hacer con ello.
EMPIEZAN LAS SOSPECHAS
Según explicó después Eduardo Salceda, responsable de inversiones del grupo RBS, en octubre de 2021 ya habían recibido algún aviso inquietante.
Porque una de las depositarias, Weiser, había trasladado parte de las acciones según instrucciones de Astor.
Los de Salinas protestaron y, pocos días después, los intermediarios les informaron que las acciones habían sido devueltas.
Salceda creyó que aquello había sido un error o un simple malentendido.
Pero los supuestos “errores” continuaron.
Y es que durante los siguientes años el equipo de Salceda seguía de cerca las compraventas de acciones de Elektra en el mercado bursátil.
Había detectado distintas ventas importantes cuyo origen no lograba identificar.
Los de Salceda temían que alguien estuviese colocando en el mercado precisamente los títulos que debían permanecer a buen recaudo.
En abril de 2024, Tavira les aseguró que seguía custodiando las acciones conforme a lo pactado.
Sin embargo, las cuentas no cuadraban con sus registros.
Así que el 10 de junio de 2024, Salinas escribió a Astor reclamando información sobre los títulos y recordándoles a los depositarios que no debían disponer de ellos.
La respuesta de Astor, lejos de tranquilizarles, fue que no se metieran en sus relaciones con los custodios y que dejaran de molestar, que ya está bien.
Viendo el percal y oliendo a cuerno quemado, Salinas ofreció entonces devolver el préstamo anticipadamente para recuperar sus acciones, lo que tampoco resolvió el problema.
Así que sus abogados encargaron una investigación externa para ver quién estaba realmente detrás de Astor.
Y por ahí empezó a desmontarse el tinglado.
SE DESTAPA LA TRAMA
Porque, como ya se habrán imaginado, el problema es que todo era un engaño mayúsculo.
En efecto, los nombres del personal eran más falsos que Judas y correspondían en realidad a Vladimir Sklarov y a su colaborador, Alexey Skachkov.
Dos auténticos especialistas del tocomocho, en versión financiera de gran calibre.
Lógicamente, las sociedades implicadas tampoco pertenecían a la familia Astor, aunque sus nombres pudieran sugerirlo.
Según la reconstrucción de los hechos, las valiosas acciones en garantía pasaron de ser custodiadas por las entidades encargadas a ser vendidas a terceros en el mercado secundario.
De hecho, una parte del dinero obtenido de estas ventas se destinó a los pagos del préstamo para que Salinas siguiera tragando.
Ahí está la gracia de esta historia, precisamente.
Porque Salinas había aportado sus acciones para asegurar el dinero que iban a prestarle, mientras que una parte de ese préstamo acabó pagándose con lo obtenido al vender esas mismas acciones.
Imaginen que usted deja sus joyas como garantía y que quien le presta las vende para entregarle parte del dinero prometido.
Y, como si se tratara del gran Tamariz, pues niano, niano y las joyas desaparecen con el resto de la pasta.
En fin, dejamos aquí el caso porque lo que viene a continuación les va a sorprender, y mucho.
Porque, como casi siempre, lo mejor aún está por llegar.
Así que hasta la semana que viene, mis queridos anglófilos.