Opinión | Los papeles de Ceuta: El Estado sabía; el Gobierno insiste en que no

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos, analista y consultor internacional, analiza las contradicciones entre los informes oficiales sobre la crisis de Ceuta y la versión mantenida por el Gobierno. Imagen: Confilegal.

3 / 09 / 2026 05:38

«Los hechos son cosas tozudas; y cualesquiera que sean nuestros deseos, nuestras inclinaciones o los dictados de nuestras pasiones, no pueden alterar el estado de los hechos y de las pruebas» John Adams, alegato en defensa de los soldados de la Masacre de Boston, diciembre de 1770.

El 2 de septiembre por la mañana, el ministro del Interior de España pidió al director general de la Policía que le confirmara si existe un informe elaborado por la Policía.

No es una errata.

Por la tarde llegó la respuesta, y conviene leer sus tres piezas en el orden exacto en que Interior las comunicó: primera, que la juez que instruye la causa ordenó en su día a los investigadores no facilitar a sus superiores «información alguna» sobre la elaboración y el contenido de dicho informe; segunda, que ese mismo miércoles la magistrada había autorizado por fin el acceso de los mandos al documento; y tercera, que «no existe informe policial alguno» que atribuya a las fuerzas de seguridad marroquíes la planificación o ejecución de lo sucedido en Ceuta.

Recapitulemos el silogismo ministerial: el informe existe, estaba bajo secreto judicial, los mandos acaban de poder leerlo, y no dice —asegura Interior— lo que quienes lo han publicado citan de él entre comillas.

El ministro preguntó a la Policía por un informe de la Policía, y la Policía le respondió que ningún informe suyo dice lo que ese informe, ya impreso en todas las redacciones, dice. Hay épocas que se retratan en una batalla. La nuestra cabe en un requerimiento interno con acuse de recibo.

Escribí a principios de agosto que el seísmo de Ceuta ya había pasado y que lo que venían eran las réplicas —políticas, jurídicas, diplomáticas—, y que las réplicas a veces derriban lo que el primer temblor solo agrietó.

La primera réplica grande acaba de llegar, y no ha venido de Rabat: ha venido de los archivos del propio Estado español. Conviene leerla despacio y con oficio, porque los papeles conocidos estos días abren dos expedientes distintos que la conversación pública está mezclando. Y mezclarlos es la manera más eficaz de diluirlos los dos.

Qué dicen los papeles (y qué no dicen todavía)

El primer expediente es el exterior. Según el informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras (CENIF) remitido a la juez de la Audiencia Nacional María Tardón —que investiga si los hechos de julio son constitutivos de un delito contra la independencia del Estado— y que obra también en poder de la Fiscalía, la entrada de 72.000 personas en Ceuta los días 30 y 31 de julio no fue una avalancha: fue una operación planificada y ejecutada por las fuerzas de seguridad marroquíes, en la que «la finalidad migratoria fue solo la cobertura formal».

Gendarmes uniformados habrían guiado las oleadas a las órdenes de agentes de paisano que controlaban el terreno; el objetivo habría sido colapsar el sistema de control fronterizo y neutralizar la capacidad de respuesta del Estado; y el documento conecta la operación con la reivindicación territorial de Rabat sobre Ceuta y Melilla, además de describir efectos de contrainteligencia que habrían alcanzado al propio CNI.

No es el único papel sobre la mesa. Desde finales de agosto, el grupo de hackers Jabaroot —cuyo historial de filtraciones sobre las tripas del Majzén ha ido resultando, hasta la fecha, incómodamente verídico— viene publicando lo que presenta como órdenes de misión de agentes desplazados a Castillejos antes y durante los hechos, junto a listados con decenas de miles de nombres de dos agencias de seguridad marroquíes, y señala a los responsables de la operación con una precisión de cortesía dinástica: «el rey no sabía nada».

Apliquemos ahora a estos papeles el mismo rigor que exigí cuando jugaban en contra de mi hipótesis.

Un informe de inteligencia es una valoración profesional, no una sentencia; los documentos de Jabaroot siguen sin verificación independiente, aunque varios servicios europeos trabajan en ella; y la propia inteligencia española sostuvo inicialmente un diagnóstico más benigno —Marruecos permitió, aprovechó y franqueó la entrada, pero no la planeó— que el informe del CENIF viene ahora a endurecer.

Ese endurecimiento del diagnóstico oficial, de la pasividad cómplice a la operación dirigida, es en sí mismo un dato, y de los grandes.

En agosto escribí que la hipótesis de la instrumentalización no estaba oficialmente acreditada pero merecía tomarse completamente en serio, y que, de confirmarse, su nombre técnico era coerción híbrida. Un mes después, esa hipótesis ya no es de columnista: es de la inteligencia policial española, por escrito y en sede judicial. Sigue sin ser un hecho probado. Ha dejado de ser una especulación.

El expediente doméstico: cuatro versiones y una ministra sola

El segundo expediente es el que debería quitarnos el sueño, porque no va de lo que hizo un país extranjero, sino de lo que dijo el nuestro.

Reconstruyamos la cronología, que es corta y no necesita adjetivos. Los días 28 y 29 de julio, el CENIF —el mismo CENIF— firmó dos informes que advertían de un riesgo elevado de entrada masiva en Ceuta durante el día 30, apuntaban la forma en que se produciría y contemplaban que fueran miles de personas.

El 29 de julio, según declaró después la ministra de Defensa en el Congreso, el CNI trasladó a la Delegación del Gobierno la existencia de una convocatoria para entrar a nado al día siguiente.

El 30 y el 31 entraron 72.000. Y en los primeros días de agosto, el Gobierno fijó su versión: «es una evidencia que no teníamos información».

Esa versión ha necesitado cuatro reparaciones en un mes, y cada reparación la ha empeorado.

El 25 de agosto, Margarita Robles reconoció en sede parlamentaria el aviso del CNI; el ministro del Interior, ese mismo día, aseguró no haber visto «ningún aviso que alertara de una entrada de estas dimensiones».

Cuarenta y ocho horas después, el ministro de la Presidencia y Justicia cerró filas con Interior ante la Comisión Mixta de Seguridad Nacional: el Gobierno no tenía «información ni previa ni precisa de la magnitud», el origen fueron dos bulos y la sentencia del Supremo —el termómetro, otra vez, culpable de la fiebre—, y, esto conviene citarlo entero, «no existe ninguna evidencia de que Marruecos haya liderado o haya impulsado la entrada masiva de personas en la frontera de Ceuta el 30 y 31 de julio». Remató recetando a la oposición «un curso acelerado de diplomacia básica».

Seis días después, el informe de la Policía de su propio Gobierno llegaba a la mesa de una juez sosteniendo exactamente lo contrario.

La cuarta reparación es la de este miércoles, y supera a las tres anteriores porque ya no discute valoraciones: discute literales.

El director general de la Policía, que según el propio comunicado no tuvo conocimiento previo del informe porque la juez lo mantuvo fuera de su alcance, certificó —horas después de poder leerlo por primera vez— que «no existe informe policial alguno» que atribuya a las fuerzas marroquíes la planificación o ejecución de lo ocurrido.

Nótese la precisión del desmentido: no niega que el documento exista; niega que diga lo que dice. Pero el informe está publicado y entrecomillado, y sostiene que la finalidad migratoria fue la cobertura formal de una operación planificada y ejecutada por esas mismas fuerzas.

O los medios que lo difundieron citan un papel fantasma, o el desmentido niega lo que cualquier lector puede cotejar.

No hay tercera hipótesis, salvo una jurídicamente exquisita: que el documento no cuente como «informe policial» del Ministerio porque pertenece a la policía judicial, que en el ejercicio de esa función no depende del ministro sino de la juez, por mandato del artículo 126 de la Constitución.

Si esa es la escapatoria, concede lo esencial: el papel existe, y no es del Gobierno; es del sumario.

Y de propina el director rebajó el aviso del CENIF del 29 de julio a una «alerta de riesgo frecuente» que «no incluyó alusión alguna a una posible entrada masiva el día siguiente».

Los documentos publicados dicen otra cosa, y el lector puede cotejarlos, porque a estas horas están en todas las redacciones. Queda en pie, además, intacto y reconocido en sede parlamentaria por la ministra de Defensa, el aviso paralelo del CNI de ese mismo 29 de julio.

De modo que el desmentido no desmiente los papeles: los multiplica, porque añade a la lista el papel que los desmiente.

Seamos ecuánimes con la defensa gubernamental, que tiene un flanco serio y hay que concederlo. Es verosímil que nadie anticipara la cifra: 72.000 personas no las predijo ningún informe, y el matiz «de la magnitud» es la trinchera semántica donde el Gobierno ha decidido resistir.

Pero los informes del 28 y del 29 no eran horóscopos: fechaban el riesgo, describían el modo y hablaban de miles. La distancia entre «no sabíamos cuántos» y «no teníamos información» es la distancia entre un matiz y una coartada.

Y lo de la evidencia ya no admite trinchera: cuando el ministro de la Presidencia proclamó que no existía ninguna, su colega de Defensa había reconocido el aviso del CNI dos días antes en el mismo Parlamento, y los dos informes del CENIF llevaban un mes en los archivos del ministerio cuyo titular ha necesitado preguntar por oficio qué dice su propia Policía, para obtener por respuesta que no dice lo que está publicado.

Hace dos semanas elogié aquí, desde la acera de enfrente, a Margarita Robles, y defendí su silencio sobre Rabat como ética de la responsabilidad: a una ministra de Defensa no se le puede exigir que analice en voz alta como un think tank.

Aquella distinción se ha vuelto operativa antes de lo que pensaba. Una cosa es no acusar al vecino mientras la acreditación no llega —eso es prudencia—, y otra proclamar que la evidencia no existe mientras se acumula en los archivos del propio Gobierno —eso es negación—.

Robles practicó la primera sin incurrir en la segunda: calló sobre Marruecos y dijo la verdad sobre lo que el Estado sabía. Sus colegas invirtieron la fórmula: exculparon al vecino y negaron los papeles propios. Y el Gobierno, obligado a elegir entre ambas conductas, cerró filas con la negación y dejó sola a la única que había dicho la verdad.

Pocas veces un Consejo de Ministros retrata con tanta limpieza su escala de valores.

Queda una dimensión de este expediente que no está en los papeles sino en la calle. El ciudadano español ha demostrado un aguante que roza lo geológico: tolera la bronca perpetua, la corrupción convertida en sección fija de los diarios, el deterioro institucional asumido como paisaje.

Muchas de esas cosas no debería tolerarlas, y las tolera. Lo que ningún electorado ha perdonado nunca, en cambio, es la tomadura de pelo. Y sostener durante un mes que 72.000 personas cruzaron una frontera internacional en 48 horas porque unas mafias difundieron dos bulos —mientras los papeles del propio Estado decían otra cosa en los archivos oficiales— no es una versión discutible: es una tomadura de pelo de dimensiones históricas. Se puede gobernar contra la oposición. No se puede gobernar mucho tiempo contra la inteligencia de los gobernados.

La mentira sale gratis

Al lector jurista le debo la parte árida, que es adonde esta columna quería llegar.

En España, mentir a las Cortes en una comparecencia ordinaria no es delito. Nuestro Código Penal solo castiga el faltar a la verdad ante una comisión parlamentaria de investigación —artículo 502.3: prisión de seis meses a un año o multa de doce a veinticuatro meses—, y ninguna de las declaraciones de estas semanas se ha producido ante una: el Pleno, las comparecencias voluntarias y la Comisión Mixta de Seguridad Nacional quedan fuera del tipo.

Tampoco existe entre nosotros un equivalente general del 18 U.S.C. §1001 estadounidense, que castiga con prisión las declaraciones materialmente falsas ante los poderes federales, ni opera la convención británica del Ministerial Code, conforme a la cual el ministro que induce a error al Parlamento a sabiendas debe poner su cargo a disposición del primer ministro.

La consecuencia institucional merece enunciarse despacio: en nuestro sistema, la verdad de un gobernante solo adquiere relevancia penal si una mayoría parlamentaria decide constituir la comisión de investigación ante la que declararla bajo apercibimiento; de modo que la aritmética que hoy blinda las versiones oficiales no es un accidente del calendario, sino la única muralla del relato.

Y conviene recordar, de paso, que el artículo 76 de la Constitución no reserva esa facultad al Congreso: también el Senado puede constituir comisiones de investigación, la comparecencia ante ellas es obligatoria, y allí las mayorías son otras. El incentivo, mientras tanto, está perfectamente diseñado para producir lo que estamos viendo: negar cuesta cero, rectificar cuesta el cargo, y declarar bajo amenaza de pena solo le ocurre a quien se queda sin votos que lo impidan.

¿Y los tribunales? Precisemos, porque aquí la precisión es más demoledora que la brocha gorda.

El expediente exterior ya tiene juez: la magistrada Tardón instruye unas diligencias en las que el informe del CENIF es una pieza más, y de esa instrucción saldrá —o no— la acreditación que la prudencia exigía en agosto.

El expediente doméstico, en cambio, no tiene hoy más sede que el hemiciclo. Si de la instrucción emergieran indicios de responsabilidad penal de miembros del Gobierno —terreno en el que no me adelantaré ni un milímetro—, la arquitectura constitucional tiene prevista su llave: el artículo 102 reserva a la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo la exigencia de responsabilidad criminal del presidente y de los demás miembros del Gobierno, y el camino procesal ordinario sería la exposición razonada de la instructora.

No me corresponde decirle al Supremo lo que debe hacer, y no lo haré. Describir dónde ha colocado el constituyente cada llave, en cambio, es exactamente el oficio de estas páginas. Hoy el balance es este: la operación extranjera tiene juzgado; la negación española, de momento, solo tiene taquígrafos.

Hay, con todo, un dato de este miércoles que a un viejo juez de instrucción no se le escapa, porque vale más que todos los desmentidos juntos: la magistrada ordenó a los investigadores no facilitar a sus propios superiores «información alguna» sobre el informe.

Quien ha instruido causas sabe leer esa orden. Un instructor blinda una investigación frente a quienes pueden comprometerla; si el blindaje se dirige hacia arriba, hacia la cadena de mando del propio Ministerio del Interior, es porque el riesgo apreciado no estaba fuera del Estado, sino dentro.

Y el mismo día en que la juez levantó esa reserva, el ministerio del ramo salió a negar públicamente el contenido de una pieza que obra en el sumario que esa reserva protegía.

Desautorizar ante la opinión pública el trabajo de los propios investigadores, con la instrucción abierta y a las pocas horas de acceder a él, admite varios nombres, y el lector escogerá el suyo; a mí me basta con constatar que ninguno de los que ofrece el diccionario es tranquilizador, y que los funcionarios del CENIF que firmaron esos papeles trabajan, desde hoy, sabiendo lo que su jerarquía hace con sus firmas.

Bruselas ante sus propios papeles

Queda el tercer piso del edificio, que es el europeo. Los 22 Estados miembros que en agosto encontraron tiempo para firmar una carta señalando las decisiones españolas como factor de atracción de la avalancha tienen ahora sobre la mesa un informe policial que atribuye al subcontratista de la frontera sur una operación deliberada contra la frontera exterior de la Unión, ejecutada con gendarmes y dirigida a colapsar la capacidad de respuesta de un Estado miembro.

Hagamos el ejercicio de sustitución que propuse en «El socio incómodo»: si este informe hablara de Bielorrusia y de Polonia, mañana habría declaración conjunta, la expresión «ataque híbrido» abriría los telediarios y el reglamento de instrumentalización se activaría sin que nadie preguntara por su base jurídica.

Hablando de Marruecos y de España, la doctrina aplicable sigue siendo la «gestión migratoria», y el silencio con el proveedor sigue siendo exquisito.

El vaticinio que dejé escrito en agosto —Rabat cobrará esta crisis y la Unión responderá con otro cheque— se está auditando en tiempo real; añado ahora su cláusula de cierre: si después de un informe así la respuesta europea vuelve a ser el cheque y el silencio, la asimetría dejará de ser un sesgo para convertirse en doctrina asumida. La frontera sur se alquila, y las consecuencias las paga el inquilino.

Lo que las pasiones no alteran

John Adams pronunció la frase que encabeza esta columna en el encargo más impopular de su carrera: la defensa de los soldados británicos de la Masacre de Boston, ante un jurado al que la ciudad entera pedía una condena.

Les recordó que ni los deseos, ni las inclinaciones, ni los dictados de las pasiones alteran el estado de los hechos y de las pruebas. Ganó el caso y, con él, algo más duradero: la demostración de que un Estado de Derecho se mide por su capacidad de dejar que los hechos incomoden al relato dominante, sea el de la calle o el del poder.

Los hechos de Ceuta ya están en los papeles: dos informes que avisaron, uno que reconstruyó, una instrucción que los examina. Lo que queda por saber no es qué pasó —eso se irá acreditando, o no, ante la juez—, sino si nuestras instituciones están dispuestas a que los hechos alteren sus relatos: el del Gobierno que dijo no saber, el de la Unión que prefiere no mirar al sur, el del vecino que niega mientras sus propios archivos se desangran en la red.

En agosto escribí que Rabat lleva medio siglo leyendo los sismógrafos de Europa. Los papeles de estos días obligan a corregir el foco: los sismógrafos españoles funcionaron; registraron el temblor con dos días de antelación y con la forma exacta de la onda.

Lo que falló no fue el instrumento, sino la mano que decidió tapar la aguja. Y un Gobierno que tapa sus propios sismógrafos no se protege de los terremotos. Solo se protege de enterarse.

Aunque quizá proteger ya no sea el verbo: cuando la aguja se tapa después de haber registrado el temblor, lo que se busca es otra cosa que el lector sin duda tiene ya en la mente.

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