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¿Por qué algunos hombres maltratan y matan a las mujeres?

¿Por qué algunos hombres maltratan y matan a las mujeres?
Yolanda Díez Herrero es experta en ciberdelincuencia y violencia de género
08/11/2015 09:17
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Actualizado: 12/2/2016 09:38
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Las cifras de mujeres asesinadas por parejas y ex parejas sigue en aumento y es, en la actualidad, un tema que, aunque odioso, se debate a diario en medios de comunicación. 

Y a pesar de todas las medidas llevadas a cabo, el caso de víctimas asesinadas por sus parejas sigue en aumento.

Y la sociedad se pregunta: ¿Por qué algunos hombres maltratan y matan a las mujeres?

Los hombres que matan a sus parejas actúan con plena conciencia. 

Un estudio del CGPJ concluye que sólo el 8,8% de los casos tenían como atenuante las drogas o las alteraciones psíquicas.

Estos hombres no están locos o tienen sus facultades psíquicas alteradas, ni son drogadictos o alcohólicos, sino que actúan no solo con premeditación, sino con plena conciencia de lo que las acciones que llevan a cabo. 

Se puede afirmar que, en todo caso, son extremadamente violentos. Así lo afirma un estudio del grupo de expertos en Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ)

El estudio analiza que en ocho de cada diez asesinatos, el agresor utilizó un solo procedimiento o medio de ataque (v.gr. puñaladas, por axfisia o tirando a la víctima por un balcón) y el 26,1% restante, combinó dos y hasta tres tipos de agresión para acabar con la vida de la victima.

Además, según el CGPJ, en 55 de los 147 homicidios analizados, el agresor utilizó sus propias manos y mató a su víctima estrangulándola o con objetos contundentes, precipitación o inmersión en agua.

En cuanto al grado de violencia, el Informe explica que en los casos en los que se ha asesinado con un arma blanca, el autor había apuñalado a la víctima una media de dieciséis veces, lo que denota la evidente «brutalidad de la acción «, como expresión incontestable de un elevado nivel de violencia en la ejecución de los hechos.

Otro dato a considerar es el relativo a que los maltratadores que se convierten en asesinos por violencia de género suelen tener entre 31 y 65 años, tal como se deduce de las sentencias relativas a homicidios y asesinatos producidos en materia de violencia machista. 

En la mayoría de los casos existía previamente maltrato, y se había inferido agresiones físicas y verbales a la victima antes de producirse el homicidio. 

Otro dato habitual es que la muerte de la misma se produjo sin testigos. En algunas de estas sentencias se lleva a cambo una descripción de cómo son, y cómo actúan los hombres que maltratan y matan a las mujeres.

A título de ejemplo, se puede contar el caso cierto de Celso o «El día que vaya a por ti te voy a matar».

Celso había mantenido una relación de dos años con su víctima. Desde el comienzo de la convivencia, el procesado fue sometiendo a su compañera sentimental a continuos malos tratos físicos y psíquicos, y constantes vejaciones.

Pasado un tiempo, ella acabó con la relación y le denunció por primera vez pero «él la mantenía en un clima profundo de hostigamiento, sometimiento, y temor, ya que pretendía mantener una constante comunicación con la víctima, que trajeron como consecuencia la reanudación de la relación, hasta que un año después, ella rompió de manera definitiva con él.

Celso continuó acosando a su víctima insistentemente. 

En uno de estos episodios, un mes antes de matarla, se acercó a ella mientras estaba en la playa de Nerja, le quitó el teléfono móvil y le borro todos los mensajes «intimidatorios» que ella recibía de él. 

Después, paso «su mano por su cuello en tono intimidatorio». 

Ella acudía siempre a la Comisaría de Policía a denunciarle siempre que ocurría un incidente de estas características, y en uno de los atestados policiales se recogió el siguiente mensaje que Celso le había enviado: «Porque te has reído de mí, vas a pagar por eso, te voy a quitar la vida, me da igual el Policía que va contigo, el día que vaya a por ti te voy a matar, vas a pagar todo el daño que has hecho, te voy a mandar a tu país en un ataúd, sea cuando sea, te matare».

El día que le mató, él espero a que el agente policial que siempre la acompañaba en sus desplazamientos la dejara en el bar donde trabajaba de camarera. Celso entró en el local y le asestó 18 puñaladas, había cumplido sus amenazas. 

Fue condenado a 18 años de prisión por un delito de homicidio, malos tratos continuados, amenazas graves y malos tratos físicos.

Otro caso que evidencia la violencia derivada de este tipo de acciones es el de Justiniano, o “¿Qué? ¿ Se ha muerto ya?”.

Tras quedarse viudo, Justiniano, que por entonces tenia 57 años, volvió a casarse con la mujer a la que una década después acabaría matando. 

Al prejubilarse como conductor de autobuses, el matrimonio se trasladó de Las Palmas de Gran Canaria a Lanjaron (Granada). 

Él nunca permitía que ambos se sentaran juntos a la mesa, ni cuando les visitaba la familia de ella.

Exigía que mientras él estuviera comiendo, su esposa le sirviera y la ayudara con los cubiertos. 

Él consiguió que ella dejara de ver a su familia, y cuando proyectaba un viaje para ver a sus allegados, él siempre le decía que estaba enfermo y reclamaba su presencia y su atención.

Seis meses antes de matarla, y tras una discusión, Justiniano la pidió el divorcio. 

Siguieron viéndose porque él continuamente le llamaba para que le limpiara la casa y le cuidase. «La situación de angustia» en que se encontraba ella, hizo que un día acudiera a la Concejalía de Bienestar de su localidad diciendo, que no quería ser un número más, en clara referencia a la triste estadística de mujeres muertas a manos de sus parejas.

Los que le atendieron, agentes, técnicos, señalaron en el juicio «el estado de miedo, de auténtico pánico que tenía a Justiniano por lo que pudiera hacer, o por cómo reaccionaría si llegaba a enterarse de las actuaciones que ella había emprendido.

Cuando por fin ella había decidió denunciarle, él le reclamó una última vez más para que le acompañara al hospital. 

En el viaje de vuelta, golpeó a un camión tras un adelantamiento brusco. Ambos vehículos se pararon en el arcén de la autopista, momento en el que el aprovechó para salir del vehículo y alejarse de él en dirección contraria mientras gritaba: «¡Este hombre está loco, me va a matar!”.

Tras comprobar ambos conductores que no había daños, Justiniano se montó en el vehículo y se dirigió «marcha atrás, hacia su víctima, quien caminaba de espaldas al vehículo. Cuando se acercó a ella acelero bruscamente y la arrolló pasándole por encima».

Tras atropellarla, bajó del coche y despreocupado por la suerte de su ex esposa, que había quedado malherida en el pavimento, se puso a caminar. 

Los conductores que pararon comenzaron a realizarle maniobras de reanimación, mientras él la contemplaba impasible y hasta en dos ocasiones les preguntaba de forma despreciativa: “¿Qué? ¿Se ha muerto ya?”. Justiniano fue condenado a 24 años de prisión por asesinato, violencia familiar habitual y maltrato.

Una de las teorías más aceptadas para explicar por qué algunos hombres agreden y matan a sus mujeres se atribuye a la producción de esta tipología de acciones, a la posesividad sexual masculina

Según varios estudios, esa característica refleja la asunción por parte del hombre de su derecho y autoridad para controlar lo que percibe como suyo y, desde este punto de vista, la violencia machista, el asesinato incluido, es el resultado de un intento de limitar por la fuerza la independencia y la autonomía femenina

En la gran parte de los casos, la muerte de la mujer es parte de un plan premeditado. En un estudio publicado recientemente en Agression and Violent Behaviour, y titulado «La maté, pero nunca le puse un dedo encima», dos investigadoras del Colegio Emek Yezreel de Acula, (Israel), sostienen que el asesinato no es el clímax de una escalada violenta, sino un fenómeno distinto al maltrato con distintas motivaciones, en el que concurren diferentes factores de riesgo, y además, un estado mental singular.

«Hablando, actuando, en todo, la mujer tiene más fuerza. La única fuerza del hombre son sus puños…». Para apoyar su tesis, Ruhama Goussinsky y Salir Yassour-Borochowitz entrevistaron a 36 hombres, 18 eran violentos con sus mujeres, y otros tantos habían sido condenados por matarlas o por haberlo intentarlo. 

En sus declaraciones, los simples maltratadores muestran una disposición completamente distinta a la de los homicidas o asesinos, según dichas autoras. 

Los primeros actúan impulsados por la esperanza de que la violencia les servirá para mantener controladas a sus mujeres. y en los segundos predomina la desesperación ante la pérdida de la pareja. 

Cabe destacar que las explicaciones y las justificaciones con las que los hombres tratan de dar carta de naturaleza a sus actos, recogidas en el artículo, son más allá de lo inaceptable, sencillamente espeluznantes.

Así, entre otrass afirmaciones se encuentra aquella en la que se dice lo siguiente: «Mira yo era el soberano en casa». 

Lo decidía todo, si decidía comprar, se compraba, si decidía que íbamos a salir, salíamos. Yo mandaba y ella obedecía. 

No había ninguna confrontación y la vida era genial. Entonces, de repente, empezó a inmiscuirse, diciendo que sí a esto y no a lo otro, y ¿porqué? ¿por qué compraste esto, y no eso otro?, ese tipo de cosas. Me sacaba de mis casillas cada vez minaba más mi autoridad y por eso la golpeaba una y otra vez”.

En los casos de maltratadores, la violencia es una herramienta para mantener a la mujer sometida a sus deseos.

Frente a lo barato jurídicamente, hablando de una manera coloquial, que sale el maltrato, el asesinato tiene un coste muy elevado para quien lo perpetra, algo que, junto al hecho de que se destruye el objeto que se quiere controlar, hace que las investigadoras se inclinen por caracterizarlo principalmente como un fenómeno de carácter separado. 

En este caso, las declaraciones de los asesinos, que en un 75% de los casos actuaron ante la intención de la mujer de abandonar al hombre, reflejan una desesperación por la pérdida de lo que, según ellos, es lo único que da sentido a sus vidas.

«No podía vivir, no podía funcionar sin ella… No tenía nada que perder. Todo lo que tenía que perder era ella, y lo perdí y ya está, y no quería nada más… Y cuando decidió dejarme, ya no tenía nada que perder, no me quedo nada y la maté».

En estas circunstancias, explica Goussinsky, se inicia una cascada de fenómenos y sentimientos que pueden acabar en el asesinato: ”Cuando la separación se concibe como una pérdida de identidad, del yo; cuando la realidad está vacía de otras fuentes de significado; cuando la concepción de la masculinidad, que incluye el poder, el honor y el control, convierte la propia dependencia de una mujer en una experiencia de debilidad e impotencia, entendida como un golpe humillante al orgullo masculino; cuando el sentimiento de necesidad se añade a una personalidad rígida; cuando la rigidez se añade a la agresividad, cuando la agresividad justifica el amor, y cuando el amor legitima los peores tipos de actos bajo el disfraz de un ideal social. Cuando todos estos factores se combinan, se dan unas condiciones de alto riesgo».

El homicida o asesino justifica sus actos atribuyéndolo a una pérdida de control momentánea, la mayor parte de los hombres llegaron al lugar del crimen con armas de fuego, armas blancas o algún objeto contundente. 

El acto violento tenía la intención de acabar con la muerte de la mujer, por lo tanto, no es la pérdida de control lo que mejor caracteriza las circunstancias del crimen. Más bien, es el resultado de la elección de perder el control.

Por todo ello, y a modo de conclusión y de reflexión final, cabe preguntarse: ¿Qué les pasa a estos hombres que siguen sintiéndose dueños del cuerpo, del tiempo, de la sexualidad, la autonomía, la palabra, el pensamiento, el dinero, los hijos, el amor, los sueños, y en definitiva de la vida de las mujeres?

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