PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

La importancia del palimpsesto para conocer la obra del jurisconsulto Gayo

En arqueología se llama palimpsesto a un yacimiento que presenta mezcla de estratos, impidiendo a los arqueólogos saber cuál es el superior y cuál el inferior. Y algo parecido significa en la literatura, donde los palimpsestos o códices rescripti son manuscritos, generalmente en pergamino, que conservan rastros de una escritura anterior que ha sido borrada o raspada expresamente para dar lugar a una nueva.

El origen del término palimpsesto se encuentra las raíces griegas pálin, que significa nuevamente, y psân, que equivale a borrar.

Los palimpsestos son como testigos mudos, pero explícitos, de los avatares históricos que sufrieron muchas obras. Y aunque su origen se remonta a la Roma imperial, éstos se convierten en habituales entre los siglos VIII y X, debido a la escasez de pergamino y al incremento del número de copias de libros. Este borrado de manuscritos se produjo especialmente en los monasterios cristianos y las obras más afectadas fueron los clásicos griegos y latinos considerados profanos, lo que ocasionó la destrucción de numerosos documentos de la Antigüedad. Afortunadamente, la aparición del papel en Europa, en el siglo XII, permitió conservar muchos códices que de otra manera hubieran desaparecido.

Aunque se conocía su existencia, los palimpsestos no vieron la luz hasta el siglo XVII, cuando el francés Jean Boivín descubrió en la Biblioteca de París el llamado Codex Ephraemi, cuyo texto escrito en el siglo XII, eran unos tratados de san Efraín de Siria. Sin embargo, un análisis posterior reveló que bajo esos textos se encontraba una Biblia griega del siglo V.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

A partir de entonces y gracias a técnicas especiales como la aplicación de tintura de agallas mediante un pincel o la llamada tintura de Giobert de sulfidrato de amoníaco, descubrimos otros palimpsestos famosos como La República de Cicerón, encontrada bajo el Comentario de San Agustín a los Salmos; el Ambrosiano de Plauto del siglo V, que tenía sobrepuesto el Libro de los Reyes del siglo VI o un trabajo matemático de Arquímedes, sobre el que se había escrito un texto litúrgico en el siglo XII, por citar sólo algunos.

Sin embargo, para el mundo del Derecho, el más célebre de los palimpsestos, es el que descubrió el historiador alemán Berthold Niebhur, en la Catedral de Verona en 1816. En él se encontraron las Institutas del célebre jurisconsulto romano Gayo. Estas estaban imperfectamente raspadas y sobre ellas se habían escrito en el siglo IX las epístolas de san Jerónimo.

A través de las Institutas descubrimos de manera precisa y directa el derecho clásico romano. Se trata de un manual de derecho dedicado a la enseñanza.

Hasta ese descubrimiento, apenas conocíamos otra cosa de las Institutas de Gayo, que lo contenido en el Digesto, las Instituciones de Justiniano, y alguna que otra cita, pero gracias a Niebhur, la obra de Gayo vio la luz después de más de quince siglos, convirtiéndose en una fuente documental de primera mano para el conocimiento del derecho romano clásico.

PUBLICIDAD

Del análisis de los textos de Gayo, algunos juristas sostienen que no estaba muy al tanto de la evolución doctrinal de la época y que no era más que un simple autor de manuales de derecho. Otros, en cambio, los más, afirman que fue un gran profesor de Derecho, ya que todas las obras que redactó tenían una clara finalidad docente.

Lo cierto es que Gayo, a diferencia de los jurisconsultos de su época, no desempeñó cargos públicos, y tampoco gozó del ius publice respondendi, que era la autorización que se otorgaba a los juristas para dar opiniones en nombre del emperador. Pese a ello, sus Intitutas alcanzaron gran difusión durante el Imperio romano, siendo utilizada hasta la época de Justiniano.

Y algo más debía tener este famoso jurisconsulto, puesto que fue incluido, junto a Ulpiano, Paulo, Modestino y Papiniano, en la famosa ley de citas de 426, que regulaba que los juristas ante los tribunales, podían citar las obras de estos maestros como referencia de autoridad. Ellos eran el “jurado de difuntos”, y su opinión era irrefutable.

PUBLICIDAD