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La elección de Puigdemont y la posverdad

Carles Puigdemont dando un mitin en Bruselas. EP.
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El desencuentro político y dialéctico entre el Gobierno central y el de Cataluña es innegable. Como también lo es el hecho de que la sociedad catalana está dividida en dos grandes bloques: independentistas y constitucionalistas. Sin embargo, alrededor de estas verdades incuestionables se suceden muchos mensajes alejados de la realidad política, social, económica y, especialmente, judicial. Eso que llaman posverdad, término seleccionado por el Diccionario Oxford como la palabra más relevante de 2016.

Este eufemismo de posverdad no hace más que maquillar o minimizar una mentira. Incluso se puede ir más allá y asegurar que se trata de construir mentiras más creíbles que la verdad, donde los hechos objetivos sean menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia popular.

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Y así, se suceden los días con mensajes intencionados, que han calado en la sociedad, y que logran desviar la atención sobre el verdadero problema actual de Cataluña: Carles Puigdemont, pese a ser el candidato que puede sumar más escaños, no podrá ser el presidente de la Generalitat.

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No lo digo yo.

Lo dicen los propios letrados de la Mesa del Parlamento catalán.

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Por eso, los líderes de Junts per Catalunya, la plataforma electoral de Puigdemont, siguen intentando desviar la atención sobre esa realidad y construir otra paralela.

Lo suyo es intentar construir relato creíble, verosímil, sobre la posibilidad de que Carles Puigdemont vuelva a ser investido presidente de Cataluña. Para ellos se amparan en la aparente multiplicidad de verdades y rechazando las resoluciones judiciales, los dictámenes de letrados de sus propias instituciones u olvidándose, por momentos, de la Constitución.

Son muy concientes de que al ser humano siempre le ha gustado escuchar buenas historias, aunque estas no siempre sean reales.

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Esto les ha impulsado a dar otro giro de tuerca a sus mensajes e intentar sembrar dudas sobre la condición de «inmunidad» de la que gozan los diputados, en clara referencia al ex presidente de la Generalitat y diputado electo, Carles Puigdemont, huido en Bélgica y que tiene una orden de arresto si pisa territorio español.

Tanto es así que la Fiscalía General del Estado se ha visto en la necesidad de aclarar que la protección de los parlamentarios «no comporta inmunidad jurisdiccional alguna, fuera del aforamiento ante el tribunal competente».

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Además de insistir en que esa inmunidad no le exime de cumplir con «La garantía de la inmunidad no significa que no se pueda ordenar el ingreso en prisión por orden judicial, se refiere exclusivamente a la detención policial».

Todas estas diferentes teorías sobre si Puigdemont puede gobernar telemáticamente desde Bruselas, lo único que consiguen, que no es poco, es crear un futurible, que de no cumplirse, como se prevé, generará una gran frustración en las personas que hayan apostado por ello.

Es cierto que “la política no es otra cosa que el arte de mentir intencionadamente”, como aseguraba Voltaire, pero disfrazarlo de posverdad, no es más que otra mentira.

Y es que, como subraya, el coronel Pedro Baños en su libro “Así se domina el mundo”, la posverdad no es más que una ““prementira”, “multimentira”o “plurimentira”, pues «lo que principalmente llega al público no es más que una gran falsedad disfrazada de verdad”.

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