Un minuto para nuestros hijos

José María Garzón, abogado, es socio director de Garzón Abogados.

2 / 03 / 2018 06:10

Actualizado el 25 / 09 / 2018 12:03

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En este espacio hemos dado cabida a un sinfín de artículos sobre cuestiones de derecho. Nos resulta fácil poder hablar de cuestiones jurídicas de las que día a día resolvemos o desarrollamos en nuestro trabajo.

Sin embargo, hoy vamos a hablar de algo en lo que se funda de manera muy importante el derecho que es la educación.

Me surge esta cuestión porque estoy estudiando matemáticas con mi hijo. Algo a lo que cada vez estamos menos acostumbrados y que sin embargo nos reporta muchísimas satisfacciones.

Al menos a mí. Sólo el hecho de trasmitir el conocimiento debería por sí sólo ser lo suficientemente satisfactorio para poder sentarse junto a tu benjamín y dedicarle unas pocas horas de tu tiempo.

Sé que esta sociedad en la que vivimos nos deja demasiado poco tiempo para ello y que nuestros hijos, según van creciendo, y lo sé por experiencia porque tengo dos que están desarrollando sus estudios universitarios, obtendrán una autonomía buena para ellos y sin duda para nosotros.

Pero lo anterior no debe impedirnos exprimir al máximo las mieles de los ratos que nos ofrezcan. Son tan importantes las paradas en los estudios para contarnos sus inquietudes como la propia materia que están aprendiendo.

Se sentirán cerca y sabrán contarte unas confidencias que si no te ven “como de su grupo” no lo van a hacer.

No significa que seamos sus amigos. Como dice un buen amigo mío, juez de menores para mayor gloria, nosotros somos sus padres y así nos tienen que ver. No somos colega, tío, bro ni cualquier otro calificativo.

Somos sus padres con mayúsculas y cuando examinamos con ellos el partido del sábado debían de sentirnos tan cerca como cuando vemos las matemáticas o la química, o el inglés o la música, o como cuando nos habla de la chica aquella que se sentó durante todo un entrenamiento a ver como lo hacíamos.

Eso también es hacer derecho. Enseñarles la diferencia entre lo normal y lo correcto. Enseñarles normas de comportamiento. Enseñarles también lo importante de la obediencia debida. O de la conciliación democrática frente a la imposición.

O ¿vamos a criticar lo que nuestros políticos hacen en la calle o en las instituciones cuando en casa no sabemos aplicarnos nuestra propia medicina?.

Hace unas semanas un gran amigo me dio una receta que por obvia me había pasado desapercibida no en el fondo sino en su formulación, el principio de autoridad tiene como base el principio del ejemplo propio.

El ejemplo es el principio de la autoridad

Nuestros hijos van a ver en nosotros lo que hacemos por ellos e imitarán comportamientos. Esto no es un invento nuestro. Ni siquiera de la rama del conocimiento que exploto.

Lo es de la psicología. Pero esa psicología no es más que la constatación de la realidad.

Si un hijo ve que somos capaces de ceder de nuestro propio tiempo en su beneficio a la postre hará lo propio en su vida particular. Si ve que ayudamos a los demás a mejorar como personas, veréis como sin duda él hace lo mismo.

Y eso hace derecho. Porque ese carácter se forjará desde pequeño para evitar los conflictos. Para dialogar en caso de discrepancias. Para no usar de la fuerza como arma arrojadiza, pero para no sentirse pequeño ante los abusos.

Si somos capaces de transmitir tesón y fuerza para conseguir los objetivos serán adultos que no se vendrán abajo frente a las frustraciones. Es lo que los expertos llaman la tolerancia o intolerancia a las frustraciones.

Verán que no es importante que es lo que obtengan, sino que con esfuerzo cualquier meta se puede alcanzar.

Da igual si su carrera la desarrollan por ciencias, por letras, por humanidades o artes escénicas.

Todos tenemos cabida en esta sociedad.

Pero lo importante es que sepamos apreciar como lo importante la propia esencia del ser humano.

Ver como los resultados de las dichosas matemáticas coinciden con lo correcto no solo satisface al alumno, lo hacen al maestro. Y a la familia. Ver graduarse a un hijo te llena de orgullo y satisfacción como diría el Monarca.

Aunque todos sabemos que el mercado laboral esté muy complicado, la preparación debe ser un orgullo no sólo para encontrar trabajo sino también como producto de una realización personal.

Al igual que un deportista que entrena con tesón ve sus resultados más temprano que tarde, el trabajo bien hecho salta a la vista. Y da sus frutos, y si los compartimos con nuestros hijos verán que les importamos.

Muchas veces me siento celoso de lo próximos que mis tres hijos se encuentran a su madre. Es un estadio natural de intimidad, de buscar consejo en aquello que ven dudoso. Todo aquel tiempo que les ha dedicado, la vida se lo ha devuelto con creces. Y eso es hacer también derecho porque el ejemplo cunde con celeridad. Y la costumbre es uno de los principios generales del derecho.

Acostumbrarse a hacer importante al de al lado, engrandece no solo la sociedad que desarrollas, entendiendo como la célula más importante la familia. Hablar no sólo de lo bueno sino también de lo malo dignifica ese espacio. Y eso hace que nos sintamos reconfortados en el modelo.

Modelo que exportaremos a nuestra familia cuando la tengamos.

Y a nuestra empresa.

Y a nuestro grupo de amigos.

Y ¿por que no? al resto de la sociedad.

Obviamente no todo es un camino de rosas. No nos encontramos todos los días del mismo humor, pero la alegría de ver caer la lluvia tras los cristales y al calor de un buen fuego del hogar compensa cada contestación de adolescente, cada berrinche de infante, cada rabieta de bebé o cada frustración de joven.

La familia es como un partido de fútbol en el que los defensas de los hijos van a intentar que no les colemos goles, como ellos van a intentar colárnoslos.

Y algunos nos dejaremos porque sólo desde la generosidad vamos a poder crear la confianza para que entiendan que el míster es el míster porque aprendió antes de ellos.

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