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Arde París, llora Europa

Arde París, llora Europa
La catedral de Notre Dame en llamas. El autor de esta bella columna es Ricardo Rodríguez, magistrado.
21/4/2019 06:15
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Actualizado: 20/4/2019 23:50
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El 15 de abril ardió Notre Dame. Al parecer, un fallo en el sistema eléctrico en los ascensores que se habían instalado en los andamios para arreglar el tejado.

Arrasada por el incendio la techumbre de vigas de roble del Siglo XII, uno de los tesoros de la catedral que no estaba a la vista de los visitantes, una inmensa estructura situada en el techo de la catedral, de cien metros de largo por trece de ancho en la nave y diez metros de altura, conformaba una suerte  de ático, alrededor de mil trescientas vigas, cada una de  las cuales procedía de un árbol distinto, estimándose que para su construcción fue necesario cortar unas veintiuna hectáreas de bosques… y de ahí su nombre: “el bosque”.

¡Qué horror!

Ver caer el pináculo del Siglo XIX, su aguja central de Viollet-le-Duc, con noventa y tres metros de altura y quinientas toneladas de madera, consumido por las llamas nos causó más que tristeza, verdadera congoja.

Los rosetones quedaron dañados.

Ardió durante más de doce horas y asistimos, impotentes, como los bomberos –más de cuatrocientos- no podían sofocar las llamas.

Y gracias a dios que no se hizo caso a las ocurrencias que nos tiene acostumbrados un presidente americano que no entendía como no se había echado agua desde aviones cisterna.

Las piedras se hubieran hinchado, en consecuencia pesado más… y se hubiesen derrumbado, cual castillo de naipes, las dos grandes torres y los laterales de la catedral.

Hubiésemos perdido, para siempre, la bella Notre Dame.

SU SUERTE SE DECIDIÓ ENTRE UN CUARTO DE HORA Y MEDIA HORA 

Según el secretario de Estado de Interior, consultados los expertos, “se jugó entre un cuarto de hora y media hora” ya que, de seguir el incendio, se hubiese colapsado, venido abajo.

Nuestra Señora, dedicada a la Virgen María, es más que la catedral de París.

Es una de las más bellas catedrales góticas de Europa.

El Papa Alejandro II puso la primera piedra en 1163 y no se concluyó hasta 1365. En ella han sucedido hechos que nos han marcado: la beatificación de Juana de Arco, la coronación de Napoleón antes de su conquista europea, el réquiem por el general Charles de Gaulle, quien dirigió la resistencia frente a Hitler y uno de los políticos más respetados de la reciente historia de Francia.

Ha resistido a la Revolución francesa -que, primero, la quería desmontar piedra a piedra para venderlas, y posteriormente ser usada como almacén y granero-, a las bombas de la I Guerra Mundial y al nacismo –recuérdese como Hitler, ante el avance de los aliados, ordenó destruirla, como la Torre Eiffel y otros grandes monumentos parisinos (¿quién no recuerda la maravillosa película “Arde parís” de René Climent?)…, gracias a dios que el general alemán encargado de tal atrocidad, el gobernador de París, Dietrich von Choltitz, no se atrevió a ejecutar tal monstruosa orden…, y sus campanas sonaron el 26 de agosto de 1944 anunciando la liberación de París.

Protagonista de obras literarias como El jorobado de Notre Dame, del gran Víctor Hugo –obra, que, por cierto, se ha agotado en todas las librerías y tiendas de chamarileros-, inspiró a los impresionistas (Pisarro, Monet) y fue una fuente de inspiración para Picasso en uno de sus lienzos más hermosos, “Notre Dame de París” (1954).

MÁS QUE UNA CATEDRAL 

Pero es que Notre Dame es algo más que una catedral, es un símbolo de Europa.

Más allá de la religión católica –que también– es un símbolo de nuestra cultura, de nuestra filosofía, de nuestras tradiciones, de nuestra forma de pensar.

El silencio, las lágrimas y un rezo constante, rodilla en tierra, en la noche más oscura de París. Pena y llanto de miles, de decenas de miles de personas, con independencia de sus creencias.

Espanto, angustia y una emoción contenida en París, en Francia, en toda Europa, en el resto del mundo.

Los detalles del incendio pasaron a un segundo plano, las inquietudes políticas parece que quedaron sin importancia.

La alocución del presidente de la República, Emmanuel Macron, espectacular, llena de sentimiento, de emoción… y de esperanza: será reconstruida –afirmó- en cinco años.

Y se cumplirá, no lo duden.

¡Cuánto tienen que aprender nuestros políticos!

Unidad política en el patriotismo, en un mensaje al mundo, a la historia. Contribuye, sin duda alguna, que los límites entre religión y Estado estén fijados desde 1903. Antes que nada, el interés nacional, los símbolos de la Nación.

La “pausa política” pedida por Macron fue aceptada por todos los políticos, se suspendió la campaña para las elecciones al Parlamento europeo. Volverá, sin duda, el tiempo de la política, de las querellas, de los infundios. Pero no ahora.

Los bomberos, la cadena humana que formaron con peligro de sus vidas (una vez más, los bomberos héroes como en el 11-S en Nueva York, aunque esta vez sin víctimas), lograron salvar la mayoría de las obras de arte que albergaba, aunque se han perdido algunas ya para siempre (un trozo de la corona de espinas de Jesucristo, una reliquia de san Dionisio y otra de santa Genoveva que estaban en el gallo que coronaba el pináculo), otras intentarán restaurarse: sus grandes lienzos (alrededor de sesenta pinturas de los Siglos XII al XVIII), la Piedad (también conocida como “El descendimiento de la Cruz”) de Nicolás Coustou.

Pero lo que ardió en la noche del 14 de abril no fue una catedral, fue un universo entero.

En la época de la construcción de las catedrales se entendían como el lugar en el que podía sentirse la presencia de Dios.

La luz filtraba por sus hermosos e inmensos rosetones y vitrales y adquiría una textura que casi podía tocarse.

Los rezos y los cantos –también invisibles en origen- predisponían a la experiencia sagrada de una puesta en escena magistral que aún hoy emociona.

Las fuentes de financiación, el origen de sus arquitectos que desarrollaron ese arte sigue siendo un misterio y un desafío para los especialistas, no sabemos sus nombres, no se guardan los planos.

Es la pátina de lo sagrado, de lo extraordinario, lo antiguo, lo lejano lo que hace que sea una obra singular e irrepetible lo que sucumbió ante nuestros ojos.

Hay un aura consumida para siempre en esta tragedia.

Pero Nuestra Señora, como símbolo, no puede destruirse, ni el fuego puede con ella. Sabemos que Notre Dame se reconstruirá y volverá a ser magnífica.

No lo dudamos: no es una esperanza, es un convencimiento.

Y, como símbolo, permanecerá intacto mientras nosotros, los europeos, sigamos apreciando el legado de esta catedral, de lo que todas las catedrales representan: de nuestra historia, de nuestra cultura, de lo que somos, de todo lo que ha hecho que Europa exista, de sus valores, de los derechos humanos.

Nos viene el recuerdo del inicio de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea: ”Consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad…”.

Notre Dame resurgirá de sus cenizas, más bella, más hermosa que nunca y como símbolo de la Europa que queremos.

No lo duden, reitero, es un convencimiento… y Europa más unida que nunca (esto sí, es un deseo, una profunda ilusión).

 

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