El nudismo, el intercambio de parejas y el vegetarianismo, fueron «herejías» perseguidas por la Santa Inquisición

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Durante más de cuatrocientos años la Inquisición estuvo vigente en España. Era un Tribunal de excepción creado por la Monarquía, que estaba legitimado por la Iglesia, y que era competente en los casos de herejía, llamados delitos de lesa majestad.

Desde el siglo XV hasta principios del XIX aquel que cometía un delito de herejía estaba cometiendo el crimen más grave de los que se podían consumar porque se atentaba directamente contra el propio Dios.

Y Dios era la fuente misma del poder, por lo que afectaba al Estado y, en consecuencia, al Rey, ya que éste había sido elegido por el Altísimo.

Así se entendía entonces.

Fueron numerosas las herejías que en aquellos tiempos desafiaron el dogma, la verdad absoluta y revelada, construida por los representantes del Santo Oficio.

Entre los delincuentes «en materia de fe», que así se denominaban, se encontraban los limosneros, los magos, los adivinos, los blasfemos, los excomulgados, los apóstatas, los judíos, los sarracenos y, en resumen, todos los infieles.

HEREJÍAS QUE ERAN DELITOS

Entre las herejías consideradas como delitos estaban los menandrinos, que afirmaban que el mundo no era obra de Dios sino de los ángeles.

Los nicolaítas, que tenían la costumbre de intercambiarse las esposas, siguiendo el ejemplo de Nicolás, que ofrecía su hermosa mujer a quien la deseara.

Los ofitas, del griego ophis, serpiente, que adoraban a la serpiente porque, según ellos, a través suyo había entrado la inteligencia en el paraíso.

Los adamitas, que imitaban la desnudez de Adán, viviendo en comunidad desnudos hombres y mujeres, lo que hoy denominaríamos colonia nudista.

Los tacianos, que detestaban la carne, o sea que eran vegetarianos.

Los maniqueos, discípulos del persa Manes, que admitían dos naturalezas y dos sustancias, la del bien y la del mal.

O los patricianos, que afirmaban que el diablo era el creador de la sustancia de la carne humana.

El fin último de las penas que imponían los Tribunales del Santo Oficio —que no eran Justicia ordinaria— no era otro que aterrorizar al pueblo, amenazándolo con penas terribles e infamantes, extendiendo las penas a los descendientes, e incluso sancionando a los muertos y a los ausentes.

Lo cuenta muy bien Ricardo Juan Cavallero en su libro «Justicia Inquisitorial».

¿Y cómo se financiaba la Santa Inquisición?

Pues con la confiscación de los bienes de los herejes cuando eran detenidos, o de las limosnas que los denominados «reconciliados», aquellos supuestos herejes que habían salvado la vida por los pelos, se veían obligados a dar al Santo Oficio para reconciliarse con la Iglesia.

Limosnas que eran, en realidad, multas, y que los condenados pagaban muy gustosos, conscientes de haber salvado la vida y la mayor parte de su patrimonio.

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