José Mateos Mariscal es padre de dos hijos, una chica, Jasmina, que ahora tiene 19 años y un chaval, Leandro, de 15. Está casado con María Coral Hernández.
Mateos fue una de las víctimas de la crisis de 2008. Perdió todo. Su empresa de estructuras metálicas en el Polígono de Argales, Valladolid, donde daba empleo a 20 personas, su chalé con piscina y su coche.
«La cadena fue la habitual: no consigues cobrar a quien vendes, no puedes pagar a los proveedores y pronto las deudas te asedian. Los bancos no aceptan los pagarés de quien te debe dinero… Todo mi patrimonio era mi aval. Debía 400.000 euros y también me adeudaban. Varios desahucios se llevaron mi vivienda, la empresa, todos mis bienes…», cuenta.
«Nos tocó llorar mucho, pero mucho, y no te puedes venir abajo porque tienes dos niños pequeños que dependen de ti. Es una impotencia muy grande. No puedes rendirte. Tienes que sufrir para que ellos salgan adelante», añade.
A Alemania se fueron con unas ligeras nociones de la lengua.
«Un idioma complicado de aprender», reconoce.
Después de dar muchos tumbos, en 2013 encontraron en aquel país la estabilidad que en su propio país no pudieron conquistar durante los cinco años siguientes a 2008.
Mateos consiguió un empleo de basurero –o recolector de deshechos, para decirlo en fino–. En la ciudad de Wuppertal, del estado federado de Renania del Norte-Westfalia, cuya capital es Düsseldorf.
Se encuentra al oeste de Alemania. No es una ciudad grande. Tan solo 354.382 habitantes, pero el empleo es fijo.
Es un trabajo digno que les ha permitido iniciar una nueva vida. No es que en Alemania aten a los perros con longanizas. «Se trabaja duro y hay que sacrificarse mucho», explica Mateos.
EN ALEMANIA, TAMBIÉN CONFINADOS
Mateos y su familia no han perdido el cordón umbilical con su patria, con sus parientes que dejaron en España, hoy confinados todos en sus respectivos hogares.
«¿En Alemania os dejan salir a la calle?», cuenta que le pregunta su familia de Zamora a través de una videollamada por WhatsApp.
«Esas preguntas son un síntoma inequívoco de lo marciano que es todo esto. Aquí estamos más al principio de la maldita curva de la catástrofe«, explica Mateos.
«Parece que lo pillaron antes y que empezaron a hacer tests sin parar para tratar de aislar a la gente. Aun así hay más de 40.000 positivos y el país se prepara para lo peor. El ministro de Salud ha dicho que esta es la calma antes de la tormenta. Es una sensación muy extraña, como de estar esperando a una catástrofe natural. Sabes que el meteorito terminará por impactar, aunque desconoces la dimensión de la tragedia y si te va a tocar a ti, claro», relata.
Los alemanes trabajan ahora con cierto tiempo para evitar el peor escenario. Amplían hospitales, hacen cientos de miles de test e intentan mientras limitar al máximo el contacto social.
«Sería estupendo si lo consiguen, pero con tanto horror alrededor, las superaciones nacionales significan ya más bien poco.
Pero mientras llega el meteorito, hay que hacer como si no pasara nada. Hacer como que llevas una vida normal en medio de la anormalidad más absoluta. Los comercios están cerrados y los restaurantes y las tiendas también, pero la vida sigue. Los basureros lo tenemos más difícil. Seguimos subidos a la rueda de la fortuna, pateando las calles, marcando distancias de 2 metros, como si esto fuera con otros», puntualiza el emigrante español.
Trabajan jornadas interminables.

FALSA NORMALIDAD
«Mi hijo Leandro no lo tiene tan claro y protesta. No puede salir de casa, no tiene escuela. Como en España están cerradas. Se aburre. Dice que el resto de los padres trabajan menos que antes del coronavirus. Tiene razón, pero no tiene ni idea de la suerte que tiene de que sus padres estén sanos y de que conserven sus puestos de trabajo en un ayuntamiento», señala.
La falsa normalidad es también más fácil en Alemania que en España, opina.
«Porque aquí se puede salir a la calle, aunque como máximo de dos en dos. A hacer deporte y a tomar un poco el aire. Hasta ahora no se han atrevido con un confinamiento que temen que pudiera disparar los suicidios y la violencia de género, en un país ultrasensible por razones históricas a las restricciones de movimiento y de la libertad individual. Veremos si este semiencierro funciona», narra.
«En Wuppertal hace estos días un sol brillante, el mismo que hemos echado de menos este invierno largo y oscuro. Es una bendición, pero da hasta cargo de conciencia salir a disfrutarlo mientras medio mundo se derrumba».
En la calle, la gente se esquiva.
Hay que mantener dos metros de distancia mínimo y obligatorio.
Pero puede que tampoco suponga un cambio tan radical en un país acostumbrado a mantener cierta distancia física.
«Aquí la gente no se da dos besos cuando se ve, ni palmadas en la espalda. No se amontona en las barras de los bares, ni sale en grandes grupos de marcha. El roce es en general menor y ahora resulta extraño pensar que la falta de estrechez física de serie vaya a tener su recompensa. Lo que son las cosas», concluye.