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Si la profesión de abogado nació en Roma, ¿cómo se ejercía la defensa en Egipto y Grecia?

El juicio contra Hagnódice, una joven de la alta sociedad ateniense que se hizo pasar por hombre, que estudió medicina como tal en Alejandría y que ejerció de ginecóloga en su ciudad, fue uno de los históricos. Las mujeres tenían prohibido ejercer la medicina. Ella reveló en el juicio que era una mujer.

Si alguna vez tienen interés en saber cómo se administraba justicia en el antiguo Egipto les recomendamos la lectura de los libros del francés Christian Jacq. Son muy precisos y la reconstrucción es bastante aproximada.

Encontrarán un dato muy curioso: no había abogados en Egipto. Y en los primeros tiempos en la civilización de las pirámides incluso se prohibían los informes orales ante los tribunales por el temor de que la persona más hábil en el arte de la oratoria pudiera seducir a los jueces.

Ese mismo temor imperaba en la antigua Grecia, donde regía una justicia popular.

El tribunal estaba compuesto por ciudadanos elegidos por sorteo y las partes debían defenderse a sí mismas, de acuerdo con la ley de Solón.

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Para los griegos, el mejor sistema de descubrir la verdad entre dos personas era poniendo a una frente a la otra, dejando que cada una contara el asunto a su manera, aportando las pruebas que considerasen relevantes, sin permitir que un tercero interviniese.

A esta metodología la denominamos hoy careo.

Al jurado al que nos hemos referido lo denominaban Heliea y estaba compuesto por 6.000 ciudadanos, aunque normalmente sus miembros variaban según los temas a tratar.

Para un proceso privado solían ser 201, pero cuando era público su número variaba de 501 a 1501. 1501 jurados.

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Todos eran elegidos por sorteo. Aquello debía ser inmanejable, se dirán ustedes.

Debía de serlo, pero era la consecuencia del ejercicio de una democracia libre y directa.

En detrimento del sistema hay que aclarar que la actividad de defensa era un puro ejercicio de elocuencia por el que se trataba más de conmover que de convencer.

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Y como no todos los que tenían problemas legales habían nacido con el don de la oratoria, solían contratar los servicios de los logógrafos jurídicos, antecedentes directos de los actuales abogados, quienes, tras estudiar los casos, les daban forma y redactaban un discurso que luego, sus clientes, memorizaban para exponerlo ante el jurado popular.

El lugar donde se celebraban los juicios era el Areópago, una colina cerca de Atenas, que era considerado un lugar sagrado.

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Por ello, antes de cada audiencia, era regado con agua limpia con el fin de recordar a los jurados y a los litigantes que en él sólo debía entrar lo que era puro y nada más.

JUICIO CONTRA HAGNÓDICE

Uno de aquellos juicios famosos, que pasaron a la historia, fue el que se celebró contra Hagnódice, una joven de la alta sociedad ateniense que había nacido con una fuerte vocación para ejercer la medicina, una profesión vetada para las mujeres en el siglo IV antes de nuestra era.

Hagnódice se reveló contra esta injusticia. Con el apoyo de su padre, cambio de aspecto para hacerse pasar por un hombre. Y fue enviada a Alejandría, Egipto, para estudiar medicina. Allí estudió bajo la tutela de Herófilo, gran anatomista de la época, donde se convirtió a lo que hoy es un médico especialista en ginecología y obstetricia.

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Después regresó a Atenas, donde abrió consulta. Su gran éxito despertó las envidias de sus colegas de profesión lo que terminó en una denuncia por seducir a sus pacientes e, incluso, por haber violado a alguna de ellas, que interpuso un grupo de maridos celosos y de  «compañeros» de profesión.

Hagnódice fue jugada ante el tribunal reunido en el Areópago. Ni que decir tiene que la sentencia iba a ser condenatoria. Por eso, la doctora decidió atajar el asunto de la forma más directa posible, aunque eso significara la muerte: Se levantó al túnica para mostrar su sexo y demostrar que no era un hombre. No podía haber cometido los delitos de los que le acusaban.

Pero era un delito más grave: suplantación de identidad para el ejercicio de la medicina, prohibida por ley a las mujeres.

Sin embargo, la sangre no llegó al río. Porque mientras tenía lugar el juicio, una multitud de mujeres llegó al lugar, elogiando la profesionalidad de la doctora y reprochando a sus maridos que trataran de ejecutarla.

Los miembros del jurado no solo retiraron los cargos contra la doctora Hagnódice sino que su decisión influyó para que la legislación ateniense suprimiera la prohibición a las mujeres de ejercer la medicina.

EN ROMA TAMBIÉN CONSIDERABAN QUE EL LUGAR DONDE SE IMPARTÍA JUSTICIA ERA SAGRADO

En Roma hacían lo mismo que en Grecia antes de comenzar los juicios.

En esto también, como en tantas cosas, copiaron a los griegos.

Vertían agua sagrada en el foro donde se celebraba el juicio y se invocaba a las divinidades porque los juicios estaban fuertemente enraizados en la religión y, eran, por lo tanto una prolongación de ella.

Fue en Roma, de la que España fue provincia, donde nació el oficio de abogado.

A los patricios romanos les correspondía la obligación de defender a los suyos ante los tribunales, pero el desarrollo de la ciencia jurídica llevó a encomendar a personas expertas en Derecho tal cometido.

Entonces aparecieron los jurisconsultos, que eran los que evacuaban las consultas que se les hacían sobre cuestiones jurídicas, y los “oratores”, que eran los que informaban ante los tribunales.

De esa manera nació en Roma, antecedente y fuente de la civilización occidental, un oficio vital hoy en día para beneficio de todos los ciudadanos.