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Las mujeres empoderadas de Don Quijote de la Mancha

Javier Nistal Burón
Las mujeres empoderadas de Don Quijote de la Mancha
Javier Nistal, autor de esta columna, es jurista del Cuerpo Superior de Instituciones Penitenciarias.
05/1/2022 06:46
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Actualizado: 03/1/2022 23:54
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El término empoderamiento de las mujeres (‘empowerment’), como estrategia para la igualdad y la equidad, fue impulsado en la Conferencia Mundial de las Mujeres de Naciones Unidas en Beijing (1995) para referirse al aumento de la participación de las mujeres en los procesos de toma de decisiones y acceso al poder.

Se trata de un proceso por el cual las mujeres, en un contexto en el que están en desventaja con los hombres por las barreras estructurales de género, adquieren o refuerzan su protagonismo, tanto en el plano individual como colectivo, para alcanzar una vida autónoma en la que pueden participar, en términos de igualdad, en el acceso al reconocimiento y a la toma de decisiones en todas las esferas de la vida personal y social.

No obstante, y a pasar de la reciente implantación de este término, el contenido del mismo ya lo puso de manifiesto Miguel de Cervantes con cuatro siglos de antelación en su universal novela ‘El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha’, en los términos que vamos a exponer a continuación.

Los valores del empoderamiento femenino para Don Quijote

En la sociedad en la que Don Quijote acomete sus múltiples aventuras allá por el Siglo XVI, el papel de las mujeres no era otro que el estar sometidas a los dictámenes del varón, su ámbito de autonomía nunca excedía el del hogar y, si no sentían en su vida la vocación de hacerse monjas, se convertían en esposas y protegidas de sus maridos.

A estas mujeres no se le podía presuponer tacha o falta alguna, habían de estar adornadas de virtudes, tales como la de ser parcas en el hablar, discretas en el mirar, dignas en el proceder, diligentes en el actuar y, ante todo y sobre todo, sumisas y obedientes.

Este tipo de mujer, lo encarna a la perfección el personaje de Camila, mujer de Anselmo, cuya historia se relata dentro del Quijote, como novela aparte, con el título ‘El curioso impertinente’ (Capítulos XXXIII, XXXIV y XXXV de la 1ª Parte).

De las muchas mujeres que se cruzan en la vida de Don Quijote, tenemos que empezar haciendo referencia, en primer lugar, a su amada Dulcinea, dama imprescindible para cualquier caballero andante, que se precie. Con este propósito Don Quijote se inventó a Dulcinea del Toboso, una mujer ideal, aunque irónicamente basada en la labradora Aldonza Lorenzo, poco agraciada físicamente.

Esta función instrumental de Dulcinea, la pone de manifiesto Don Quijote en esta frase «porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma» (Capítulo I de la 1ª Parte). Don Quijote necesita tener una dama a quien encomendarse y convertirla en el motor impulsor de todas sus venturas y esa es Dulcinea del Toboso.

Hasta tal punto que cuando la existencia de Dulcinea se cuestiona, Don Quijote admite que no es importante averiguar si existe o no, lo cual delata que solo le importa tenerla como imagen: «Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo” (Capítulo XXXII de la 2ª parte).

Sin embargo, no es Dulcinea sino son otras dos mujeres –Marcela y Dorotea– las que ejemplifican, como ninguna otra, los valores que identifican el empoderamiento femenino para Don Quijote: la independencia, la dignidad y la libertad. Debemos recordar que el anhelo de libertad fue el acicate de las más arriesgadas empresas en las que se embarcó Don Quijote en sus muchas aventuras; lo que le llevó a pronunciar estas certeras palabras a su Escudero; “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres” (Capítulo LVIII de la 2ª parte).

Marcela, el mejor ejemplo de mujer libre e independiente

El pastor Grisóstomo se suicida porque Marcela no atiende a sus razones amorosas. Ella es acusada y despreciada por ser la causante de esta muerte.

En el entierro del pastor, Marcela se muestra a todos los presentes y Ambrosio, un amigo del difunto, se dirige a ella en estos términos tan duros: “¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas; que, por saber yo que los pensamientos de Crisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos”.

La respuesta de la pastora Marcela es un verdadero canto revolucionario a la libertad de la mujer, su derecho a elegir y de su derecho a que las dejen en paz, pero además es bien razonable pues utiliza argumentos inapelables cuando se expresa de la siguiente mantera: “Yo conozco –dice– que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.” Se permite ridiculizar razonamientos masculinos que se presentan como naturales: ¿y si quien ama lo hermoso es feo, será entonces esta desigual lógica la suya: “quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo”? Se permite incluso imaginar lo que ocurriría si los seres hermosos, con ser muchos, hubieran de corresponder a la muchedumbre de deseos que suscitan. Su lógica es implacable.

Además, Marcela exhibe el poder de la libertad individual, cuando dice: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la libertad de los campos”. Que nadie se queje del daño causado por una hermosura que ella no eligió y que, en uso de su libertad, ha puesto lejos de quienes la desean: “Fuego soy apartado y espada puesta lejos”. Que nadie se queje si no se siente obligada a amar por voluntad propia: “El pensar que tengo de amar por elección es escusado”.

Por último, Marcela se manifiesta totalmente independiente cuando se expresa en estos términos “el que me llama fiera basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera […] Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme […] Tienen mis deseos por término estas montañas”.

La conclusión de este discurso cae por su propio peso, cual es que a Grisóstomo “antes lo mató su porfía que mi crueldad”. Marcela prefiere estar sola, sin hombres, para poder vivir libre en las montañas en vez de jugar el papel tradicional de la mujer que tiene que casarse cuando un hombre la desea. Ella no quiere ser la mujer que tiene que seguir las exigencias de nadie, quiere vivir su propia vida y no ser controlada por otra persona. Con sus propias palabras Marcela lo dice expresamente: “Yo nací libre, y para vivir libre escogí la soledad de los campos (Capítulo XIV de la 1ª Parte).

Dorotea, el mejor ejemplo de mujer valiente

Ella es una mujer que accede a los deseos libidinosos de Don Fernando convencida de los nobles propósitos que él le hace ver, pero luego descubrirá que todo es mentira y acongojada por su deshonra, saldrá dispuesta a buscar a su burlador para que repare lo que ha hecho cumpliendo su promesa de matrimonio.

Sale de su casa y, en un símbolo de la perdición total, se enfrenta a un mundo en el que está totalmente desprotegida, hasta el punto de necesitar disfrazarse de hombre para poder evitar los peligros que acechan a una mujer sola en un mundo dominado por los hombres. Dorotea es una mujer valiente, que deja su familia, sus bienes y sus comodidades para vivir sola en el bosque y evitar así la pena de sus padres.

Dorotea lucha por recuperar el respeto de la sociedad, el respeto de sus padres y su honor personal. Ella quiere que la persona que le quitó su honra, sea quien se la devuelva y, con este objetivo, Dorotea haciendo gala de valentía y dignidad, a pesar de su condición de labradora, hará frente a todo un caballero poderoso como es don Fernando, su burlador, con estas palabras: “Yo soy aquella labradora humilde a quien tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya; soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió vida contenta hasta que a las voces de tus importunidades y, al parecer, justos y amorosos sentimientos abrió las puertas de su recato y te entregó las llaves de su libertad, dádiva de ti tan mal agradecida cual lo muestra bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas y verte yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayese en tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra, habiéndome traído solo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada».

«Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que aunque ahora quieras que no lo sea no será posible que tú dejes de ser mío. […] Tú no puedes ser de la hermosa Luscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y más fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera».

«Tú solicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste mi calidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: no te queda lugar ni acogida de llamarte a engaño; y si esto es así, como lo es, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por tantos rodeos dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los principios?” (Capítulo XXXVI de la 1ª parte). Después de este discurso, el abrumado caballero, solo podrá declarar: “Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas”. Dorotea consigue así que don Fernando repare su deshora haciéndola su esposa.

Todos los personajes femeninos están dotados del brillo y el esplendor que se merecen

El plantel de las mujeres que aparecen en el Quijote es tan amplio como variado, las hay que son reinas, princesas y duquesas, otras sin embargo simples pastoras y/o labradoras, las hay que son ricas y otras que son pobres, unas que son cultas y otras analfabetas, unas que son doncellas y otras prostitutas, unas son hoscas y otras compasivas, las hay que son serias y otras divertidas, graciosas, socarronas y hasta irónicas, las hay que son dóciles y apasionadas y otras inquietas y temperamentales, las hay fuertes y otras que son vulnerables.

Aunque hemos destacado dos personajes femeninos del Quijote, que ejemplifican lo que son hoy día los valores del empoderamiento de la mujer, podemos afirmar, que todos los personajes femeninos que aparecen en el Quijote están dotados del brillo y el esplendor que se merecen en igualdad con los hombres, tienen personalidad, son libres e independientes, valores que la sociedad de aquellos tiempos –Siglo XVI– les negaba y que Don Quijote les reconoce, como si fueran mujeres del siglo XXI, por lo que podemos afirmar que las mujeres de Don Quijote vivieron en el Siglo XVI, como si lo hubieran hecho en el Siglo actual.

Desgraciadamente, hoy día, en muchos países las mujeres, que son de este Siglo XXI, viven conforme lo hacían en el Siglo XVI, echando de menos que un caballero andante como Don Quijote luche por la dignificación de su condición femenina y pelee por sus derechos, desafiando las limitaciones que estas mujeres encuentran en su sociedad.

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