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Burocracia judicial en Navidad: ¡Vuelva usted el lunes!

Luis Romero Santos
Burocracia judicial en Navidad: ¡Vuelva usted el lunes!
El autor de esta columna es socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho Penal, relata la experiencia de una compañera suya en unos juzgados estas pasadas Navidades; una experiencia propia de 50 años atrás.
09/1/2022 06:47
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Actualizado: 09/1/2022 13:28
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Victoria no imaginaba la escena que iba a encontrarse en el juzgado de instrucción cuando accediese a la oficina judicial y solicitara al funcionario un expediente para hacerle una copia.

Había premura, pues era miércoles, y la declaración de nuestro cliente estaba fijada para el martes siguiente.

Tras atravesar la puerta de entrada del edificio judicial sin necesidad de control, subió por las largas escaleras varias plantas obligada por el cartel que había adherido a la puerta del ascensor y que imploraba “Usar sólo en caso de extrema necesidad”.

Pensó que no le vendría mal hacer un poco de ejercicio. Conforme iba superando los peldaños, observó que apenas había nadie en las dependencias judiciales: solo un par de abogados se cruzaron con ella, a los que distinguió por sus hábitos.

Al llegar al «hall» de la planta donde debía estar el juzgado, comprobó por un folio pegado a la pared que efectivamente estaba en el lugar adecuado.

Junto a una gran puerta de una sala de vistas, había otra más pequeña abierta de par en par que llevaba hasta un ancho pasillo aprovechado para colocar en medio una especie de islote formado por viejos armarios metálicos que contenían expedientes judiciales, advirtiendo la estudiante en prácticas que una de las puertas estaba entreabierta dejando asomar los legajos.

Por fin, alcanzó a ver el cartel con la letra del negociado que le aparecía en el escrito que portaba en su mano. La puerta estaba entreabierta como invitándola a pasar, anduvo unos pasos y se encontró con cuatro mesas vacías llenas de mamotretos y una pantalla de ordenador.

Por las dos ventanas irrumpía la luz de un día soleado y reinaba un silencio absoluto. Se preguntó: «¿Cómo es que no hay nadie aquí? ¿Habré venido para nada? Preguntaré en la oficina de al lado…».

Entonces, justo cuando iba a girarse, apareció detrás de ella –padeciendo un pequeño susto- una señora alta que le preguntó por el motivo de su visita; indicándole ésta que el negociado que buscaba estaba en la puerta contigua. No habían cambiado aún la rotulación de los carteles.

Llamó a la puerta cerrada, no contestó nadie y tras unos segundos de espera, abrió lentamente con cierto temor y pensó que lo que estaba viendo en esos momentos era una broma que le habían gastado por ser novata en estos menesteres.

UNA IMAGEN QUE SE SUPONÍA DE OTRO TIEMPO

Tenía ante sí a una señora tras una mesa, ligeramente retirada de la misma con las piernas cruzadas y varios expedientes sobre su regazo cubiertos por un folio blanco -para no mancharse- mientras se limaba las uñas sin levantar la mirada de su mano.

Seguramente, la música de villancicos que oía y su labor cosmética, le tenían tan distraída que no apreció la presencia de alguien que esa mañana de principios de año se atrevió a visitar la oficina que como un guardián distraído custodiaba.

Había otra funcionaria, también entrada en años frente a la primera, apoyada en su mesa y chateando en su teléfono móvil, moviendo a tal velocidad sus pulgares sobre la pantalla que le hacía a uno pensar en la trascendencia de los mensajes que recibía y enviaba.

Con ese escenario ante sus ojos, carraspeó un poco nuestra pasante con el objeto de llamar la atención de las servidoras públicas, logrando que la que estaba sentada a la derecha levantara la vista de sus uñas pintadas y detuviese el movimiento rítmico de la lima.

– ¡Buenos días!

–¿Qué quieres? –contestó la funcionaria, permaneciendo con su mano izquierda doblada hacia sí y sosteniendo con la derecha su lima rosa emulando a un director de orquesta con su batuta antes de comenzar el concierto.

– Pues venía por el expediente número x. Necesito hacer copias.

– ¡Uff! Para eso tiene usted que presentar un escrito de personación con poder notarial o «apud acta», aunque ahora también puede ser electrónico…

– Disculpe, ya está todo presentado. Aquí tengo copia del escrito ¿Puede entregarme el expediente, por favor?

– No, no te lo puedo dar.

– Verá, es que el próximo martes está señalada la declaración de nuestro cliente y lo tenemos citado el viernes en el bufete. Necesitamos copia del procedimiento.

– ¡Que no! ¡Que no te lo doy!

Sin descruzar sus piernas, soltó el instrumento que sostenía en su mano derecha para a continuación teclear el número de las diligencias previas y exclamar seguidamente:

– ¡Este expediente lo lleva otro compañero! Tiene usted que venir otro día.

«¡NO PUEDO HACER NADA POR USTED!»

Volvió la funcionaria al cuidado de sus uñas, centrándose de nuevo en su holganza mientras dejaba desatendida a la jurista en prácticas que permanecía de pie observando la destreza de la empleada pública en esas labores de cuidado personal.

Ahora sí, irguió su cabeza y se quedó mirando a Victoria como diciéndole:

– ¡No puedo hacer nada por usted!

Mi joven compañera intentó convencerla:

Es que no podemos preparar la declaración si no estudiamos antes las actuaciones, sobre todo el atestado policial con las denuncias de las presuntas víctimas. Tendremos que solicitar la suspensión, en ese caso.

Pues ya le estoy diciendo que el compañero no se encuentra hoy aquí, está de permiso. Y yo no toco los expedientes de otros compañeros.

– ¡Es que estas fechas son muy malas! –añadió la funcionaria mientras apartaba su mirada en vez de mostrar respeto por la pasante.

Impotente ya ante esa situación y oyendo ahora “…Beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río por ver a Dios nacer…”, Victoria se despidió dando las gracias.

La aspirante a abogada salió al pasillo muy decepcionada y llamó a su tutora en el bufete, Clara Rosado, ilustrándole ésta sobre esta clase de incidencias judiciales:

– Sí, suele ocurrir con frecuencia. Muchos funcionarios se niegan a entregarnos el expediente con todo tipo de excusas, aunque hayamos presentado el escrito correspondiente.

– ¿Pero qué trabajo les cuesta coger el expediente que está en un armario junto a su mesa?

– Pues así actúan y tenemos que ir varias veces a mendigar las copias, haciéndonos perder nuestro tiempo.

Iríamos de nuevo el viernes a visitar el juzgado para un segundo intento y si no nos facilitaban copia del proceso, tendríamos que solicitar la suspensión del acto procesal.

NI EL LETRADO JUDICIAL NI EL JUEZ SE ENCONTRABAN EN SUS PUESTOS

Y si no suspendían, aconsejaríamos a nuestro defendido que se acogiese a su derecho a no declarar, explicando las razones para su constancia.

Es decir: la falta de acceso al procedimiento porque la funcionaria “de guardia” no había deseado colaborar con el sagrado derecho de defensa.

Clara apareció en la oficina judicial el viernes 7 y sólo había una funcionaria, que no era ninguna de las dos anteriores.

Le solicitó las diligencias previas indicándole el número de las mismas.

La empleada le manifestó que no se las podría proporcionar porque esas diligencias las llevaba otro compañero que estaba ausente ese día.

– Pues querría hablar con el letrado de la Administración de Justicia o con el juez.

– Pues no están, vuelva el lunes y a ver si uno u otro le autorizan ¡Las copias las debe pedir por escrito!

– ¡Así lo hemos hecho! Por favor, busque usted el expediente y yo haré el duplicado. Nuestro cliente declara el martes.

Siguió negándose la servidora pública: «¡Vuelva usted el lunes!».

¿POR QUÉ LA MAYORÍA DE LOS FUNCIONARIOS NO ESTÁN EN LOS JUZGADOS ESOS DÍAS?

Y uno piensa, ¿por qué debemos depender los abogados penalistas de unos funcionarios que no cumplen con su deber o que cumplen órdenes de secretarios judiciales o jueces que obstaculizan la labor de defensa?

¿No sería lo lógico que desde que un abogado presenta su escrito de personación con poder, recibiese inmediatamente un duplicado del procedimiento junto a la providencia teniéndolo por personado?

¿No sería esto lo correcto en vez de tener que ir los abogados o los procuradores varias veces al juzgado a limosnear la copia?

Pero también nos preguntamos: ¿Por qué la mayoría de los funcionarios no están en los juzgados estos días, ni los jueces, ni los letrados de la Administración de Justicia?

¿Por qué se paraliza la Administración durante tres semanas en las fiestas navideñas?

Esta es la modernización de la Administración de Justicia que tantos ministros y consejeros autonómicos han asegurado desde tiempos inmemoriales.

Cuando hablamos de estos problemas causados a los abogados defensores y a sus defendidos, ¿qué diferencia hay entre lo que ocurre hoy y lo que pasaba en los años ochenta o noventa?

Los ciudadanos se quedan sorprendidos al acudir por primera vez a algunos juzgados y comprobar que el trato, las instalaciones, la organización, no distan mucho de los que había décadas atrás.

¿Cómo puede estar en este estado una Administración de Justicia que debe garantizar los derechos fundamentales a la tutela judicial efectiva, el derecho de defensa, un proceso público sin dilaciones indebidas y con todas las garantías?

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