Diarios de Hitler: una fallida estafa que pudo cambiar la comprensión de la Segunda Guerra Mundial
La estafa de los diarios de Hitler fue montada por un periodista del semanario Stern y un falsificador profesional y artista.

Diarios de Hitler: una fallida estafa que pudo cambiar la comprensión de la Segunda Guerra Mundial

El contenido de los 67 diarios personales de Adolf Hitler, supuestamente «perdidos» al acabar la Segunda Guerra Mundial –y sobre los que no había ningún registro previo– habría requerido una importante reescritura de la biografía del caudillo nazi y de la historia del Tercer Reich.

Los volúmenes manuscritos incluían de todo, desde descripciones de flatulencias y halitosis del führer («Eva –su pareja de hecho– dice que tengo mal aliento»), hasta un relato del embarazo histérico de Eva Braun en 1940, y la revelación de un Hitler muy sensible y humano que no supo ni conoció la «solución final» por la que se dispuso el exterminio de 6 millones de judíos, homosexuales, gitanos y disidentes políticos.

Pudo haber sido la exclusiva del siglo XX. Y así, en un principio, lo vendió el entonces prestigioso semanario alemán Stern.

La portada de su número de 25 de abril de 1983 salió con el título «Se descubren los diarios de Hitler».

En Londres The Sunday Times siguió la misma estela.

Stern contó que eran auténticos y que habían sido rescatados de un avión que se había estrellado en lo que después se convertiría en Alemania Oriental al final de la Segunda Guerra Mundial.

Había pagado por ellos 3,7 millones de dólares (3,4 millones de euros). Su «valor histórico» lo exigía. Luego vendió los derechos a medios del mundo entero, incluyendo España, donde la revista Tiempo los replicó.

The Sunday Times, periódico propiedad del magnate australiano –entonces, ahora estadounidense–, Rupert Murdoch, desembolsó inmediatamente más de un millón de dólares por la publicación en Gran Bretaña.

Y eso que llovía sobre mojado porque quince años antes, en 1968, había pagado ese mismo periódico había pagado un cuarto de millón de dólares por los «Diarios de Mussolini», Benito Mussolini, el Duce italiano, los cuales después se probaron que eran falsos.

De acuerdo con Stern, habían sido escritos del puño y letra del propio Hitler entre 1932 y 1945 y comprendían el periodo anterior previo a su acceso al poder hasta su suicidio en el bunker de la Cancillería, en Berlín. Con las tropas soviéticas a punto de adentrarse en él.

En España la «exclusiva» de los falsos diarios de Hitler la compró y la publicó Tiempo.

FRENAZO Y MARCHA ATRÁS

El contenido fue, en principio, validado por tres historiadores. Los alemanes Eberhard Jäcke y Gerhard Weinberg y el británico Hugh Trevor-Roper, autor del «best seller» «Los últimos días de Hitler», que le había reportado un gran prestigio académico, además de fama y fortuna.

El británico se tiró a la piscina al proclamar su autenticidad al aceptar la proclamación de Stern de que el papel de los diarios habían sido analizados en el laboratorio, cosa que no había hecho el semanario.

Sin embargo, se vio obligado a recular tras enterarse de que no había sido así y de que Stern, además, desconocía la identidad de la fuente que había suministrado los volúmenes.

Todo saltó por los aires en la rueda de prensa que el semanario celebró el 25 de abril de 1983.

Las dudas emergieron una tras otra.

Para los periodistas presentes quedaron claros los enormes agujeros negros en el relato del semanario. Stern se vio obligado a entregar tres de los volúmenes de los supuestos diarios a los Archivos Federales de Alemania, con base en Koblenza, donde operaban los especialistas en grafística más avanzados de ese país, para que analizaran los documentos.

De no haberlo hecho, Stern se podía enfrentar a la acusación de publicación ilegal de propaganda nazi.

A los pocos días, los Archivos Federales alemanes comunicaron a Stern sus conclusiones: los diarios eran torpes falsificaciones.

La supuesta firma de Hitler no era exacta, el papel y la tinta eran producciones de la posguerra, las encuadernaciones habían sido «envejecidas» artificialmente con té, las entradas estaban llenas de los conocidos clichés estilísticos de Hitler y se referían a «hechos» que simplemente no estaban al alcance del dictador.

La imagen de Hitler que proyectaban los falsos diarios era una persona mucho más benévola y humana de lo que realmente fue.

LOS FALSIFICADORES

El montaje fue ideado, por una parte, por un periodista de la propia revista alemana, bastante reputado, Gerd Heidemann. Un gran aficionado al coleccionismo de todo lo relacionado con los objetos nazis, quien arrastraba una gran deuda personal.

Y por otra por el falsificador Konrad Kujau, quien, además de escribirlos, ayudó a Heidemann a inventar la historia de que habían sido recuperados tras un accidente aéreo que tuvo lugar el 21 de abril de 1945.

Heidemann convenció a los dos editores jefe de la revista, Felix Schmidt y Peter Koch, de la autenticidad de los diarios. Les contó que el avión que transportaba objetos pertenecientes a Hitler se estrelló cerca de Dresde.

Los diarios, dijo Heidemann, estaban entre ellos.

Los libros fueron, en un principio, escondidos por agricultores locales y posteriormente custodiados por un funcionario de alto rango de la entonces República Democrática Alemana. Este funcionario era el que los vendía.

Y los editores jefe de Stern quisieron creerle pensando que tenían la mencionada exclusiva del siglo XX.

El periodista de Stern, Gerd Heidemann, convenció a sus jefes de que los diarios encontrados eran genuinos. Se repartió el dinero con el falsificador.

Mientras los Archivos Federales llevaron a cabo sus análisis químicos emergieron otros historiadores que pusieron en tela de juicio su autenticidad.

Porque se sabía que Hitler odiaba escribir a mano.

La guinda a los análisis de los científicos oficiales alemanes fue el dictamen del grafólogo estadounidense Charles Hamilton.

Porque analizando las iniciales que aparecían en las cubiertas Kujau metió la pata. Para hacer más creíbles los diarios añadió las iniciales AH (Adolf Hitler) pero se equivocó de letra y puso FH. Confundió la A y la F góticas, porque se parecen mucho.

Huelga decir que la credibilidad de Stern se vio gravemente afectada por el escándalo.

Schmidt y Koch se vieron obligados a presentar la dimisión.

EL PERIODISTA Y EL FALSIFICADOR, DETENIDOS Y JUZGADOS

El falsificador, Kujau, y el reportero Heidemann, que había mediado en el acuerdo y repartido el dinero que había pagado Stern, fueron detenidos de inmediato y acusados de un delito de fraude.

Según confesó Kujau en el juicio que se celebró después, fue en 1978 se le ocurrió la estafa. Aprendió a hacer la letra de Hitler de estética gótica con la que escribía Hitler a partir de un anuario oficial del partido nazi de año 1935,

Pasó largas horas imitándola.

Para conferirle más crecibilidad al plan, empleó la cinta negra de un documento real de las SS y añadió a la cubierta de los supuestos diarios un sello de cera del ejército alemán. Además, compró dos botellas de tinta Pelikan, una negra y otra azul, y las mezcló con agua para que fluyeran más fácilmente.

Durante el juicio Kujau llegó a demostrar su culpabilidad redactando su confesión con el estilo de la letra de Hitler que había empleado en las falsificaciones.

Ambos fueron condenados, el 21 de agosto de 1984, a cuatro años de cárcel por el delito de fraude.

Konrad Kujau, autor de los diarios de Hitler, era considerado el rey de los farsantes y terror de todos los historiadores. En la foto con una imitación de un cuadro de Miró en 1992 en su galería de Stuttgart, tras cumplir condena.

Tras salir de la cárcel, Kujau siguió haciendo caja. Abrió una galería de pintura en Stuttgart donde vendió sus «auténticas falsificaciones» de cuadros de Hitler, Rembrandt, Dalí, Monet, Van Gogh y otros maestros.

Firmaba los cuadros tanto con su nombre como con el nombre del artista original, y las obras se vendían por decenas de miles de dólares. Sus reproducciones eran tan populares que las falsificaciones de Kujaus de Kujau no tardaron en llegar al mercado.

Si el fraude hubiera «colado» sin duda alguna la interpretación de la personalidad de Hitler y de las decisiones que tomó durante el tiempo en que ocupó el poder se habrían visto alteradas. Y la historia se habría contado de otra forma.

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