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Tres días en Ginebra: Regreso al futuro

Tres días en Ginebra: Regreso al futuro
Luis Romero, socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho Penal, relata en su columna un reciente viaje realizado a Ginebra para impartir una conferencia en la Universidad de esa ciudad.
05/4/2023 06:48
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Actualizado: 04/4/2023 23:19
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Esa tarde en la que un administrativo de mi bufete me informó de una llamada de alguien que me invitaba a pronunciar una conferencia en la Universidad de Ginebra, no me lo tomé en serio. Al día siguiente, repasé la nota y vi que me resultaba familiar el nombre.

¡Claro!

¡Era González Serradilla, de la Universidad Rey Juan Carlos! Lo llamé de inmediato y me preguntó si aceptaba impartir una ponencia en el primer congreso internacional de IURIS-URJC en Suiza.

En lo primero que pensé fue en las vistas del lago Lemán con los Alpes al fondo que tantas veces había recordado y vi por última vez desde el Intercontinental en el verano de 2015.

Desde allí, se divisaba también la sede de las Naciones Unidas. Miguel Ángel me expuso el programa de los tres días en Ginebra con el discurso inicial del cónsul español en la universidad ginebrina, la visita al día siguiente a la sede de la ONU seguida por mi conferencia sobre estrategias de defensa penal, terminando el viernes con una visita al ayuntamiento acompañados por el vicealcalde español.

A las seis de la mañana del día de partida, corría en paralelo al estanque del Retiro cuando una tímida claridad emergía del oscuro cielo madrileño. De nuevo, el monumento a Alfonso XII, majestuoso, me recordaba tantas mañanas en ese parque. Aunque había dormido poco, el ejercicio físico hizo que llegara al aeropuerto completamente despejado acompañado por mi hija Mercedes.

Ya en la entrada y antes de que pudiera divisar al grupo de universitarios, una voz amistosa pronunció mi nombre “¡Luis, buenos días!” “¿Qué tal?” Era Álvaro Galvín, uno de los dirigentes de Iuris. Su acento era inconfundiblemente andaluz: concretamente, de Olvera, Cádiz.

Álvaro, cadista de pro, me recordó a esos compañeros de facultad siempre dispuestos a ayudar a los demás y como un gran líder, acompañaba al grupo de estudiantes entre los que era inmensa mayoría el género femenino.

Me presenté ante ellos y me contagié de su entusiasmo y euforia ante un viaje prometedor. Mi hija, estudiante de primero de derecho, iba a disfrutar con sus nuevos compañeros.

En el hotel cercano al aeropuerto de la ciudad helvética nos esperaban los otros jefes de Iuris: Ángel Cabezas, al que ya conocía, Miguel Ángel González, Miguel Macías, Mario y Livio.

La habitación aún no estaba disponible y tal como habíamos llegado deberíamos partir hacia el centro de la ciudad para encontrarnos con los demás. El gran hall del hotel estaba delimitado en ambos extremos por dos grandes ventanales, uno con vistas a los Alpes.

Estaba claro por qué estos estudiantes de derecho y dobles grados dirigían una de las asociaciones estudiantiles con más actividad en España: su amabilidad, empatía y vocación de servicio eran patentes.

Mi hija me preguntaba en el tranvía de camino al Jet d’Eau si pensaba quedarme de noche con ellos en el disco bar. Le dije que sí y me respondió con cara de circunstancias: “¿Pero no irás mañana a la discoteca a bailar ‘reggaeton’?”.

“¿Por qué no?” , le contesté yo sonriendo.

SIGO SIENDO UN UNIVERSITARIO

En esos momentos, observando las avenidas ginebrinas y la muchedumbre en las aceras, recordaba lo que yo pensaba de mis padres cuando tenía dieciocho años. Creía que ya eran viejos. Ahora, a mis cincuenta y ocho años, me venía muy bien escaparme unos días del bufete a una bella ciudad como Ginebra y contagiarme del espíritu universitario. Al fin y al cabo, yo sigo siendo un universitario.

¡Cuántas veces me acuerdo de escenas de la facultad de derecho! En las aulas, en la biblioteca, en el bar, en los pasillos, en la copistería, saliendo o entrando por la majestuosa puerta del edificio dieciochesco.

Algo de nosotros se quedó allí y en cierta forma seguimos allí. Tengo la inmensa suerte de seguir impartiendo clases a los alumnos de cuarto de derecho en la Clínica Legal Penal de la Universidad de Sevilla.

A nuestra izquierda, brillaba el inmenso lago lleno de destellos luminosos dominado por el famoso chorro de agua divisable desde todos los confines de la ciudad. El cielo lucía infinitamente azul en el segundo día de primavera y nosotros íbamos bordeando el lago Lemán al encuentro del surtidor gigante que nos engañaba haciéndonos creer que estaba más cerca.

A la derecha, las tiendas de las marcas más lujosas.

Por fin, llegamos a donde ya nos salpicábamos con el agua de la gran fuente cuando el viento se estiraba hacia nosotros. Y de allí a recorrer un sinfín de restaurantes cerrados a esa hora poco frecuente para que los suizos tomen su almuerzo. Hasta que nos recomendaron Le Moulin, un céntrico y acogedor restaurante italiano abierto a todas horas.

Allí nos dividimos en dos mesas perpendiculares y con una buena cerveza lager disfruté de la conversación de Álvaro Galvin y los demás, conociendo un poco mejor a estos universitarios que con mucho esfuerzo comenzaban sus carreras.

No podía dejar de recordar mi primer viaje a Suiza conduciendo mi propio coche poco antes de iniciar tercero de derecho acompañado por otros tres estudiantes. A la vuelta de la gira europea, bajamos visitando Lausanne y Ginebra.

La universidad ginebrina estaba cerca pero tuvimos que tomar el tranvía. La intervención de Alberto Navarro, el cónsul español, me sorprendió muy satisfactoriamente y me hizo recordar mi año sabático al terminar la carrera y vivir en Londres, donde visité al cónsul español de parte de un buen amigo. Él y otros me animaron a cursar la carrera diplomática pero yo tenía clara mi vocación por la abogacía.

APRENDIZ DE VIAJERO

Navarro nos narró su experiencia en Bruselas como director del departamento de Ayuda Humanitaria y todo lo que ello significaba, y después nos hizo viajar a tierras marroquíes, a Tegucigalpa, Praga, Portugal, Brasil, Cuba, etc., contándonos su experiencia como embajador.

Yo, que siempre he sido un aprendiz de viajero, pensé en si habría errado no eligiendo la diplomacia como oficio, donde habría disfrutado de excelentes residencias, todos los gastos cubiertos y un buen sueldo.

No podía dejar de compararlo con el esfuerzo continuo de un abogado autónomo que depende de sus clientes y sus casos.

Alberto nos hizo ver el importante y crucial papel que desempeñan nuestros embajadores y cónsules en todo el mundo representando a España y me hizo sentirme orgulloso de ser español.

Pero a la vez, en ese hemiciclo de la Facultad de Medicina, con el cónsul encorbatado aunque en mangas de camisa, imaginé cómo sería mi vida en Ginebra como funcionario de Naciones Unidas, tratando con representantes de todos los países del mundo, de una velada en otra.

Y eso me hizo recordar de nuevo mi estancia en Londres en aquella etapa en la que estaba en el medio de mi vida de estudiante y mi vida profesional. En la ciudad londinense, comía y conversaba todos los días con compañeros franceses, italianos, japoneses, coreanos, africanos, turcos, griegos, alemanes, etc.

Paseábamos por la ciudad y sus parques, por sedes universitarias, museos, pubs, tiendas, rodeados de un espíritu cosmopolita que aún no he olvidado y trato de mantener en mis viajes y congresos.

Una cierta nostalgia me invadía y me hacía pensar en que uno puede vivir en cualquier lugar del universo sin tener que hallarse atado a la tierra donde vinimos al mundo, que todos somos iguales, que no tenemos unas costumbres tan distintas, que podemos adaptarnos a cualquier cultura.

Salimos de la universidad impregnados de la alegría y la grandeza de Navarro, quien nos animó a ser mejores y a seguir la carrera diplomática, aquellos que se atreviesen a ello.

Un gran hombre.

A esas horas, ya me retiré a mi hotel dejando a los otros que prosiguieran la expedición con la asociación de estudiantes del lugar: mi día había comenzado a las cinco y media de la mañana.

Aunque me quedé leyendo un buen rato, dormí unas horas antes de levantarme a las seis y prepararme para correr con ocho grados adentrándome en una tranquila urbanización con calles donde ni los perros ladraban, nadie salía o entraba, junto a las típicas casas suizas de grandes tejados inclinados.

Uno comienza a correr y se evade. Unas imágenes y otras pasan por nuestra cabeza llevándonos a los más variados lugares, encontrándonos con personas que no esperábamos, con circunstancias de lo más variadas, pensamientos y reflexiones.

Es como una película con múltiples escenas mientras nos despejamos y cargamos de endorfinas para pasar un día repleto de energía positiva que no sería lo mismo sin nuestro «jogging».

La ducha reparadora hizo que bajara al gran comedor ávido de saborear los alimentos suizos y con afán de conversar con mis ilustres amigos de la URJC. Recogí a mi hija, que desde luego había dormido menos que yo, y nos encontramos con Ángel, Miguel Ángel y Miguel.

Disfrutamos de un buen desayuno con un sabroso café acompañado de un exquisito salami, pan oscuro, mermelada, beicon y queso.

En la mesa redonda hablamos de la visita a Naciones Unidas donde nos habíamos citado a las diez y cuarto con los demás. Nos bajamos del tranvía casi en las puertas de la ONU y allí aprovechamos para grabar algunos videos. Marie, la estudiante de origen marroquí representante estudiantil, me habló de su experiencia anterior trabajando en la banca suiza. Era hija de diplomáticos.

Los estudiantes madrileños estaban reunidos en distintos grupos. A mi me gustaba hablar y reírme con Álvaro Galvin, joven simpático y bondadoso donde los haya. Y con Ángel, amable y buen amigo, al igual que Miguel Ángel, los dos muy atentos siempre conmigo y “fans” desde hace tiempo.

Miguel Macías, otro buen compañero, leal y atento. Livio y Mario, otros dos dirigentes que sabían emplear en cada momento las palabras oportunas para dirigir al grupo.

DE PIE, MICRÓFONO EN MANO

Ya dentro del recinto, con el gran edificio al fondo y la inmensidad de banderas delante, comenzamos a dirigirnos al fondo cuando de pronto nos sorprendió una intensa lluvia que nos mojó a todos. Ya en el interior, pudimos conseguir un buen café. Mientras esperaba a que unos diplomáticos latinoamericanos se sirvieran sus bebidas, especulé de nuevo en cómo sería trabajar allí. Ello hizo que evocara nuevamente mi etapa cosmopolita y mis visitas a capitales de América.

Cuando salimos de la ONU, tras sentarnos en mullidos sillones de dos salas de conferencias, nos dirigimos a un restaurante buffet cercano conversando animadamente en la mesa, no pudiendo evitar contagiarme del júbilo y el optimismo de estos jóvenes que están ahora en un momento crucial de sus vidas.

Por fin, en mi intervención en el hemiciclo de la universidad de Ginebra, decidí dirigirme a los estudiantes como lo había hecho el cónsul español, de pie, con el micrófono en la mano y delante de una gran pantalla en la que había una imagen mía rodeado de las banderas de la ONU, a modo de cartel de la conferencia. Para mi no era difícil contarles a mis atentos oyentes cinco procesos en los que había sido el abogado de la defensa o de la acusación.

Cinco casos famosos en los que no solamente refería las cuestiones procesales sino la vida misma, cuando la realidad supera a la ficción y un relato sucede a otro.

Casos de asesinatos, homicidios imprudentes, delitos económicos, de la audiencia nacional, etc., que hacían mantener la atención de mi público intentando yo hacer interesantes las historias.

Porque, efectivamente, eran unas narraciones con todo tipo de ingredientes, que uno cuenta como si tal cosa pero el que los oye por primera vez se ve conmovido.

El último día, mi «footing» me permitió incorporarme al nuevo día fresco y con muchas ganas disfrutando de otro gran desayuno. Allí estaban también dos nuevos amigos del Congo que habíamos conocido el día anterior y que eran intermediarios de futbolistas.

Compartimos un café hablando de fútbol y el caso Dani Alves, sobre el que yo había dado una conferencia a propósito de su prisión provisional recientemente.

Tras nuestra última visita a la ciudad, atrás quedaba una experiencia maravillosa con una gente entrañable a la que solo podemos apoyar los que ya llevamos unos años de experiencia profesional.

En esta nueva singladura, no viajé hacia el pasado, regresé al futuro, a ese futuro en el que pensé aquella vez cuando desde el Intercontinental divisaba el Lago Lemán.

Y mucho antes, cuando en aquellos lejanos ochenta iniciaba el ecuador de mi carrera viajando por Centroeuropa y conocí Suiza. La vida transcurre inexorablemente.

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