La alabada y laureada película ‘En construcción’ (José Luis Guerín, 2001) narró “la intimidad” del proceso de edificación de un bloque de viviendas en el barrio Chino de Barcelona.
Contó en formato documental cómo vivieron obreros y vecinos el levantamiento del inmueble. Todos ellos, personas del barrio, eran conscientes en todo momento de que las cámaras les estaban grabando.
Al principio, se portaron de forma poco natural, pero conforme pasaba el tiempo todos se iban acostumbrando a la presencia del celuloide y transformándose en ellos mismos.
No es fácil que esto ocurra cuando el ‘protagonista’ se encuentra bajo el foco por una acusación judicial. En este último caso, la honorabilidad del ‘actor’ está en entredicho y éste es consciente de que está siendo observado como consecuencia de que la judicatura le considera sospechoso.
Que el imputado sea objeto de miles de miradas, por lo tanto, le provocará una crisis vital que, según cómo sea afrontada, tendrá como consecuencia un impacto negativo sobre su reputación o, por contra, un crecimiento personal que incida en el mantenimiento o el incremento de su prestigio.
JAMÁS VOLVERÁ A SER EL MISMO
Por eso Dani Alves nunca volverá a ser el mismo. Lo comenté aquí poco después de que fuera acusado de violación.
Su reputación fue absorbida entonces por un tornado de mala fama que le hundió en los pozos del infierno del desprestigio.
Un «es culpable, lo sabemos todos» se impuso en el inquisidor tribunal de la opinión pública que acababa de encerrar al acusado tras las rejas de las pantallas.
Después del veredicto social, vino la prisión preventiva y la resolución condenatoria que confirmaban el juicio paralelo.
Hasta las entrevistas al hombre que parecía haber matado a Manolete estaban mal vistas.
Los juzgadores de la masa censuraron a la periodista que osó cruzar los muros de la cárcel para hablar con el malhechor, pues para ellos este último no tenía derecho siquiera a ser escuchado.
Sus voceros alegaron -en un ejercicio de intelectualidad sin precedentes- que todo lo que fuera dar voz al criminal conllevaba justificar su actuación.
Alves estaba en este mundo, pero arrinconado y aislado cual patito feo.
430 DÍAS EN PRISIÓN PREVENTIVA
Pasó 430 días en prisión preventiva, vivió una crisis familiar y tuvo que abonar un millón de euros para salir de la cárcel.
En lo profesional, Pumas -el equipo mexicano en el que militaba cuando estalló el escándalo- le expulsó de sus filas y le reclamó seis millones de euros por incumplir su código de conducta y desacreditar al club, lo que conllevó el fin abrupto de su carrera deportiva y el desplome de sus derechos de imagen.
Su caso representa el paradigma del daño moral y reputacional sufrido por una persona como consecuencia de un procedimiento judicial, en el que es la propia administración de justicia la que ejerce como detonante de la caída en desgracia social.
Sin la investigación -primero- y la condena -después-, nada de este perjuicio hubiera sucedido. Sin embargo, los tribunales no serán capaces de poner fin a la pesadilla.
Si la sentencia hubiera condenado a Alves, la opinión pública daría por confirmado su prejuicio, pensaría que el deterioro de la reputación sufrida por el ex barcelonista suponía un castigo adelantado por aquello que «todos sabíamos» que había hecho.
No dudaría, por lo tanto, de que el ex futbolista se merecía esa pena.
LA ABSOLUCIÓN NO GARANTIZA QUE ALVES RESTAURE SU DETERIORADA IMAGEN
En el presente caso (resolución absolutoria), sin embargo, ni siquiera la inocencia decretada por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña garantiza que Alves pueda restaurar su aún deteriorada imagen.
Han sido muchos meses de condena pública, de acusaciones, de destrozo continuado, de menoscabo que han desgastado poco a poco el prestigio del futbolista y que no se recuperan apretando el botón de ‘enviar sentencia’.
Tras esta última, de hecho, han sido varios los testimonios que han seguido pisoteando la imagen de Alves.
La resolución, ha dicho la ex ministra de Igualdad Irene Montero, fue «un ejemplo de violencia institucional y justicia patriarcal».
«Qué vergüenza que todavía se cuestione el testimonio de una víctima y se diga que la presunción de inocencia está por delante», ha apostillado la vicepresidenta María Jesús Montero.
Alves debe ser consciente de que no volverá a ser la persona que fue.
Debe entender cuanto antes que el viejo Dani es el pasado, que no puede ignorar la experiencia vivida por dolorosa que sea, que tiene que construir sobre ella al nuevo hombre que ocupará el lugar que tenía el antiguo. Comprender este principio se torna básico para empezar a encontrar su nuevo sitio en el mundo.
Para ello, también es importante admitir que, aunque el impacto sobre la imagen de las personas se produce inicialmente como consecuencia de una causa judicial, su desarrollo en la opinión pública adquiere vida propia, tanto para lo malo como para lo bueno.
Y en este punto tendrá mucho que decir la actitud del propio Alves, que posiblemente haya colgado las botas, pero que también tiene por delante una vida -privada y pública- que edificar en la que sí puede luchar por el nuevo Dani.