Opinión | Pronóstico reservado, por ahora: Estados Unidos enfermo y en manos de la medicina alternativa

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington y consultor internacional, analiza en esta columna cómo EE.UU., aquejado por un déficit crónico y el desafío geopolítico chino, recurre a «curas milagrosas» bajo el mandato de Donald Trump 2.0, agravando su fragilidad sistémica en lugar de sanarla. Foto: EP.

10 / 04 / 2025 05:40

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En medicina, hay enfermedades graves que, cuando no se tratan a tiempo o se tratan mal, acaban haciendo metástasis.

Estados Unidos sufre desde hace años dos dolencias estructurales: un déficit presupuestario crónico que consume su músculo fiscal y una amenaza geopolítica creciente en forma de potencia asiática llamada China.

Son, en términos clínicos, dos cánceres que amenazan la salud sistémica de la superpotencia.

Varios presidentes han acudido a los mejores médicos —economistas, estrategas, tecnólogos— buscando remedios. Pero ninguno ha querido aplicar el tratamiento que no pocos facultativos han recomendado para al menos uno de los males: una cirugía fiscal que incremente ingresos mediante más presión tributaria, y obviamente contención del gasto.

El miedo a los efectos secundarios políticos —protestas, pérdida de votos, rechazo de los mercados— ha sido más fuerte que la voluntad de curación.

Trump 1.0, en su primer mandato, intentó atacar ambos tumores a su manera. Para el primero (el déficit), recurrió a la impresión monetaria y a la política arancelaria, esperando que esta última forzara una reindustrialización nacional que aumentara los ingresos fiscales.

Para el segundo (la amenaza china), ensayó una quimioterapia comercial: aranceles, vetos tecnológicos, acuerdos forzados. Los resultados fueron, como en los tratamientos mal dosificados, irregulares. A veces el tumor pareció encogerse; otras veces, volvió con más fuerza.

Hoy, con Trump 2.0 de nuevo en la Casa Blanca, la situación se ha agravado.

El paciente, cansado de médicos que no le ofrecen curas indoloras, ha optado por una vía más peligrosa: ha entregado su salud a una suerte de medicina alternativa, recomendada por asesores que prescriben soluciones improvisadas, contradictorias y a menudo contraproducentes.

Le han convencido de que la mejor estrategia es aumentar la agresividad: multiplicar los aranceles, “comprar los recursos naturales de Ucrania”, buscar una alianza comercial con Rusia, hacerse con Groenlandia y también con el canal de Panamá, lanzar órdagos a Irán, dividir a la Unión Europea, trasladar costes y deuda a los aliados, y confrontar abiertamente a China.

El problema es que esas acciones, lejos de detener la enfermedad, pueden acelerarla.

La guerra comercial con China, ahora elevada a un 104% de aranceles, no solo incrementará los precios para el consumidor americano: también fortalece la narrativa nacionalista en Pekín y acelera el proceso de bifurcación tecnológica mundial, con China apostando por la autosuficiencia.

Como si al atacar una célula cancerosa con violencia, esta respondiera multiplicando su capacidad de defensa y de expansión.

HEMORRAGIA EN LA CREDIBILIDAD INTERNACIONAL DE EE.UU.

Mientras tanto, la estrategia en relación a Ucrania ha abierto una hemorragia en la credibilidad internacional de Estados Unidos. Aliados desconcertados, una OTAN dividida, y una Rusia fortalecida.

Si esta tendencia se consolida, el paciente corre el riesgo de caer en una inmunodepresión irreversible. La falta de coordinación con aliados, el repliegue en instituciones multilaterales y la ambigüedad estratégica actúan como factores que cronifican la enfermedad.

Sin anticuerpos diplomáticos ni el refuerzo de la cooperación, el sistema quedará expuesto a infecciones geopolíticas cada vez más agresivas —no solo de Rusia, sino de potencias revisionistas— que aprovecharán la debilidad para expandir su influencia.

De persistir la hemorragia de confianza, el desgaste orgánico del orden internacional liderado por Estados Unidos podría desembocar en un cuadro crítico: un organismo sin defensas, incapaz de contener crisis ni garantizar estabilidad.

La recuperación exige, urgentemente, una transfusión de estrategias coherentes y un tratamiento basado en la alianza, no en el aislamiento.

Todo esto se produce con un equipo médico donde prima la lealtad sobre la competencia, la obediencia sobre el análisis crítico. Lo que en medicina llamaríamos un cuadro de mala praxis institucional.

En lugar de terapias serias, sobre la mesa aparecen elixires mágicos que prometen curación total y un futuro deslumbrante. Y ya sabemos cómo suelen acabar esas historias.

Hoy más que nunca, el enfermo necesita una segunda opinión. Una que combine firmeza y conocimiento, realismo y visión de largo plazo. Porque si sigue confiando en curas alternativas el diagnóstico podría empeorar muy pronto.

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