Opinión | China contra Estados Unidos: más allá del número uno

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional hace un análisis sobre las posiciones que, a día de hoy, ostentan China y Estados Unidos en este particular pulso histórico que están librando sus dos líderes, Xi Jinping y Donald Trump. Foto: Generada por IA.

28 / 05 / 2025 05:35

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El debate global sobre si China ha destronado o está a punto de destronar a Estados Unidos como la principal potencia mundial resuena con la fuerza de una transformación histórica. ¿Es el gigante asiático el nuevo hegemón?

Observar que el Producto Interno Bruto (PIB) de China, medido en Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), ya supera al de Estados Unidos –34,6 billones de dólares internacionales frente a 27,4 billones en 2023– podría inducir a una conclusión precipitada.

Sin embargo, la realidad del poder global en el siglo XXI es un tapiz tejido con hilos económicos, militares, tecnológicos y culturales mucho más complejos.

Declarar un vencedor definitivo en esta contienda es ignorar la intrincada naturaleza de la influencia internacional. Nos hemos adentrado en una era definida no por un único soberano, sino por una intensa y multidimensional competencia entre dos titanes, donde Estados Unidos conserva ventajas críticas incluso mientras el desafío de China redefine el orden mundial.

Esto no es simplemente una cuestión de quién ocupa el primer puesto; es la crónica del surgimiento de una superpotencia dual.

El coloso económico y sus contrapesos estratégicos

El ascenso económico de China es, sin duda, un fenómeno que ha remodelado el planeta. Su liderazgo en PIB por PPA es testimonio de una capacidad productiva y un mercado interno colosales.

Se erige como la «fábrica del mundo», dominando la exportación global de mercancías con un superávit que en 2023 alcanzó los 822.000 millones de dólares.

No obstante, esta es solo una cara de la moneda económica. Estados Unidos mantiene una ventaja considerable en PIB nominal –aproximadamente 27,7 billones de dólares frente a los 17,8 billones de China en 2023–, un indicador crucial de su influencia financiera global y su poder adquisitivo internacional.

De hecho, las proyecciones del FMI sugieren que esta brecha nominal podría incluso ampliarse para 2029, un dato que modera las narrativas de una inminente superación china.

Aunque la internacionalización del renminbi (la moneda de China) avanza, con una cuota del 4,13% en los pagos globales vía SWIFT en marzo de 2025, el dólar estadounidense conserva una hegemonía abrumadora, representando el 49,08% en la misma fecha y constituyendo el 57,8% de las reservas oficiales de divisas a finales de 2024.

En la atracción de Inversión Extranjera Directa (IED), si bien China sigue siendo un receptor clave (163.200 millones de dólares estadounidenses en 2023), la reciente contracción en los flujos contrasta con la persistente fortaleza de Estados Unidos (310.900 millones de dólares estadounidenses en 2023).

Así, el panorama económico es el de un gigante chino en producción física y comercio, enfrentado a un poderío estadounidense arraigado en la fortaleza financiera y una mayor riqueza per cápita.

El reequilibrio militar: la cantidad desafía la ventaja cualitativa

Esta pujanza económica ha impulsado una ambiciosa modernización militar en China. La Armada del Ejército Popular de Liberación cuenta hoy con la flota más grande del mundo en número de buques –más de 370 plataformas navales frente a las 296 de la Armada estadounidense–, una clara señal de sus aspiraciones oceánicas.

Sus capacidades de Anti-Acceso/Negación de Área (A2/AD), incluyendo misiles balísticos anti-buque como el DF-21D (con un alcance superior a 1.500 km), representan un desafío significativo para la libertad de operación estadounidense en el Indo-Pacífico.

A pesar de estos avances, Estados Unidos mantiene el mayor gasto militar del mundo (997.000 millones de dólares en 2024, frente a los 314.000 millones de China), lo que se traduce en ventajas cualitativas en tecnología militar avanzada, una vasta experiencia operativa global y una capacidad de proyección de poder planetaria superior.

Con todo, esas cifras deberían matizarse por el diferencial de costes entre las industrias armamentísticas de ambos países, y ahí a buen seguro el diferencial se acorta.

Su arsenal nuclear, con 1.770 ojivas desplegadas frente a las aproximadamente 600 de China (con planes de expansión a más de 1.000 para 2030), sigue siendo un pilar de su disuasión estratégica.

El equilibrio militar es, por tanto, el de un desafío regional chino en rápido crecimiento contra una superioridad global estadounidense que, si bien persistente, debe ahora enfrentarse al creciente poderío de Pekín.

La frontera tecnológica: una carrera ferozmente disputada

En el siglo XXI, la fortaleza geopolítica está indisolublemente ligada a la supremacía tecnológica.

China ha realizado avances espectaculares, con una inversión en Investigación y Desarrollo (I+D) que, ajustada por PPA, alcanzó en 2023 el 96% del nivel estadounidense, creciendo a una tasa anual del 8,7%.

Lidera mundialmente en volumen de solicitudes de patentes (un 47,2% del total mundial en 2023) y ha logrado una cuota de mercado global sustancial en tecnologías críticas como el 5G, donde empresas como Huawei se mantienen como actores principales a pesar de las presiones geopolíticas.

Sin embargo, Estados Unidos sigue a la cabeza en el ecosistema general de Inteligencia Artificial (IA), según el Global AI Index de Stanford (puntuación de 70,06 para EE.UU. frente a 40,17 para China en 2023), especialmente en investigación fundamental e inversión privada (EE.UU. representó casi el 60% de la inversión privada mundial en investigación de IA en 2023).

Aunque China sobresale en la aplicación y escalado de tecnologías, Estados Unidos a menudo mantiene una ventaja en la innovación de vanguardia. La carrera por el liderazgo en IA, computación cuántica y biotecnología está lejos de decidirse, y la nación que finalmente prevalezca obtendrá una ventaja estratégica decisiva.

El escenario global: redes diplomáticas y la batalla por corazones y mentes

La influencia de una nación no se mide únicamente por su músculo económico o militar. Su alcance diplomático y su atractivo cultural –su poder blando– son igualmente críticos.

China, demostrando sus ambiciones globales, posee ahora la red diplomática más extensa del mundo, con 274 sedes. Su influencia en instituciones multilaterales como la ONU también ha crecido notablemente, especialmente entre los países en desarrollo.

Con todo, Estados Unidos sigue ocupando el primer lugar en el Índice Global de Poder Blando 2024 (con una puntuación de 78,8 frente al 71,2 de China, que ocupa el tercer lugar pero es la marca nacional de más rápido crecimiento).

El atractivo de la cultura popular estadounidense, sus instituciones de educación superior (principal destino para estudiantes internacionales, con 1,1 millones en el curso 2023-2024) y su liderazgo científico persisten, pese a que las políticas de Trump pueden estar jugando en su contra.

Aunque el poder blando chino está en auge, especialmente en las percepciones sobre sus capacidades en negocios y ciencia, enfrenta desafíos relacionados con sus valores políticos que pueden limitar su atractivo global.

La era de los gigantes entrelazados: más allá de una simple clasificación

Entonces, ¿ha destronado China a Estados Unidos?

La evidencia sugiere que esta es la pregunta equivocada. China se ha consolidado inequívocamente como una potencia global de primer orden, rivalizando con Estados Unidos en múltiples dimensiones y, en métricas específicas como el PIB por PPA o el tamaño numérico de su armada, incluso superándolo. Su ascenso es la narrativa geopolítica definitoria de nuestro tiempo.

No obstante, Estados Unidos conserva por ahora profundas ventajas estructurales y cualitativas: un PIB nominal sustancialmente mayor, la moneda de reserva dominante a nivel mundial, una capacidad de proyección de poder militar global superior, un liderazgo persistente en innovación tecnológica de vanguardia y un poder blando más arraigado.

No estamos presenciando una simple transferencia de liderazgo global.

En su lugar, el mundo ha transitado hacia una era de intensa y multidimensional competencia entre dos superpotencias. China es, sin duda, la segunda potencia económica nominal y una fuerza militar y tecnológica en rápido ascenso con claras aspiraciones de primacía. Estados Unidos, aunque su hegemonía ya no es incontestada, sigue siendo la potencia más completa en términos agregados.

Este no es un eco de la Guerra Fría, definida por la división ideológica y la separación económica. Es una nueva época caracterizada por dos gigantes profundamente entrelazados, enfrascados en una dinámica de competencia y, a veces, de cooperación obligada.

Comprender los matices de esta compleja relación, en lugar de buscar una simplista etiqueta de «número uno», es la tarea crítica para navegar las desafiantes décadas que tenemos por delante.

La «potencia más completa» se enfrenta a su «desafío más formidable», y el orden global será moldeado por su intrincada danza.

El verdadero interrogante geopolítico, sin embargo, trasciende el balance actual: reside en proyectar estas trayectorias asimétricas. China avanza con ímpetu predecible en su ascenso –aunque lastrada por contradicciones demográficas, desequilibrios de desarrollo y una ambición estratégica que alimenta resistencias globales–.

Estados Unidos, en contraste, libra una batalla más esquiva: debe reinventar los cimientos de su primacía ante un mundo menos permeable a su hegemonía, mientras navega tensiones internas que erosionan su cohesión social y su ventaja innovadora.

El siglo XXI no será testigo de un mero traspaso de cetro, sino de una carrera entre dos modelos en tensión consigo mismos.

El resultado final podría depender menos de quién acumule más poder duro, y más de cuál logre resolver la paradoja fundamental de nuestro tiempo: ejercer influencia global en un mundo fragmentado, sin sucumbir a sus propias fracturas internas.

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