«De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal» — Jaime Gil de Biedma, «Apología y petición», Moralidades (1966).
La noche del 14 de julio, en Arlington, Texas, España desarboló a Francia el día de su fiesta nacional. No fue un triunfo cualquiera: fue una lección de sistema.
Un penalti transformado por Oyarzabal en la primera parte, un gol de Pedro Porro en la segunda, y delante la selección que había llegado a la semifinal como máxima favorita, finalista de los dos últimos Mundiales, con un Mbappé empatado con Messi como máximo goleador del torneo.
La prensa internacional no discutió el resultado; discutió los adjetivos. 37 partidos sin conocer la derrota en dos años. Un solo gol encajado en 6 encuentros del campeonato. El domingo, en el MetLife de Nueva Jersey, la final.
En cualquier país normal, ese equipo sería la metáfora oficial de la nación: la prueba exhibida ante el mundo de lo que ese país es capaz de hacer cuando juega junto.
En España es otra cosa: es un paréntesis. El único espacio público donde la palabra España se pronuncia sin adjetivos, sin trinchera y sin peaje. Dura 90 minutos. Cuando el árbitro pita el final, la palabra vuelve a sus propietarios en litigio.
Esa es la anomalía que esta columna quiere mirar de frente.
España lo tiene casi todo para ser una historia de éxito; los datos, que enseguida veremos, dicen que en buena medida ya lo es. Lo que no tiene es un país dispuesto a contarla.
Los españoles discuten de muchas cosas, pero sobre ninguna discuten tanto como sobre España misma; y aquello sobre lo que más discuten es, precisamente, su activo más valioso.
¿Qué nos falta, entonces? Nada que se compre con fondos europeos. Falta algo más antiguo, y para encontrarlo hay que remontar dos siglos.
Una advertencia antes de seguir, porque vivimos tiempos en los que cuesta abrir la boca sin ser inmediatamente alistado a uno u otro bando.
Afirmar que España es en buena medida una historia de éxito no es un aval a ningún Gobierno; hablar en España de «este» o «aquel» Gobierno es, además, una falacia del singular: hay tantos gobiernos como comunidades autónomas, más el del Estado, de todos los colores y en todas las combinaciones. Los datos pertenecen al país, no a quienes lo administran.
Quien firma carece, además, de partido al que servir: el mío, el liberal, ni existe ni ha existido en la actual etapa democrática española, más allá de algunas aproximaciones de efímero recorrido.
Lo que sigue es un esfuerzo de objetividad y una huida deliberada de toda demagogia, guste más o guste menos.
Los datos del éxito que nadie celebra
Primero, el inventario, porque la tesis exige demostración.
The Economist cerró 2024 situando a España en el primer puesto de su clasificación anual de economías, por delante de casi 40 economías desarrolladas y con Alemania y Francia en la mitad baja de la tabla.
El PIB español creció aquel año un 3,2% mientras la economía alemana se contraía; para 2026, los análisis de Goldman Sachs proyectan un crecimiento que triplica la media de la eurozona.
El paro, la vieja vergüenza nacional, está en su nivel más bajo desde 2008, y la tasa de empleo, en máximo histórico. Las grandes agencias de calificación mejoraron la nota de la deuda española en 2025, y la deuda pública se encamina a bajar del cien por cien del PIB.
Y no es solo ciclo. El mismo análisis de Goldman Sachs subraya el cambio estructural que casi nadie comenta: el peso de los servicios de alto valor añadido en el PIB español está hoy tres puntos por encima del nivel prepandemia, un avance mayor que el del resto de la eurozona, y la productividad crece más deprisa que en Alemania, Francia e Italia.
Ni siquiera es ya solo turismo, aunque el turismo —más de 90 millones de visitantes en 2024— siga siendo formidable. Es, en términos de manual, una historia de éxito: crecimiento, empleo, desapalancamiento, transformación productiva.
Que nadie lea aquí complacencia, porque el balance tiene un debe, y no es menor.
La percepción de corrupción está en el peor registro de su serie histórica: 55 puntos sobre cien en el índice de Transparencia Internacional publicado este febrero, puesto 49 del mundo, por detrás de Portugal, señalada como uno de los descensos significativos del año en Europa.
Los indicadores de calidad democrática dibujan un cuadro disperso pero incómodo: el Rule of Law Index registra una pérdida de posiciones desde 2018, y la unidad de inteligencia de The Economist —la misma casa que premia la economía española— llegó a degradar al país en 2021 a la categoría de democracia imperfecta por el bloqueo en la renovación del gobierno de los jueces, un órgano constitucional que pasó más de cinco años caducado.
Recuperó después la etiqueta de democracia plena, pero las recomendaciones del Consejo de Europa sobre el sistema de nombramientos judiciales siguen sobre la mesa. La casa gana dinero; la administración de la casa envejece mal.
Ahora, la ironía.
Ese país, el mejor valorado por los mercados y por los organismos que lo miran desde fuera, lleva sin aprobar unos presupuestos generales completos desde las elecciones de 2023.
Crece sin cuadro de mando. España funciona mejor de lo que se gobierna y se cuenta peor de lo que funciona. Los corresponsales extranjeros escriben crónicas lustrosas que en Madrid se leen con incredulidad.
Ahí está el síntoma: un éxito objetivo sin relato disponible, porque el lugar donde se fabrican los relatos —la nación— es zona de guerra.
Lo llamativo es que España ya supo, una vez, contarse bien.
La Transición fue durante dos décadas el relato nacional de éxito por antonomasia: un país que salía de cuarenta años de dictadura sin guerra, se daba en 1978 una Constitución votada por una inmensa mayoría y entraba en la Comunidad Europea en 1986 convertido en modelo estudiado por politólogos y cancillerías.
Es el único gran relato compartido que ha producido la España contemporánea. Y también él está hoy impugnado desde flancos opuestos: claudicación para unos, mito sobrevalorado para otros.
Ni siquiera el éxito que todos vivieron ha sobrevivido como patrimonio común. Ese es el patrón, y viene de lejos.
El siglo que no fabricó ciudadanos
La explicación corta atribuye el problema a la política del momento.
La explicación seria empieza en el siglo XIX. Mientras las grandes naciones europeas dedicaban aquel siglo a fabricar ciudadanos, España lo dedicó a fabricar facciones.
Francia es el contraste canónico: la escuela pública obligatoria, el servicio militar universal y el ferrocarril convirtieron a campesinos que hablaban patois en franceses que votaban, cantaban la misma canción y morían por el mismo mapa.
El historiador Eugen Weber lo tituló sin rodeos: de campesinos a franceses. El Estado francés fue, durante todo un siglo, una máquina de nacionalizar.
El Estado español del XIX no pudo o no quiso ser esa máquina. Era pobre, vivía endeudado y en guerra consigo mismo: tres guerras carlistas, una sucesión de pronunciamientos militares, una escolarización raquítica que dejó el analfabetismo instalado hasta bien entrado el siglo XX.
Y el servicio militar, que en Francia mezclaba a todas las clases bajo la misma bandera, en España las separaba: la redención en metálico permitía a las familias pudientes librar a sus hijos del cuartel —y de Cuba—, de modo que la institución llamada a fundir la nación certificaba, quinta a quinta, que la patria era obligatoria sólo para los pobres.
José Álvarez Junco lo dejó establecido en Mater dolorosa, probablemente el mejor libro escrito sobre la idea de España en el XIX: la identidad nacional española no fracasó por exceso de nacionalismo, sino por debilidad del proceso nacionalizador.
Y sobre esa debilidad se libró, además, una guerra cultural entre dos religiones de la patria —la católico-tradicional y la liberal-progresista— que no discutían políticas: discutían qué era España, quién la había fundado y quién la había traicionado.
Cuando las naciones europeas entraron en el siglo XX con un relato nacional consolidado, España entró con dos, incompatibles y armados. Lo que vino después es conocido.
La fábrica del pesimismo
Sobre esa nación mal cosida cayó 1898. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas frente a Estados Unidos no fue solo una derrota militar: fue la certificación de que el relato imperial que había suplido a la nacionalización pendiente era papel mojado.
Francisco Silvela lo escribió aquel mismo agosto en un artículo cuyo título sigue siendo diagnóstico: «Sin pulso».
De aquella herida brotó lo que la posteridad llamó el problema de España. Lucas Mallada había abierto camino con Los males de la patria; Joaquín Costa recetó «escuela y despensa» y pidió echar doble llave al sepulcro del Cid; un vasco, Miguel de Unamuno, confesó que le dolía España; y un catalán, Joan Maragall, escribió aquel mismo julio su «Oda a Espanya», la voz de un hijo que le hablaba «en llengua no castellana» para reprocharle que solo supiera celebrar a sus muertos.
El desastre dolió en todas las lenguas de España. Talento inmenso, en todas ellas, puesto al servicio de una sola operación: explicar por qué España no funcionaba.
El regeneracionismo acertó en casi todos sus diagnósticos y produjo, sin proponérselo, un efecto más duradero que sus reformas: institucionalizó el pesimismo como forma suprema de inteligencia nacional.
Desde entonces, en España el optimismo sobre el país es sospechoso de simpleza o de propaganda, y la lucidez se acredita hablando mal de la patria.
Julián Juderías acuñó en 1914 la expresión «leyenda negra» para denunciar la imagen deformada de España en el exterior; la ironía es que la leyenda acabó teniendo más éxito editorial dentro que fuera.
He escrito en estas páginas que ni la leyenda negra ni la dorada explican nada; añado hoy el matiz que entonces quedó pendiente: de las dos, solo una fue interiorizada como identidad. Pocos países europeos han comprado tanta autocrítica ajena a precio de verdad propia.
Y cuando el pesimismo no bastó, llegó la confiscación.
Durante cuarenta años, la palabra España fue propiedad registral de un bando: el franquismo la fundió con su régimen, la vistió con su liturgia y expulsó del concepto a la mitad derrotada de la población.
La Transición hizo algo extraordinario: devolvió el Estado a todos. Pero nunca terminó de devolver la palabra. Una parte del país cedió la bandera por incomodidad heredada; otra la patrimonializó por inercia; y los nacionalismos de todo signo —tanto los que se proclaman españoles como los que se proclaman de otra cosa— hicieron el resto, porque todos comparten el mismo modelo de negocio: necesitan la palabra en disputa para vivir de administrarla.
Las dos Españas de Antonio Machado no se disolvieron: se repartieron los símbolos y firmaron tablas. El resultado es el único gran país europeo donde la nación no es el suelo del debate político, sino su objeto permanente.
Lo que dirían los defensores
Hagamos justicia al argumento contrario, que existe y no es débil.
Primero: la tibieza identitaria puede ser madurez. Después del siglo XX europeo, desconfiar de las banderas es higiene democrática, no enfermedad.
Segundo: la pluralidad es en sí misma el activo; una España que no impone relato único evita las patologías del patriotismo armado, ese que en otras democracias degenera en prueba de lealtad y arma arrojadiza.
Tercero: el éxito no necesita épica; la economía crece sin relato, como acaban de demostrar los datos de la primera parte; y hasta la selección sugiere que los símbolos funcionan mejor precisamente cuando nadie los administra.
Quien defienda la tesis de esta columna sin hacerse cargo de estos tres argumentos hace agitación, no análisis.
Pero los tres prueban menos de lo que parecen.
Porque una cosa es el nacionalismo y otra la autoestima institucional: el acuerdo mínimo de una comunidad política sobre su propio valor.
El relato compartido no es un uniforme; es infraestructura, como la lengua o el derecho. Y su ausencia se paga: en una educación que cambia de relato con cada alternancia, en políticas de Estado que no sobreviven a una legislatura —España encadena leyes educativas con cada mayoría nueva, sin pacto que sobreviva al ciclo electoral—, en una acción exterior que carece del respaldo interno que otros dan por descontado y, sobre todo, en el descuento permanente que sufre todo lo español ante los propios españoles.
La disputa perpetua sobre la nación no es el precio del pluralismo: es un impuesto sobre todo lo demás.
Y hay una regla que cualquier jurista o inversor conoce de memoria: nadie invierte de forma sostenida en un activo cuya propiedad está en litigio.
La final pendiente
Vuelvo al poema del epígrafe —escrito por un poeta de Barcelona—, porque contiene la clave que este país lleva más de un siglo esquivando. Gil de Biedma no se limitó a constatar que la historia de España termina mal; identificó el mecanismo.
La tentación española consiste en convertir el mal gobierno y la pobreza en «un estado místico del hombre», en maldición metafísica, en esencia, cuando son —pidió creer el poeta— «un vulgar negocio de los hombres». El pesimismo español no es una descripción: es una teología.
Y las teologías no se refutan con datos, que es lo que está ocurriendo ahora. Los datos dicen que la historia, en lo esencial, ya no termina mal; el país sigue instalado en la liturgia de que terminará mal, porque siempre termina mal, porque terminar mal es lo nuestro.
La verdad es más prosaica y más incómoda. La historia de España no termina mal: no la dejan terminar. Está retenida, como una herencia rica cuyos herederos llevan generaciones pleiteando por el título mientras el patrimonio, indiferente al pleito, se revaloriza.
Eso es hoy España: un activo excelente con la propiedad en disputa. Y los pleitos de herederos tienen una característica bien conocida en los despachos: benefician, sobre todo, a quienes viven del pleito.
Y aquí es donde la selección deja de ser anécdota y se convierte en método. La Roja no nació ganadora: fue durante décadas el espejo exacto de la autoestima nacional, el equipo del pundonor y de la eliminación en cuartos, la promesa que siempre terminaba mal.
Hasta que dejó de encomendarse al destino y se puso a trabajar: una idea de juego compartida, canteras que la enseñaban desde niños, continuidad por encima de nombres y de seleccionadores.
Tres títulos consecutivos entre 2008 y 2012, la Eurocopa de 2024 y la final de este domingo no son genética: son la prueba de que el pesimismo español era un hábito aprendido, no una esencia, y de que se desaprende invirtiendo sostenidamente en un proyecto común.
Otro catalán que amaba España, Francesc Cambó, dejó escrito hace casi un siglo, en Per la concòrdia, que entre la asimilación y la separación existía una tercera vía más exigente que las otras dos: la concordia como obra deliberada.
Eso hizo el fútbol español. Eso es exactamente lo que el país todavía no ha hecho consigo mismo. Si los españoles pusiéramos en la nación el mismo esfuerzo metódico que pusimos en el balón, España podría ser lo que ya es su selección: un equipo ganador.
Porque las historias de éxito percibidas como tales generan adhesión, y la adhesión, a su vez, fabrica éxito: es el más virtuoso de los círculos y el menos atendido.
La Roja lo demuestra en su propia cronología: la unanimidad no precedió a las victorias; las siguió, y desde entonces las alimenta. Cuando esa percepción no existe, todo cuesta el doble. Trasladado al país, el programa es menos épico de lo que parece.
Primero, contar la verdad completa: enseñar y divulgar la historia y los datos de España enteros, con su debe auditado, sin leyenda negra ni dorada, porque la percepción de éxito no se decreta con propaganda: se construye con verdad demostrable.
Segundo, devolver los símbolos a la neutralidad institucional: que la bandera y la palabra no tengan casilla electoral, empezando por quienes gobiernan, todos.
Tercero, blindar dos o tres políticas de Estado —la educación y la acción exterior, para empezar— por encima del ciclo electoral, como el fútbol blindó su idea de juego por encima de los seleccionadores. Nada de esto exige unanimidad ideológica.
Exige solamente dejar de necesitar que España fracase para tener razón.
El domingo, en Nueva Jersey, once españoles intentarán delante del mundo lo que el país entero todavía no se ha permitido ensayar: tomarse en serio la posibilidad de que una historia española termine bien. Gane o pierda La Roja, esa es la final pendiente.