Opinión | El abismo ucraniano: Por qué el verano de 2025 es el fin del principio

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington y consultor internacional, explica en esta columna las dos única opciones que parece que le van a quedar a Ucrania en su guerra con Rusia. Y en las dos, la decisión de Donald Trump, con el que el presidente ucraniano, Volodomir Zelenski se entrevistó en el Vaticano, tiene la clave.

13 / 07 / 2025 05:41

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Como analistas, nos sentimos obligados a aproximarnos a  los acontecimientos a través de la lente aséptica de la teoría y los datos.

Pero hay momentos en la historia en que el análisis se convierte en una advertencia, y la distancia académica se siente como una negligencia.

Nos encontramos en uno de esos momentos.

El verano de 2025 no es simplemente otro capítulo en la guerra de Ucrania; es el acto final de la primera fase de una confrontación que está redibujando el orden global.

Lo que está en juego ya no es solo la soberanía de una nación, sino la arquitectura de seguridad europea y la credibilidad del poder occidental. Y el epicentro de este terremoto no se encuentra en el Donbás, sino en el Despacho Oval.

La guerra ha llegado a su punto de inflexión, un fulcro sobre el que pivotan tres realidades brutales: el agotamiento humano de Ucrania, la adaptación tecnológica de Rusia y, por encima de todo, la variable dominante e impredecible de la administración Trump.

Vladímir Putin, un jugador de ajedrez en un mundo de damas, ha basado su estrategia en una única y fría apuesta: que la paciencia autoritaria de Rusia superaría la fatigada atención de las democracias occidentales.

Con la llegada de Donald Trump, su apuesta no solo parece estar dando frutos, sino que ha recibido un dividendo inesperado: el caos.

WASHINGTON TIENE DOS ALMAS QUE PUGNAN ENTRE SÍ

La política exterior de Washington se ha convertido en un campo de batalla en sí misma, una pugna entre dos almas que desgarra la coherencia estratégica de Occidente.

Por un lado, los «halcones», armados con proyectos de ley de sanciones draconianas, buscan estrangular la maquinaria de guerra rusa mediante una presión económica abrumadora.

Por otro, los «aislacionistas», ideólogos del repliegue, ven la ayuda a Ucrania como una distracción de los problemas internos y un obstáculo para un «acuerdo rápido» que el presidente pueda vender como una victoria personal.

Este «tira y afloja» no es un debate teórico. Es una señal inequívoca para el Kremlin de que su estrategia funciona. La breve, pero devastadora, suspensión de la ayuda estadounidense anunciada el pasado martes 1 de julio sirvió como una prueba de concepto perfecta para Moscú: demostró que el destino de Ucrania puede decidirse con un simple memorando del Pentágono.

Putin no necesita ganar militarmente de forma decisiva si puede ganar políticamente en Washington. Simplemente necesita aguantar, avanzar centímetro a centímetro en el frente de Pokrovsk y esperar a que una de las facciones en la Casa Blanca le entregue la victoria.

Mientras tanto, Europa ha despertado de su letargo estratégico, pero lo ha hecho en una casa en llamas. El compromiso de elevar el gasto en defensa al 5% del PIB es histórico, tan histórico como irreal, pero el dinero no compra el tiempo.

LA INDUSTRIA DE DEFENSA EUROPEA NO PUEDE PRODUCIR MUNICIONES Y SISTEMAS PARA UCRANIA A CORTO PLAZO

La cruda realidad es que la base industrial de defensa europea está fragmentada y es incapaz de producir la cantidad de municiones y sistemas necesarios para sostener a Ucrania a corto plazo.

Mención aparte merece la capacidad financiera. La «autonomía estratégica» es, por ahora, una aspiración loable frente a una necesidad desesperada.

Esta disonancia entre la política de alto nivel y la realidad del campo de batalla es donde reside la tragedia.

En el este, asistimos a una carnicería propia del siglo XX, una guerra de desgaste donde la abrumadora superioridad rusa en artillería y bombas planeadoras está diezmando a las fuerzas ucranianas.

La innovación de Kyiv es asombrosa —sus drones de largo alcance han humillado a la Flota del Mar Negro y han golpeado el corazón energético de Rusia—, pero la innovación no puede sustituir a la infantería.

Ucrania se enfrenta a una crisis de movilización que ninguna tecnología puede resolver por sí sola. Está ganando batallas asimétricas mientras corre el riesgo de perder la guerra simétrica.

DOS ESCENARIOS

Esto nos deja con dos escenarios dominantes, cada uno más sombrío que el anterior.

El primero, y más probable, es una «paz» impuesta. Impulsada por la impaciencia de Trump, Washington forzaría a Kyiv a aceptar un alto el fuego en las líneas actuales, cediendo de facto el 20% de su territorio a cambio de un cese de hostilidades. Sería una paz sin justicia, un respiro inestable que ambos bandos utilizarían para rearmarse y prepararse para la segunda ronda. Una tregua, no un tratado.

El segundo escenario es un colapso defensivo ucraniano. Si la facción aislacionista prevalece y el grifo de la ayuda se cierra de forma sostenida, las líneas ucranianas, ya bajo una presión insostenible, podrían romperse. La superioridad aérea rusa sin oposición permitiría un avance rápido, llevando a una derrota militar decisiva y a una paz dictada en los términos maximalistas de Moscú.

Hemos dejado atrás el tiempo de las ilusiones. La supervivencia de Ucrania ya no depende únicamente de su valentía, sino de su capacidad para llevar a cabo una reforma militar interna radical en medio del combate, y, de forma aún más crítica, de las convulsiones políticas de su principal aliado.

Occidente no se enfrenta a una elección entre la guerra y la paz, sino entre una paz inestable y peligrosa impuesta por su propio líder, o una derrota catastrófica que envalentonará a sus adversarios en todo el mundo.

El abismo está a la vista, y seguimos caminando hacia él.

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