Hemos de abandonar la condescendencia
Durante décadas, hemos observado a nuestro vecino del sur a través de un prisma distorsionado, viéndolo como un país en desarrollo, un socio comercial útil y, en ocasiones, un vecino problemático. Esa imagen ha quedado obsoleta.
Quien no comprenda que Marruecos ha ejecutado una de las transformaciones estratégicas más audaces de las últimas décadas, no solo se equivoca de diagnóstico, sino que condena a España y a Europa a una política exterior reactiva y permanentemente vulnerable.
El Marruecos de 2025 ya no es un actor que reacciona; es un actor que provoca.
Se ha consolidado como una potencia media asertiva con una agenda geopolítica clara, ambiciosa y extraordinariamente coherente. Esta metamorfosis no es fruto de la casualidad, sino el resultado de una hoja de ruta meticulosamente diseñada desde el más alto nivel: el «Nuevo Modelo de Desarrollo».
Lejos de ser un simple plan económico, es una doctrina nacional impulsada directamente por el Rey Mohammed VI, que busca proyectar al país como una potencia regional y global para 2035.
Su éxito se basa en una paradoja que en Occidente a menudo no logramos comprender: la modernización económica no busca la liberalización política, sino todo lo contrario.
El desarrollo de industrias punteras como la automotriz o la aeroespacial, y la atracción masiva de inversión extranjera, otorgan al régimen los recursos y la legitimidad necesarios para reforzar su control y actuar con una agilidad y una visión a largo plazo que nuestras democracias, a menudo, envidian.
MOVIMIENTOS DE AJEDREZ
Sobre esta sólida base interna, Rabat ha tejido una red de alianzas que ha reconfigurado por completo el tablero regional. Su estrategia es una clase magistral de geopolítica.
Primero, un pivote decisivo hacia África, donde se presenta como un socio Sur-Sur para llenar el vacío de poder dejado por Francia en el Sahel. Su joya de la corona es la «Iniciativa Atlántica», un proyecto que ofrece a los países sin litoral acceso al mar a través de sus infraestructuras.
El detalle crucial es que el puerto principal de esta iniciativa será el de Dajla, en pleno Sáhara Occidental, consolidando así por la vía de los hechos su soberanía sobre el territorio.
El segundo movimiento, y el más decisivo, fue la jugada a tres bandas de los Acuerdos de Abraham. A cambio de normalizar relaciones con Israel, Marruecos obtuvo el premio mayor: el reconocimiento por parte de Estados Unidos de su soberanía sobre el Sáhara.
Esta alianza ha trascendido lo diplomático para convertirse en una asociación militar estratégica. La adquisición de tecnología israelí de vanguardia —drones de ataque, sistemas de defensa aérea como el Barak MX y misiles de precisión— no es una simple modernización. Es un salto cualitativo que está alterando el equilibrio de poder en el Magreb y dotando a Rabat de una capacidad de disuasión que afecta directamente a la seguridad española.
EL DILEMA DE ESPAÑA
Aquí es donde España se enfrenta a su dilema más complejo.
La crisis diplomática de 2021, con la acogida del líder del Polisario y la posterior crisis migratoria en Ceuta, fue el punto de inflexión. La carta del presidente Sánchez en marzo de 2022, aceptando el plan de autonomía marroquí como la base «más seria, realista y creíble», fue una cesión estratégica para comprar estabilidad.
Sin embargo, el balance es agridulce. Se normalizaron las relaciones, pero a costa de una crisis con Argelia y, lo que es más revelador, sin que Marruecos haya cumplido compromisos clave, como la plena normalización de las aduanas de Ceuta y Melilla.
Esto confirma una lección fundamental: para Rabat, la cooperación en migración o seguridad no es un fin en sí mismo, sino una herramienta de presión para avanzar en su objetivo supremo e innegociable: el Sáhara.
La vieja política del «colchón de intereses», que asumía que la creciente interdependencia económica amortiguaría las crisis políticas, ha demostrado ser insuficiente. España es el primer socio comercial de Marruecos, pero Rabat no duda en usar esa misma interdependencia, junto a sus reclamaciones latentes sobre Ceuta, Melilla y las aguas canarias, para forzar concesiones.
Europa, por su parte, ha sido un espectador fragmentado. Marruecos ha explotado magistralmente la falta de una voz unificada en la UE, priorizando las relaciones bilaterales con Madrid y París para avanzar en su agenda.
Y lo hace mientras se beneficia de una contradicción jurídica insostenible: el máximo tribunal de la UE ha anulado repetidamente los acuerdos comerciales por incluir ilegalmente los recursos del Sáhara Occidental. Esta debilidad estructural europea es la mayor fortaleza de Marruecos en Bruselas.
QUÉ HACER
Adaptarse a esta nueva realidad no implica buscar la confrontación, sino abrazar un pragmatismo robusto.
España debe, primero, forjar un consenso de Estado sobre esta relación, la más crítica de su política exterior.
Segundo, debe establecer y comunicar con firmeza sus líneas rojas innegociables: la soberanía de Ceuta y Melilla y el rechazo a la instrumentalización de la migración.
Y tercero, debe fortalecer su propia capacidad de disuasión, pues en esta nueva era, la firmeza es la mejor garantía de paz.
Estamos ante un vecino que ha aprendido a jugar con las herramientas del siglo XXI. Un actor que combina la paciencia estratégica de una monarquía con la audacia de una potencia emergente.
Para España, comprender y gestionar esta nueva realidad no es una opción, sino la tarea estratégica esencial para las próximas décadas. En este proceso, hay algo que nunca debe olvidarse: la fortaleza en el exterior solo puede lograrse a partir de una sólida fortaleza interna como país.