Un análisis riguroso de la actual coyuntura política estadounidense nos confronta con una tesis tan provocadora como peligrosa: que la única manera de competir eficazmente con un rival geopolítico como China es adoptando sus mismas armas, es decir, sacrificando las normas de la democracia liberal en el altar de la fuerza unilateral.
La política arancelaria y las presiones institucionales de la administración Trump no son fenómenos aislados; son las manifestaciones de una misma lógica política. Sin embargo, esta tesis se equivoca en su premisa fundamental.
La erosión de la democracia estadounidense no es un peaje necesario para la victoria geopolítica, sino el resultado de una estrategia populista coherente que, en su afán por consolidar el poder, ataca por igual a los contrapesos internos y a las alianzas externas.
El manual populista se fundamenta en una división moralista del mundo entre «el pueblo puro» y «la élite corrupta».
Para que el líder populista pueda erigirse en el único encarnador de la «voluntad general», debe neutralizar cualquier fuente de autoridad o verdad que compita con su narrativa. Es aquí donde la guerra interna y la externa se fusionan.
En el frente doméstico, hemos sido testigos de un asalto sistemático a las instituciones que actúan como guardianes de la realidad objetiva y la estabilidad.
Cuando la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS) publica cifras de empleo desfavorables, no se debate la política económica; se ataca a la institución misma, calificando sus datos de «amañados» y despidiendo a su comisionada.
El objetivo no es corregir un error, sino destruir la credibilidad de una fuente experta e independiente que contradice el relato del líder.
De igual modo, la presión implacable sobre la Reserva Federal para que subordine su mandato de estabilidad a los deseos políticos de corto plazo del ejecutivo no es una mera diferencia de criterio.
Es un intento de desmantelar uno de los pilares del orden económico, la independencia del banco central, que es percibida como una restricción a la voluntad del líder.
LÓGICA ANTIPOPULISTA
Esta misma lógica antipluralista se proyecta al escenario mundial a través de la política arancelaria. La narrativa oficial, que presenta los aranceles como una herramienta para que China y otros socios «paguen la deuda» estadounidense, es una ficción fiscal.
La aritmética es clara: los ingresos generados son fiscalmente insignificantes frente a una deuda que supera los 36 billones de dólares y un déficit que añade casi 2 billones anuales. Su verdadera función no es económica, sino política.
En primer lugar, los aranceles son una poderosa herramienta de movilización populista.
Simplifican problemas económicos complejos en un relato de victimización y traición por parte de élites «globalistas» y competidores extranjeros que han «saqueado» la riqueza de la nación.
El arancel se convierte en un símbolo performativo de soberanía, donde el líder «lucha» por el pueblo. La falacia de que «China paga» es una obra maestra política porque promete un castigo al «otro» sin coste aparente para el «nosotros».
En segundo lugar, y de forma más crucial, los aranceles son la «armamentización» de la política comercial.
Son un instrumento de coerción unilateral diseñado para desmantelar el sistema multilateral basado en reglas, que es visto como otra élite corrupta e ilegítima (la OMC) que ha perjudicado a Estados Unidos.
Al igual que la Reserva Federal o la BLS, la OMC representa una restricción al poder absoluto del ejecutivo. Por tanto, debe ser debilitada y sustituida por un orden donde impere la «ley del más fuerte».
Aquí se revela la conexión central. La doctrina Trump no ve una contradicción entre debilitar la democracia en casa y desafiar el orden liberal en el extranjero.
Ambas acciones emanan de la misma fuente: una hostilidad fundamental hacia cualquier forma de control institucional, ya sea nacional o internacional.
RIESGOS
El ataque a la independencia de la Fed y el desprecio por la OMC son dos caras de la misma moneda.
Los riesgos de esta estrategia son profundos y, paradójicamente, socavan la propia fortaleza de Estados Unidos.
Al atacar a aliados y rivales por igual, se erosionan alianzas estratégicas, empujando a las naciones a buscar refugio en otros bloques. Se fuerza una reconfiguración caótica y costosa de las cadenas de suministro globales, generando un lastre para la economía mundial que podría reducir el PIB global hasta en un 7%.
Quizás el riesgo más existencial es la «recesión de credibilidad». Cuando los datos económicos se politizan y la política monetaria se somete a la presión electoral, la confianza en las instituciones estadounidenses se desvanece.
Esto, a largo plazo, amenaza el «privilegio exorbitante» del dólar como moneda de reserva mundial, el verdadero pilar del poder global estadounidense.
En conclusión, la idea de que se debe acabar con la democracia liberal para vencer a China es un falso dilema que enmascara la verdadera naturaleza del proyecto populista. No estamos presenciando una elección estratégica para sacrificar unos valores por otros, sino la aplicación de un manual político que es inherentemente hostil a las restricciones del poder, tanto dentro como fuera de las fronteras.
La consecuencia no será una América más fuerte y victoriosa, sino un mundo más fragmentado y una democracia estadounidense crónicamente enferma, vaciada de la confianza y las normas que la hacían resiliente.
El verdadero legado de esta doctrina no es una solución a la amenaza china, sino una profunda herida autoinfligida a los cimientos del poder y la democracia estadounidenses, cuya reconstrucción será una tarea larga y ardua.