En pleno siglo XIX, cuando las mujeres no podían siquiera aspirar a tener un empleo formal, una viuda francesa rompió todos los moldes. Barbe-Nicole Ponsardin, conocida como La Viuda de Clicquot, heredó los viñedos de su marido a los 27 años, y con una hija de 3 se encontró al frente de un negocio al borde de la ruina.
Contra la adversidad, el escepticismo y los elementos, no solo lo salvó sino que con técnicas innovadoras, lo convirtió en un referente mundial del champagne.
Su historia, convertida ahora en película, es digna de detenerse en los detalles. Tras la muerte de su esposo en 1805, Barbe-Nicole se hizo cargo de la Maison Clicquot en plena inestabilidad económica provocada por las guerras napoleónicas.
Sin experiencia previa en la producción de vino, pero con una capacidad innata para la estrategia comercial, introdujo innovaciones técnicas como la mesa de removido, que mejoró la claridad del champagne, y abrió rutas de exportación hacia Rusia en plena guerra.
Su tenacidad y su olfato para los negocios no solo la hicieron sobrevivir, sino marcar un estándar de calidad y marca que todavía hoy perdura.
Y no estuvo sola. Louise Pommery, introdujo el champagne brut; Lily Bollinger mantuvo la casa familiar en tiempos de guerra; o las mujeres actuales al frente de nombres como Paillard, Roederer o Perrier, demuestran que el liderazgo femenino no es una moda, sino un legado.
Ellas no solo hicieron historia en su sector, sino que reescribieron las reglas.
En la abogacía, las mujeres hemos recorrido —y seguimos recorriendo— un camino semejante. Durante décadas no se nos permitió ejercer; más tarde, se nos toleró en roles secundarios; y hoy, aunque la presencia femenina es mayoritaria en las aulas de Derecho, el acceso a las posiciones de decisión y liderazgo sigue siendo una carrera cuesta arriba.
Aquí, los Colegios de la Abogacía jugamos un papel decisivo. No solo como garantes de la excelencia profesional, sino como impulsores de un cambio cultural que permita a más mujeres acceder a los puestos de máxima responsabilidad.
«Los Colegios de la Abogacía, en este contexto, tenemos una oportunidad histórica para convertirnos en plataformas de impulso real. No se trata solo de ofrecer formación técnica o de facilitar el «networking», sino de crear ecosistemas de mentoría y visibilidad que permitan que el talento femenino emerja con fuerza».
La formación en liderazgo, el fomento de redes profesionales sólidas, la visibilidad de referentes femeninos y el compromiso activo con la igualdad no son extras, sino herramientas imprescindibles para construir una profesión más plural, representativa y adaptada a los retos actuales.
Por eso, mirar a estas pioneras de otros ámbitos es algo más que un ejercicio de admiración: es un recordatorio de que la visión y el coraje no tienen género, pero sí necesitan espacio para florecer.
Si La Viuda de Clicquot pudo desafiar las reglas de un mundo que la relegaba al silencio, viéndose incluso procesada por ello, nosotras podemos —y debemos— hacer lo mismo en nuestras profesiones.
La abogacía necesita liderazgos diversos, valientes y creativos. Y las mujeres, como ellas, no pedimos permiso para liderar: lo ejercemos, lo demostramos y lo dejamos en herencia.
Liderar sin precedentes: lecciones de ayer para la abogacía de hoy
Si algo nos enseñan figuras como La Viuda de Clicquot es que el liderazgo no siempre llega de la mano de la experiencia previa, sino de la determinación para aprender y decidir en circunstancias inciertas.
Ella no contaba con títulos, ni con un manual de “cómo dirigir una empresa en tiempos de crisis”.
Tenía, en cambio, un enorme coraje, la capacidad de arriesgar, observar, preguntar y mantener una visión a largo plazo, incluso cuando las urgencias del día a día podían desviarla de su objetivo.
Esa forma de liderazgo, basada en la resiliencia y la innovación constante, es perfectamente trasladable a la abogacía contemporánea.
En un entorno profesional marcado por la transformación digital, la globalización de los mercados legales y la demanda social de mayor diversidad en la representación, quienes lideran —y especialmente las mujeres— deben estar dispuestas a reinventar procesos, a abrirse a nuevas formas de colaboración y a cuestionar prácticas que, por tradición, parecían intocables.
Los Colegios de la Abogacía, en este contexto, tenemos una oportunidad histórica para convertirnos en plataformas de impulso real. No se trata solo de ofrecer formación técnica o de facilitar el «networking», sino de crear ecosistemas de mentoría y visibilidad que permitan que el talento femenino emerja con fuerza.
Programas que pongan en valor la experiencia de abogadas senior, que conecten con las nuevas generaciones y que favorezcan el acceso a puestos de gobierno colegial son pasos concretos que marcan la diferencia.
Además, es imprescindible derribar la falsa creencia de que el liderazgo femenino debe “imitar” al masculino para ser válido. El ejemplo de Clicquot y de tantas otras nos recuerda que liderar puede significar escuchar más, innovar antes, colaborar mejor y decidir con valentía.
La abogacía del futuro no será más fuerte por homogeneizar estilos, sino por abrazar la diversidad de enfoques que enriquecen la profesión.
Las mujeres que hoy ejercemos tenemos el privilegio —y la responsabilidad— de ocupar un espacio que otras no tuvieron. Honrar ese legado no consiste solo en recordar sus historias, sino en continuar escribiendo la nuestra: una en la que la abogacía sea un terreno fértil para todo aquel que quiera liderar, independientemente de su género.