Se cumplen 10 años desde que, en 2015, con la reforma del Código Penal se introdujera la posibilidad de que los programas de Cumplimiento (Compliance) pudieran ser una causa de exención de la responsabilidad penal de las personas jurídicas.
En este tiempo, el Compliance en España ha evolucionado y un cambio clave se refleja en que parece estar pasando de la simple prevención penal, argumento principal para implementarlo en sus inicios, a entenderse como cumplimiento general, gestionando los riesgos de incumplimientos tanto de las normas internas como de las externas, aumentando, con ello, su aporte de valor en las organizaciones. Es decir, mucho más que Compliance penal.
En mi opinión, este enfoque más amplio de Compliance es el adecuado y debería ser un referente de los programas de Compliance maduros en nuestro país y seguir, con buen criterio, los puntos fuertes del estilo del Compliance anglosajón (con una tradición mayor que la nuestra), siendo más proactivo y estratégico, derivado de prácticas de gobierno corporativo y de gestión reputacional.
En un entorno empresarial cada vez más regulado, el Compliance ha dejado de ser una mera opción para las empresas, pasando a convertirse en un factor estratégico que impulsa la competitividad y la sostenibilidad.
Debemos entender el Compliance como un elemento clave en la aportación de valor y que favorece el crecimiento sostenible de las organizaciones, al asegurar que cada decisión empresarial está alineada con la normativa y con los principios éticos que rigen cada uno de los sectores productivos, teniendo un efecto directo y beneficioso en la cuenta de resultados.
Por ejemplo, en sectores regulados como el energético, con una normativa extensa y en constante evolución, un programa de Compliance no solo protege a la empresa de sanciones y riesgos reputacionales, sino que también fortalece sus procesos y controles internos, mejorando su posición en el mercado y generando confianza interna y externa.
«En sectores altamente regulados, contar con un sólido sistema de cumplimiento no solo es esencial para prevenir la responsabilidad penal de la empresa, sino que también se ha convertido en un requisito indispensable del propio mercado».
Las organizaciones comprometidas con el cumplimiento son, sin duda, más atractivas, y esto se traduce en una mayor rentabilidad. Así lo evidencia Ethisphere, consultora estadounidense especialista en promover y medir las prácticas éticas en el ámbito empresarial, con su concepto “Ethics Premium” (Prima Ética), en el que agrupa a las empresas cotizadas con mayores reconocimientos de ética y Compliance y las compara con otras compañías similares, pero sin dichos reconocimientos, arrojando una diferencia media entre ambos grupos de 12,3 puntos porcentuales en un periodo de 5 años (2020-2024).
Otro buen ejemplo del Compliance como elemento diferencial y de creación de valor es el Fondo de Pensiones del Gobierno de Noruega (GPFG), que es el fondo soberano más grande de Europa y uno de los más importantes del mundo. Este fondo se caracteriza por seguir estrictas directrices éticas, de gobierno corporativo y de sostenibilidad para guiar sus estrategias de inversión.
Es conocido que excluye a las empresas que no cumplen con altos estándares éticos, ambientales, sociales y de Compliance.
Diferenciarse de la competencia también a nivel de Compliance
Un programa de Compliance robusto se convierte en un pilar fundamental para el crecimiento empresarial, asegurando que la expansión se realice de manera sostenible y alineada con la normativa vigente y los valores de la organización.
En sectores altamente regulados, contar con un sólido sistema de cumplimiento no solo es esencial para prevenir la responsabilidad penal de la empresa, sino que también se ha convertido en un requisito indispensable del propio mercado.
Por ejemplo, sería prácticamente imposible superar los procesos de KYC (Know Your Client) de grandes bancos, socios y proveedores, tanto nacionales como internacionales, sin un robusto programa de Compliance.
Una buena práctica, clave para empresas que quieran ir un paso más allá, son las certificaciones de cumplimiento, como la UNE 19601 (Sistemas de Gestión de Compliance Penal), de alcance nacional, o las ISO 37001 (Sistemas de Gestión de Anticorrupción) e ISO 37301 (Sistema de Gestión de Compliance), estas últimas de alcance internacional, que permiten acreditar por un certificador externo el compromiso con la integridad y la transparencia de las organizaciones. Estas certificaciones no solo refuerzan la estructura interna de cumplimiento, sino que se convierten en un elemento diferenciador frente a competidores.
Lograr certificarse y mantenerlas año tras año exige cumplir con los más altos estándares de cumplimiento y anticorrupción, por lo que es uno de los mayores hitos a los que puede aspirar una organización a nivel de Compliance.
En definitiva, la ética y el Compliance son siempre un gran valor añadido para la organización, siendo, por tanto, un elemento diferencial. Es por ello por lo que el futuro de las organizaciones exitosas radicará en la integración de ética y Compliance dentro de la estrategia empresarial, garantizando que las compañías no solo cumplan con la ley, sino que también lideren su desarrollo con integridad y transparencia.