Opinión | Francia ha perdido el “hecho mayoritario”: por qué dos gobiernos en nueve meses no son un accidente

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, analiza la crisis política francesa: dos gobiernos caídos en nueve meses y el fin del “hecho mayoritario” en la V República. Foto: EP.

9 / 09 / 2025 05:38

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El lunes 8 de septiembre de 2025, François Bayrou decidió jugarse el todo por el todo con un voto de confianza. Fue un “momento de la verdad”, dijo. La Asamblea le respondió con 364 “noes” y 194 “síes”.

Segundo primer ministro caído en nueve meses. La V República, diseñada para blindar a los presidentes frente a vaivenes parlamentarios, se quedó sin red. Y Francia, sin gobierno operativo.

Como espíritu de cuño liberal, no veo aquí una anécdota parlamentaria, sino el final —anunciado— del fait majoritaire que sostuvo a la V República durante seis décadas. Lo que estalla no es un nombre propio: es la arquitectura de poder cuando el tablero se vuelve tripolar.

El pecado original y la colisión con la realidad

El detonante no fue Bayrou, sino la disolución de Emmanuel Macron tras las europeas de junio de 2024. Aquello produjo una Asamblea en tres bloques irreconciliables: izquierda (NFP), centro macronista (Ensemble) y extrema derecha (RN).

A esa cámara fracturada se la intentó gobernar como si fuese bipartidista. Imposible.

Michel Barnier, nombrado en septiembre de 2024, activó el 49.3 para forzar una parte del presupuesto. Resultado: moción de censura aprobada el 4 de diciembre con 331 votos —la primera caída de un gobierno por censura desde 1962— y fin del mandato más breve de la V República.

El mensaje fue cristalino: con tres bloques y sin cultura de compromiso, las herramientas pensadas para mayorías sólidas (49.3) se convierten en gasolina.

Bayrou intentó otra cosa: tender puentes, sumar socialistas moderados y a LR, y presentar un plan de consolidación fiscal. Pero cuando no hay mayorías y el ajuste es duro, la política se hace con cerillas en un pajar. Su 49.1 de hoy, concebido para dar dirección política, solo ha certificado el bloqueo.

Un trilema imposible: estabilidad, solvencia y paz social

El informe de referencia lo resume con precisión: Francia no puede sostener, a la vez y en estas condiciones, estabilidad política, sostenibilidad fiscal y paz social. Tocar uno tensiona los otros dos. Es un trilema.

Fiscal: deuda por encima del 110% del PIB, déficit cercano al 6% y previsión de crecimiento anémico (en torno al 0,6% para 2025, según el FMI). Con una Asamblea bloqueada, cualquier senda seria de gasto-ingreso es políticamente inviable.

Mercados: el diferencial OAT (bono francés)–Bund volvió a abrirse en 2025 y la OAT a 10 años se movió alrededor del 3,4–3,5%. Ya no se descuenta un sobresalto: se descuenta una incapacidad estructural de cuadrar las cuentas.

Social: apoyo menguante al presidente, un primer ministro récord en impopularidad y una protesta que evoluciona de la huelga clásica al “Tout Bloquer” —con simpatía de casi la mitad del país—, síntoma de rechazo sistémico más que de discrepancia puntual.

Cuando la política no decide, decide el coste de financiación. Y ese coste, al subir, reduce aún más el margen para pactar. Un círculo vicioso de manual.

Por qué esto importa a Europa (y a los juristas)

Francia no es un país cualquiera en la UE; es un pilar fundamental. Si París se inmoviliza, Bruselas pierde credibilidad para exigir reglas fiscales que Francia no puede cumplir ni derogar.

La parálisis gala, sumada a la alemana, abre un vacío de liderazgo justo cuando Ucrania, la relación transatlántica y la economía necesitan dirección. No estamos ante un “asunto interno francés”: es un riesgo sistémico europeo.

Para un público jurídico, hay aquí una lección constitucional de primer orden: las herramientas importan tanto como la cultura de compromiso que las usa.

El 49.3 y el 49.1 son válvulas de estabilidad… si existe mayoría leal.

Sin ella, se transforman en detonadores. El diseño institucional no ha acompañado el tránsito desde el bipartidismo al tripartidismo, y el resultado es un Ejecutivo efectivamente vaciado en lo doméstico. Para colmo, el presidente no puede disolver de nuevo hasta julio de 2025.

¿Salida? Cinco movimientos liberales (y realistas)

No hay bala de plata, pero sí maniobras que un liberal defendería para detener la sangría de confianza sin dinamitar la economía:

Acuerdo de investidura con cláusulas de cumplimiento verificable. No es un “gobierno de unidad” imposible, sino un acuerdo mínimo de 12–18 meses sobre presupuestos y tres reformas acotadas. Voto de investidura hoy y calendario con hitos (y costes reputacionales) mañana.

El espíritu: gobernar lo posible, no lo deseable.

Presupuesto plurianual creíble: una senda de consolidación de tres años, con anclajes numéricos y “cláusula social” explícita (blindaje de mínimos en empleo y pobreza infantil). Es preferible concentrar la dureza antes que practicar la austeridad reptante que deprime expectativas y alimenta la protesta permanente.

Reforma de la censura: transitar hacia una moción de censura constructiva (al estilo alemán) o, al menos, elevar los costes de tumbar gobiernos sin alternativa viable. No es blindar al Ejecutivo; es responsabilizar a las mayorías negativas.

Regla de oro de inversión: separar —con control ex ante y ex post— inversión productiva de gasto corriente. La política necesita espacios de “sí” para no reducirse a repartir “noes”. Esa distinción mejora la calidad del ajuste y da sentido al consenso.

Un lenguaje de verdad: explicar que el trilema obliga a elegir y en qué orden: primero solvencia (para que el Estado exista), luego estabilidad (para que decida) y, por último, redistribución sostenible (para que perdure). Es impopular, pero la alternativa ya la hemos visto: dos gobiernos caídos y una presidencia maniatada.

Una política adulta… o un año perdido

En los próximos meses, Macron solo tiene malas opciones: tercer primer ministro, gabinete en funciones o dimisión (que rechaza). Con la disolución constitucionalmente bloqueada hasta julio de 2025, el tiempo no arreglará nada por sí solo.

Si algo enseña esta crisis es que la antipolítica es una política: la del vacío. Y el vacío lo llena el riesgo: más prima de deuda, más desafección y más espacio para soluciones mágicas que no cierran cuentas.

Francia ha sido, tantas veces, el laboratorio de Europa. No convirtamos esta vez el laboratorio en una sala de espera.

La V República puede funcionar en un mundo tripolar, pero no con las inercias del bipartidismo. Hace falta un mínimo de audacia institucional y un máximo de honestidad fiscal. Si la clase política no es capaz de construir ese mínimo común de gobernabilidad, el país seguirá atrapado en su trilema… y la Unión, en su sombra.

La cita es dura, pero justa: gobernar lo posible. Porque hoy lo imposible —gobernar sin mayorías, cuadrar sin números, pacificar sin verdad— ya sabemos en qué termina. En dos caídas, y contando.

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