Opinión | El eterno juego del ‘Heartland’: Europa entre el yunque continental y el martillo marítimo

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, hace un análisis geopolítico del conflicto en Ucrania desde la teoría del Heartland de Halford Mackinder, sobre estas líneas. Europa entre el poder continental ruso y el marítimo estadounidense.

5 / 10 / 2025 05:39

«Quien gobierna Europa del Este domina el Heartland; quien gobierna el ‘Heartland’ domina la Isla-Mundial; quien gobierna la Isla-Mundial controla el mundo.»

Así sentenció sir Halford Mackinder en 1919, sin imaginar que su profecía seguiría dictando los movimientos geopolíticos más de un siglo después. Hoy, mientras los tanques rusos avanzan por el corazón de Ucrania y los aviones de combate occidentales surcan los cielos europeos, la vieja teoría del Heartland cobra una actualidad escalofriante.

Europa se encuentra una vez más en el epicentro de una lucha ancestral entre poderes continentales y marítimos, entre la vastedad terrestre de Eurasia y la supremacía naval del Atlántico.

La invasión rusa de Ucrania no es una aberración histórica ni el capricho de un autócrata: es la última manifestación de una disputa geopolítica que ha definido las relaciones internacionales durante más de dos siglos.

El conflicto actual reproduce con precisión matemática las predicciones de Mackinder sobre la importancia crucial de Europa del Este como «puerta de entrada» al «Heartland» euroasiático.

Putin no lucha solo por Ucrania; lucha por el control de la región que, según la lógica mackinderiana, determina quién dominará el supercontinente más importante del planeta.

LA PERSISTENTE RELEVANCIA DEL PENSAMIENTO GEOPOLÍTICO CLÁSICO

Pese a las múltiples críticas que ha recibido por su supuesto determinismo geográfico, la teoría de Mackinder demuestra una vigencia inquietante en el siglo XXI. Su visión del mundo como una lucha perpetua entre poder terrestre y poder marítimo sigue siendo el marco conceptual invisible que guía las grandes estrategias de Washington, Moscú y Beijing.

Cuando Zbigniew Brzezinski escribió en 1997 su influyente libro «El Gran Tablero de Ajedrez», no hizo sino actualizar las intuiciones del geógrafo británico para la era unipolar estadounidense.

La premisa fundamental de Brzezinski era idéntica a la de Mackinder: quien controle Eurasia controlará el mundo. Para el estratega polaco-estadounidense, el principal objetivo de la política exterior de Estados Unidos debía ser mantener fragmentado el supercontinente euroasiático, evitando que ninguna potencia o coalición de potencias pudiera unificarlo bajo su hegemonía.

Esta lógica explica la expansión de la OTAN hacia el este, la contención de China en Asia-Pacífico y la actual confrontación con Rusia. No se trata de defender la democracia o los derechos humanos; se trata de una fría aplicación de los principios geopolíticos clásicos.

Lo que convierte a Ucrania en el epicentro de esta disputa no es solo su ubicación geográfica, sino su papel como pivote geopolítico. En el vocabulario de Brzezinski, los pivotes geopolíticos son Estados cuya importancia no deriva de su poder intrínseco, sino de su ubicación sensible y las consecuencias geopolíticas de su orientación política.

Una Ucrania independiente y pro-occidental actúa como un freno crucial a las ambiciones imperiales de Rusia; una Ucrania bajo control ruso transforma automáticamente a Moscú en una potencia euroasiática dominante.

Por eso Putin declaró en 2022 que Ucrania es una «cuestión existencial» para Rusia, mientras que para Occidente su destino determina el equilibrio de poder global.

LA ESTRATEGIA DE CONTENCIÓN: DE LA GUERRA FRÍA AL CERCO CONTEMPORÁNEO

La política de expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia no puede entenderse sin el contexto de la gran estrategia estadounidense post-Guerra Fría.

Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos emergió como la única superpotencia global, pero su «establishment» estratégico entendió que esta posición unipolar era inherentemente frágil y temporal.

La clave para preservarla radicaba en evitar el surgimiento de cualquier competidor capaz de desafiar la hegemonía estadounidense, especialmente en Eurasia.

La herramienta principal para implementar esta estrategia fue la Organización del Tratado del Atlántico Norte. En lugar de disolverse tras la desaparición de la amenaza soviética, la OTAN se reinventó como el brazo armado de la expansión occidental hacia el este.

Desde 1999, la Alianza ha incorporado sistemáticamente a los antiguos miembros del Pacto de Varsovia y, eventualmente, a exrepúblicas soviéticas, en un proceso que ha llevado la infraestructura militar occidental hasta las mismas fronteras de Rusia.

Esta expansión ha sido justificada públicamente bajo la política de «puertas abiertas» de la OTAN, presentándola como una alianza puramente defensiva a la que cualquier democracia europea tiene derecho a aspirar.

Sin embargo, desde la perspectiva de Moscú, este proceso ha sido interpretado como una traición histórica y una herramienta del poder estadounidense para cercar y debilitar a Rusia.

La percepción rusa de que Occidente aprovechó la debilidad de la década de 1990 para expandir su esfera de influencia se ha convertido en la piedra angular de la narrativa de agravio que alimenta el revanchismo contemporáneo.

Los documentos y testimonios de antiguos funcionarios estadounidenses revelan que esta percepción no era infundada.

El embajador George Kennan, arquitecto intelectual de la estrategia de contención durante la Guerra Fría, advirtió proféticamente que la expansión de la OTAN sería «el error estratégico más grave desde el final de la Guerra Fría».

El secretario de Defensa Robert Gates reconoció en sus memorias que «tratar de traer a Georgia y Ucrania a la OTAN fue una verdadera extralimitación» que ignoraba imprudentemente los intereses nacionales vitales de Rusia.

LA DOCTRINA PRIMAKOV Y LA RESPUESTA RUSA

La reacción rusa a esta política de contención cristalizó en lo que se conoce como la Doctrina Primakov, formulada por el ministro de Asuntos Exteriores Yevgueni Primakov a finales de los años 90. Esta doctrina rechazaba categóricamente el mundo unipolar liderado por Estados Unidos y abogaba por un orden mundial multipolar, en el que Rusia actuara como contrapeso a la hegemonía estadounidense junto con otras potencias emergentes como China e India.

La doctrina Primakov se basaba en varios principios fundamentales que siguen definiendo la política exterior rusa bajo Putin: el rechazo a la hegemonía de cualquier potencia única, la defensa del principio de soberanía nacional frente a las intervenciones «humanitarias», la promoción de un sistema internacional basado en el equilibrio de poder entre grandes potencias, y la reivindicación del derecho de Rusia a mantener una esfera de influencia en su «extranjero cercano».

Esta visión del mundo encontró su justificación ideológica en el eurasianismo, una corriente de pensamiento que postula que Rusia es el núcleo de una civilización única que se opone al individualismo liberal del mundo «atlantista».

Bajo Vladimir Putin, esta doctrina se ha fusionado con una poderosa narrativa nacionalista del «cerco occidental». Esta narrativa interpreta la expansión de la OTAN, las revoluciones de colores en Georgia y Ucrania, el apoyo occidental a la oposición rusa y las sanciones económicas como parte de una campaña coordinada para contener, debilitar y, en última instancia, desmembrar a Rusia. La anexión de Crimea en 2014 y la invasión de Ucrania en 2022 se presentan no como actos de agresión, sino como respuestas defensivas a décadas de provocaciones occidentales.

EUROPA: ¿SUJETO U OBJETO DE LA HISTORIA?

En medio de esta confrontación entre poderes continentales y marítimos, Europa se encuentra en una posición profundamente incómoda. Atrapada geográficamente entre la potencia marítima estadounidense y la potencia terrestre rusa, la Unión Europea se debate entre su aspiración a convertirse en un actor global por derecho propio y la realidad de su dependencia estructural en materia de seguridad.

El concepto de autonomía estratégica europea ha ganado tracción en los círculos de Bruselas precisamente como respuesta a esta vulnerabilidad. Sin embargo, esta aspiración choca frontalmente con la cruda realidad: desde su creación, la defensa territorial colectiva de la mayoría de los países europeos ha sido garantizada por la OTAN y, en última instancia, por el poder militar estadounidense.

Esta dependencia genera un dilema fundamental: ¿cómo puede la UE desarrollar una política exterior verdaderamente autónoma si su seguridad final no está en sus propias manos?

La crisis ucraniana ha expuesto brutalmente estas contradicciones. Aunque las decisiones formales, como la imposición de sanciones, son tomadas por los 27 Estados miembros, la línea estratégica general ha mostrado una notable alineación con las prioridades de Washington. Cuando la seguridad está en juego, la voz de Estados Unidos, como principal garante de esa seguridad, tiene un peso desproporcionado en las deliberaciones europeas.

La dependencia energética ha sido otro vector de vulnerabilidad que Rusia no ha dudado en explotar. Durante décadas, la importación masiva de gas ruso barato fue la base del modelo económico alemán y se enmarcó en la doctrina del «cambio a través del comercio».

Sin embargo, lo que para muchos en Europa era un pilar de cooperación, para Moscú se convirtió en un arma geopolítica. La crisis de 2022 demostró que los escépticos tenían razón: Rusia no dudó en «armar» su suministro de energía para presionar a Europa y castigarla por su apoyo a Kiev.

LA NUEVA GUERRA HÍBRIDA: MÁS ALLÁ DEL CAMPO DE BATALLA CONVENCIONAL

La confrontación actual entre Rusia y Occidente trasciende la guerra convencional en Ucrania para abarcar lo que los analistas denominan guerra híbrida. Esta estrategia combina tácticas militares convencionales con operaciones no militares diseñadas para debilitar y desestabilizar a las sociedades occidentales desde dentro: ciberataques a infraestructuras críticas, campañas de desinformación masiva, interferencia en procesos electorales, sabotajes industriales y la instrumentalización de flujos migratorios.

Los datos son reveladores: según fuentes de inteligencia europeas, solo en 2024 se registraron más de 500 incidentes sospechosos en territorio europeo, de los cuales 100 se atribuyeron directamente a Rusia. Estos ataques buscan erosionar la cohesión social, minar la confianza en las instituciones democráticas y demostrar el alto coste que tiene para Europa mantener una política de confrontación con Moscú.

La guerra híbrida representa un desafío paradigmático para las democracias occidentales porque opera precisamente en la zona gris entre guerra y paz, buscando generar máximo impacto con mínimo riesgo de escalada. Es una estrategia perfectamente adaptada a las vulnerabilidades de las sociedades abiertas: su dependencia de las infraestructuras digitales, su pluralismo informativo y su confianza en el debate democrático se convierten en vectores de ataque.

CHINA: EL FACTOR QUE CAMBIA TODAS LAS ECUACIONES

El ascenso de China ha introducido una variable que ni Mackinder ni Brzezinski pudieron anticipar completamente. La iniciativa de la Franja y la Ruta puede interpretarse como el intento más ambicioso hasta la fecha de unificar económicamente la Isla Mundial mackinderiana.

Al desarrollar masivos corredores de infraestructura terrestre que atraviesan el «Heartland» y asegurar rutas marítimas a través del Rimland, Beijing está fusionando las lógicas de Mackinder y Spykman en una gran estrategia única.

Paradójicamente, la política estadounidense de contención dual –presionar simultáneamente a Rusia en Europa y a China en Asia– ha creado las condiciones para una alianza antihegemónica entre ambas potencias.

Lo que Washington diseñó como una estrategia para mantener a Eurasia fragmentada ha terminado fomentando una poderosa asociación que une los vastos recursos energéticos del Heartland ruso con el dinamismo económico y tecnológico chino. Esta alianza sino-rusa representa precisamente el tipo de bloque de poder euroasiático que la gran estrategia estadounidense pretendía evitar a toda costa.

EL DILEMA CIVILIZATORIO: GEOPOLÍTICA Y CULTURA

Las tensiones actuales no pueden explicarse únicamente a través del prisma del realismo geopolítico. Siguiendo la tesis de Samuel Huntington sobre el «Choque de Civilizaciones», existe una falla civilizatoria que atraviesa Europa, separando la cristiandad occidental de la cristiandad ortodoxa. Esta línea divisoria, que el propio Huntington situó proféticamente atravesando Ucrania, añade una dimensión cultural e identitaria al conflicto que trasciende los meros cálculos de poder.

Desde esta perspectiva, la invasión de Ucrania puede interpretarse como una «guerra de línea de fractura», un intento por parte del «Estado-núcleo» de la civilización ortodoxa (Rusia) de reafirmar su dominio sobre un «país escindido» como Ucrania y evitar su absorción por la civilización occidental.

La responsabilidad de esta dicotomización es compartida. La estrategia geopolítica de contener el «Heartland» ruso ha requerido una justificación ideológica para ser aceptada por las democracias occidentales.

La teoría de Huntington ha proporcionado esa narrativa, enmarcando la competencia no como una simple lucha por intereses, sino como un choque fundamental entre una «civilización occidental» liberal y una «civilización ortodoxa» autoritaria. La política exterior rusa, a su vez, ha reforzado esta dicotomía al promover una identidad euroasiática basada en valores «tradicionales» en oposición directa al liberalismo occidental.

LOS PELIGROS DE LA CONFRONTACIÓN PERPETUA

La perpetuación del actual estado de confrontación plantea serios riesgos para la estabilidad continental. Más allá del coste humano y económico de la guerra en Ucrania, la confrontación se libra en múltiples frentes que mantienen un riesgo constante de escalada entre potencias nucleares. La guerra híbrida rusa contra Europa busca precisamente erosionar la capacidad de respuesta occidental mediante la creación de divisiones internas y la sobrecarga de los sistemas de defensa.

Los beneficios potenciales de un eventual marco de cooperación, aunque hoy parezcan lejanos, son significativos. Una arquitectura de seguridad estable podría permitir la reanudación de lazos económicos beneficiosos y facilitar la colaboración para abordar desafíos transnacionales que afectan a todo el continente: el cambio climático, la lucha contra el terrorismo, la estabilización de regiones conflictivas como Asia Central y la gestión de los flujos migratorios.

Sin embargo, cualquier nuevo marco de convivencia requeriría abordar las causas profundas del conflicto. Las posiciones actuales siguen siendo irreconciliables: Rusia exige la neutralidad de Ucrania y el reconocimiento de sus anexiones territoriales, mientras que Kiev y Occidente insisten en la retirada completa de las tropas rusas y la restauración de la integridad territorial ucraniana. Una solución duradera necesitaría un replanteamiento radical de la arquitectura de seguridad europea que satisfaga las necesidades legítimas de seguridad de todas las partes.

HACIA UNA EUROPA ESTRATÉGICAMENTE AUTÓNOMA

El mayor obstáculo para la construcción de un nuevo marco de estabilidad en Europa es la ausencia de una verdadera autonomía estratégica por parte de la Unión Europea. Cualquier acuerdo de paz duradero requerirá que Europa pueda actuar como garante de seguridad creíble por sí misma. Para que Rusia acepte limitaciones a la expansión de la OTAN, necesita confiar en que la UE no es simplemente un apoderado de Washington. Para que Ucrania renuncie a la protección del Artículo 5, necesita una garantía de seguridad alternativa igualmente robusta.

Esta contradicción fundamental hace que cualquier solución sea inherentemente inestable mientras Europa no logre una autonomía militar creíble. La defensa europea depende abrumadoramente de las capacidades estadounidenses, lo que significa que Ucrania tendría que renunciar a la garantía explícita de Estados Unidos a cambio de una garantía implícita de Estados Unidos a través de una UE militarmente dependiente.

La ironía final es que la guerra destinada a evitar la expansión de la OTAN ha terminado provocando precisamente lo contrario: Finlandia y Suecia han abandonado siglos de neutralidad, el Mar Báltico se ha convertido en un «lago de la OTAN», y la frontera terrestre de la Alianza con Rusia se ha duplicado. La lógica del Heartland se ha cumplido, pero no de la forma que ninguno de los actores esperaba.

En el gran tablero euroasiático, Europa debe decidir si quiere seguir siendo una pieza movida por otros o convertirse finalmente en un jugador por derecho propio. Porque en un mundo donde la geografía sigue siendo destino, solo quien controla su propio territorio puede determinar su propio futuro.

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