Su muerte me ha sorprendido de viaje, pero quisiera hacer una breve referencia a Emilio Rodríguez Menéndez.
Ante todo, reconocer que era una persona polémica, como han resaltado los medios de comunicación, y aunque quizás no sea muy correcto políticamente, expondré una visión positiva de su vida, pues obliga a ello la gratitud y la lealtad como amigo.
Así decir que, gracias a Emilio, yo comencé a ser abogado en ejercicio y a realizar mi vocación jurídica: la abogacía.
Varios profesionales me habían ofrecido sus despachos para ejercer en ellos si dejaba la judicatura o la fiscalía, pero quien lo hizo con total seriedad en su día, en los años ochenta del siglo pasado, fue Emilio Rodríguez Menéndez, que me puso inmediatamente a su lado de número dos en el despacho, cumpliendo su oferta y llevándome a intervenir incluso en televisión, en temas mediáticos relevantes como el caso del Nani o el de la secta Ceis en Barcelona.
Éramos amigos y cumplió con lealtad.
Yo, sin embargo, dejé su despacho, es verdad, por no compartir algunas estrategias suyas, en mi modo de ver inadecuadas, que podrían tener consecuencias negativas, como así fue y, de hecho, trajeron algunos problemas jurídicos graves a Emilio Rodríguez.
Tras un distanciamiento temporal, él lo entendió, y volvimos a ser amigos, y lo demostró siendo yo el único amigo que durmió en su casa cuando inauguró la mansión de Pozuelo, con la presencia de numerosos abogados, periodistas y algunos magistrados, entre otras personas.
Después, muchos le dieron la espalda en sus malos momentos.
No pude después asistirle jurídicamente en algunas de esas situaciones complicadas que tuvo, al no estar ya como abogado ejerciente, sino de nuevo trabajando en el sector público a efectos de jubilación.
Gracias a Emilio, había ejercido la abogacía que me atraía y que después seguí por mi cuenta.
En fin, ¡cómo no agradecer a Emilio Rodríguez su comportamiento conmigo!
Emilio, evidentemente, tenía sus defectos como todo el mundo y, a veces, conductas inadecuadas, como ya dije, pero supo, en un libro de distribución privada, pedir perdón, y eso lo hacen pocas personas.
Hay que tener humildad para hacerlo, y Emilio la tuvo.
Uno de sus grandes errores fue entrar en la lucha política con su partido, el Socialista de la Justicia, pues las castas profesionales de la política no permiten que actúen los ciudadanos al margen de sus estructuras.
Quiero resaltar que profesionalmente era un abogado brillantísimo informando en sala, y por eso le tenían temor algunos fiscales y le envidiaban ciertos abogados.
En su antiguo despacho de la calle Orense, 8, de Madrid, se formaron decenas de abogados, aunque no todos fueron agradecidos por ello.
Para concluir, ojalá Dios, con su infinita misericordia, le haya juzgado en el juicio más importante de su vida, que todos tendremos tras la muerte, como pensamos los creyentes, de manera que pueda descansar en paz.
Seguro que ha sabido defenderse bien, con la humildad que tuvo para pedir perdón; seguro que eso contará.
Descanse en paz.