A diferencia de España, donde lo antiguo se desprecia con la misma convicción con la que se inaugura lo efímero, en el Reino Unido les encanta mostrar su pasado con total orgullo patrio.
Si no, que se lo digan a la BBC con su ‘Antiques Roadshow’, un programa que desde los años setenta del siglo pasado convierte en ciencia exacta el arte de ponerle apellido a una tetera.
Uno llega con una figurita de la abuela y sale con una tasación que haría llorar a los mismísimos manguis del Louvre.
Y es que tras la sonrisa televisiva, se esconde el culto ancestral de los ingleses por la procedencia de las cosas: dónde estuvo, quién lo tuvo y por qué es lo que dice ser.
Una auténtica devoción por todo lo que tenga precio y, sobre todo, proporcione caché bajo la patina que sólo los años proporcionan.
Pero ojo, porque si no hay papel que lo confirme, no hay gloria.
Y menos aún millones.
La anécdota tiene su retranca porque mientras el público saborea la liturgia del experto con guantes blancos y gafas en la punta del garfio, en los despachos de ‘solicitors’, pero sobre todo en las salas de la ‘High Court’ se ventilan disputas donde una coma en la procedencia vale más que un camión de mármol de Carrara.
Y es que el coleccionismo británico siempre ha vivido entre el catalejo de Nelson, rematado a precio de reliquia, y la peluca de los jueces, donde la pasión por el objeto y la devoción por el papel se dan la mano.
Pero cuando el certificado no encaja, llegan los ‘barristers’, con sus togas, a poner orden y, si toca, a pasar el rodillo .
A esto vamos hoy: a un pleito de los de verdad, con dólares por millones, esculturas de dioses y águilas imperiales, genealogías inventadas y cosas de Londres, un juez que te lee la cartilla.
Me refiero al famoso litigio entre QIPCO y Phoenix Ancient Art, un duelo que huele a museo y a juzgado, y que ha dado una sentencia de las que enseñan oficio.
La historia, además, traerá cola y varias entregas; hoy les pongo el mantel bordado, la cubertería de plata y el Rioja, y la semana que viene cortamos el solomillo.
Wellington, por supuesto.
DE COMPRAS POR GINEBRA Y NUEVA YORK
La película arranca hace una década larga, con compras de alto copete por unos viejos conocidos nuestros.
En efecto, nos encontramos de nuevo con Su Alteza el jeque Hamad Bin Abdullah Al Thani y su sociedad ‘Qatar Investment and Projects Development Holding Company’, también conocida como ‘QIPCO’, para los amigos.
Los recordarán de la disputa por el ‘Idol’s eye’ que vimos hace unos meses y que llevó a la familia del difunto jeque Saud bin Mohammed Al Than a tirarse de los pelos ante los tribunales ingleses por un supuesto derecho de compra sobre el pedrusco.
En efecto, es el famoso sobrino y su compañía de marras.
Pues resulta que, entre 2013 y 2014, tanto Hamad como su compañía estuvieron de compras en Ginebra y en Nueva York.
¿Y qué compraron?
Pues nada menos que, primer lugar, una Niké de calcedonia que, dicho así, parecen unos leotardos para gimnasia deportiva.
Pero, como habrán identificado ya los gafapastas, se trata de una representación de la diosa griega de la victoria, fácilmente reconocible por sus alas y por sus atributos como una corona de laurel, la palma o los trofeos.
Además, tiene la gracia que fue tallada en calcedonia, que es una variedad microcristalina de cuarzo que aguanta bien el cincel fino y permite detalles nítidos.
Así que, dicho corto, es una pieza de piedra semipreciosa de la antigüedad clásica con la diosa de la victoria tallada en ella.
En segundo lugar, un “Alexander” de mármol.
Esto es, una representación de Alejandro Magno tallada en mármol y con el mechón levantado sobre la frente.
Como Superman, pero unos dos mil años antes.
Esta cabeza en concreto fue fechada en el siglo I d. C., conocida en el procedimiento como “Head of Alexander the Great as Herakles”.
Y finalmente una “Phalera” con águila imperial.
Es decir, es un disco metálico usado en el mundo romano como condecoración militar, de esas que uno imagina en una vitrina con luz dramática y alarma sensible a los suspiros.
Y con el águila en el centro con las alas desplegadas, que simboliza la autoridad imperial y la ‘virtus’ del premiado, ya que no se la darían a cualquier bárbaro que pasara por allí.
Sería algo así como una chapa molona que se cosía a la coraza para lucir rango y mérito en cualquier fiesta que se preciara en Roma.
La compra de la figurilla Niké en calcedonia se cerró por 2,2 millones de dólares; la cabeza de mármol “Alexander the Great as Herakles” por 3 millones y la “Phalera with an Imperial Eagle” por 262.705 dólares.
Todo por poco más de cinco millones de dólares, que es una ganga, oigan.
Sin duda, eran adquisiciones de postín, de esas que uno enseña tras un grueso cristal con total satisfacción y un malta con más años que Matusalén.
Las compras se hacen vía contratos separados y con documentos de procedencia que, según sostendrán luego los compradores, sustentaban la base del trato.
Nadie discutía entonces los papeles; todo parecía en orden.
Hasta aquí todo fenomenal, ¿no?
Pues prepárense, que ya vienen las curvas.
DE LAS VITRINAS A LOS DESPACHOS DE ‘SOLICITORS’
La luna de miel duró lo que tardaron en asomar dudas técnicas y unos hilillos sueltos sobre la procedencia.
En efecto, el guión, como en las buenas tramas, se retuerce cuando el comprador sospecha que la historia de esas piezas tiene más literatura que realidad.
Para no dar nada por supuesto, veamos primero a los vendedores.
Por un lado, tenemos a Phoenix Ancient Art S.A., la casa suiza que colocó las piezas a nuestros protagonistas qataríes.
Detrás aparecen los hermanos Ali Aboutaam y Hicham Aboutaam, quienes formaban parte de Phoenix y también serán demandados.
Completa el cuadro Petrarch LLC, una sociedad de Nueva York, agente de Phoenix y propiedad y bajo control de Hicham.
Y, como eslabón común, aparece la figura del coleccionista suizo Roland Ansermet, a cuyo nombre apuntaban los papeles como dueño anterior de las piezas.
Pero pasa que, a principios de 2020, el malestar ya tiene título y destinatario.
QIPCO suelta la bomba y comunica a Phoenix que pone en duda la autenticidad de la ‘Niké’ y que no ve base razonable para su venta como una pieza antigua.
Ese intercambio preprocesal cristaliza el núcleo que luego se litigará: se acusa a los vendedores de colocarles una ‘modern forgery’, es decir, una falsificación actual, y se exige la rescisión de los contratos.
Además, los compradores acceden a material que cuestiona la procedencia de las supuestas antigüedades.
El caso salta por los aires cuando aparece un informe que identifica las piezas como falsas, mencionando a Ansermet, y además constata que Ali y Hicham fueron procesados en Suiza, admitiendo la venta de piezas con procedencia falsificada.
Con ese goteo de información y tras analizar documentación que no estaba en manos de QIPCO cuando compró, el foco de los compradores se desplaza.
Ya no se trata sólo de si es auténtico o no, sino de si es verdadera la procedencia que se les vendió.
Es decir, la historia que acompaña a cada pieza en el momento de la venta, incluyendo los documentos y el relato de quién la tuvo antes, cuándo y cómo pasó de mano en mano.
Como ven, un follón multimillonario de los que sólo se ven en Inglaterra y Gales.
Pero esto lo seguiremos viendo la semana que viene.
Hasta entonces, mis queridos anglófilos.