Opinión | Edadismo y tecnología: ¿quién queda fuera de la revolución digital?

María Jesús González Espejo, fundadora del Insituto Smart Ageing, reflexiona en esta columna sobre cómo la digitalización puede excluir a las personas mayores y la necesidad de tecnología accesible, formación adaptada y alternativas presenciales.

2 / 11 / 2025 05:43

La transformación digital ha traído avances extraordinarios, pero también ha generado nuevas formas de exclusión. En este artículo reflexiono sobre la digitalización y su impacto en las personas mayores, pues el edadismo también se produce en este ámbito y se manifiesta cuando se asume que este grupo no puede —o no debe— acceder, aprender o beneficiarse de las herramientas digitales.

Según un estudio de UGT, España se encuentra 14 puntos por encima de la media europea en brecha digital por edad. Y aunque el grupo de personas mayores de 65 años son el que más ha crecido en uso de Internet, también es el más vulnerable ante fraudes y exclusión digital.

Las principales barreras son educativas, económicas y geográficas.

Tal y como señala este informe de Red.es sobre el uso de tecnologías por personas mayores solo un 32,4% de los mayores de 75 años usa Internet semanalmente, frente al 92,9% de la población general.

Pero, ¿para qué usan los mayores Internet? principalmente para comunicarse e informarse. La actividad más común en estos grupos de edad es la utilización de mensajería instantánea (31,2%), seguida de la realización de llamadas o videollamadas (21,8%) y la lectura de noticias, prensa y revistas (21,3%).

El diseño poco accesible de las plataformas

Hay poco espíritu crítico entre los responsables de transformación digital cuando implantan tecnología. Se parte a menudo de la idea de que el mayor no es bueno con la tecnología, cuando en realidad lo que habría que cuestionarse es si la tecnología es suficientemente buena para el mayor.

La realidad muestra que este es el caso en muchas ocasiones. Pero claro, lo fácil es echar la culpa al otro y no asumir la propia.

Muchas plataformas digitales no están diseñadas pensando en las necesidades cognitivas, visuales o motrices de las personas mayores. La falta de accesibilidad en el diseño puede convertirse en una barrera insalvable para su uso autónomo.

Botones pequeños, instrucciones confusas, navegación poco intuitiva, contrastes de color inadecuado… todo esto contribuye a la exclusión digital. No es que los mayores sean malos con las apps, es que muchas apps son malas para los mayores. 

Mi pregunta es, ¿quién está diseñando estas soluciones? ¿qué edad tiene?

Y ¿realizan quienes diseñan ponen a prueba sus prototipos con personas mayores? Mi intuición es que los jóvenes que diseñan muchas de nuestras apps, las dan por válidas sin pasarlas por nuestro filtro de presbicia, sordera y otros inconvenientes que suele traer consigo la edad. 

Adaptar la formación en tecnología a la realidad del mayor

Estarás de acuerdo en que si queremos alumnos motivados tenemos que ofrecerles lo que necesitan. Tengo un amigo que imparte formaciones a personas mayores en varios ayuntamientos de la Comunidad de Madrid y un día me contaba que él no enseña a sus alumnos a manejar el ordenador, sino su móvil.

Y es que ese dispositivo es el preferido de los mayores para hacer lo que les gusta, que como hemos visto es sobre todo informarse y formarse (de temas de salud, ocio, arte y cultura, etc.) y relacionarse con sus seres queridos. 

Por otra parte, mis alumnos de primero y segundo de Derecho muestran en clase la máxima atención cuando proyecto vídeos y no cuando uso mi oratoria para compartirles mi conocimiento.

Son muy visuales y prefieren la pantalla a la persona. Esta observación es válida también para muchos mayores, que aprenden mejor con formatos visuales, prácticos y adaptados a sus intereses, que con lecturas o ejercicios, sobre todo cuando las lecturas están maquetadas e impresas, con letras de tamaño minúsculo o colores cuyo contraste no tiene en cuenta las necesidades visuales de una persona mayor. 

Digitalización sin alternativas

Por otra parte, estamos abocados a una digitalización plena, es decir a que todos los servicios de la administración acaben siendo digitales, salvo excepciones. Un ejemplo, es la declaración de la renta, que desde diciembre de 2023 sólo puede hacerse por vía telemática y a los ciudadanos teóricamente, nos ha parecido estupendo.

O al menos eso es lo que señala este informe del Consejo para la Defensa del Contribuyente. Aparentemente estamos abrazando la digitalización sin protestar, aunque quizás la pregunta que podríamos plantearnos es la siguiente: ¿cuántos españoles de a pie mayores de 60 años están preparados y dispuestos a decirle a la Agencia Tributaria que no desean hacer su declaración digitalmente?

Y si alguno se atreviera, ¿sería fácil hacerlo?, ¿qué canales podría usar para ello? Y lo más importante, ¿valdría de algo su protesta? 

La realidad es que mientras la digitalización de la Administración pública avanza con rapidez, el sentido común nos lleva a pensar que no todos los colectivos están igual de preparados para adaptarse a este nuevo entorno.

Un trabajo de investigación publicado en junio de 2023 por la Revista Española de Transparencia, llegó a la conclusión de que el público mayor no es prioritario para la estrategia digital de las organizaciones públicas y aunque hay iniciativas dirigidas a atender mejor sus necesidades, no hay consenso sobre cómo hacerlo.

Por otra parte, el estudio, reveló que los mayores valoran positivamente servicios como la cita médica o la declaración de la renta, pero reclaman procesos más sencillos y adaptados. También destacan la necesidad de alfabetización digital como herramienta de empoderamiento y envejecimiento activo.

En España, el uso de la Administración electrónica por parte de las personas mayores sigue siendo limitado. Aunque muchas reconocen las ventajas de realizar trámites online, como la comodidad y la autonomía, también señalan barreras importantes: webs poco intuitivas, miedo a equivocarse, desconfianza en la seguridad digital y falta de acompañamiento.

Esta situación se agrava por la brecha digital generacional e intrageneracional, que afecta especialmente a quienes no han tenido contacto previo con las tecnologías en su vida laboral.

La digitalización de servicios esenciales sin alternativas presenciales es una barrera que afecta directamente a los derechos de las personas mayores. Desde la banca hasta la administración pública, la exclusión digital puede traducirse en exclusión social. No ofrecer opciones presenciales o asistencia personalizada es una forma de marginación institucional.

Conclusiones

La tecnología debe ser una herramienta de inclusión, no de exclusión y eso exige varias cosas: revisar los prejuicios, adaptar la formación, mejorar el diseño y garantizar alternativas accesibles. Solo así podremos construir una sociedad digital verdaderamente inclusiva.

Opinión | Cumplir años: un factor reductor de nuestro derecho a la vivienda  

Opinión | Talento sénior: un talento que necesitamos, pero en riesgo de exclusión

Opinión | El edadismo: un caro peaje para nuestra sociedad

Qué es un “quick win” y por qué mi último «quick win» con el ICAM me ha hecho muy feliz   

Una herramienta para comenzar a diseñar tu plan de innovación

Estandarización en el ámbito legal: ¿qué significa y por qué es relevante para el futuro del Derecho?

Lo último en Firmas

CDL - El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (II)

Opinión | CDL: El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (II)

Tribunal de Instancia

Opinión | Teletrabajo en los Tribunales de Instancia o cuando querer no es poder

Pelham

Opinión | La sentencia Pelham/Kraftwerk de 2026: ¿embrión de un derecho de autor híbrido?

Imagen de apertura fin de la policía

Opinión | El fin de la Policía: El mundo multipolar nos devuelve a la ley del más fuerte

Eugenio Ribón

Opinión | La votación del martes: última oportunidad para hacer justicia con quienes han ejercido la justicia